Llegué a Víctor del Árbol a través de una cena literaria de El Sabor de las Palabras. El autor iba a presentar Por encima de la lluvia y, como suelo hacer antes de acudir a este tipo de encuentros, leí la novela antes de la cena. Me gustó tanto que desde entonces no solo he seguido sus novedades, sino que también he ido recuperando sus libros anteriores, algunos de ellos recomendados por mis compañeros del Club de Lectura de Libros 28.
Entre esas lecturas está Un millón de gotas, que leí durante el confinamiento. No escribí una reseña entonces, pero recuerdo que me gustó todavía más que Por encima de la lluvia. Por eso, cuando llegó El hijo del padre, ya conocía bien la capacidad de Víctor del Árbol para construir historias en las que el suspense convive con la memoria, la culpa, la violencia y las consecuencias de aquello que intentamos dejar atrás.
Publicada por Destino en 2021, El hijo del padre vuelve a algunos de los temas que atraviesan la obra del autor: las heridas familiares, el peso del pasado y la dificultad de escapar de aquello que creemos haber superado.
Una novela que empieza por el crimen
Hay algo que me llamó la atención desde el principio: sabemos desde las primeras páginas que Diego Martín ha cometido un asesinato. El misterio, por tanto, no consiste en averiguar quién lo ha hecho, sino en descubrir qué ha llevado a un hombre que parecía tener una vida estable a convertirse en alguien capaz de cruzar esa frontera.
Y ahí está una de las claves de la novela.
Diego es profesor universitario, está casado y lleva una vida acomodada. Es hijo de inmigrantes llegados desde la España rural a la Barcelona industrial de los años cincuenta y sesenta y ha construido su vida alejándose de sus orígenes. Ha querido dejar atrás la pobreza, la violencia y la historia familiar, pero el pasado no desaparece porque uno decida no mirarlo.
La aparición de Martin Pearce, un enfermero que cuida de Liria, la hermana de Diego, será el detonante de una cadena de acontecimientos que obligará al protagonista a enfrentarse con aquello que lleva años intentando ocultar.
Y lo interesante es que Víctor del Árbol no plantea ese pasado como una simple colección de recuerdos. Lo convierte en una fuerza que sigue actuando sobre el presente.
La familia como herencia
Uno de los aspectos que más me interesaron de la novela es la importancia que adquiere la relación entre padres e hijos. Diego ha intentado romper con su origen, pero la ruptura no es tan sencilla. Aunque haya cambiado de vida, de posición social y de entorno, sigue llevando consigo una historia familiar que no ha conseguido comprender del todo.
La novela recorre distintas generaciones y enlaza sus conflictos privados con algunos de los episodios más duros de la historia española del siglo XX. La Guerra Civil, la emigración, el conflicto del Sáhara y otras heridas históricas forman parte del pasado de los personajes y ayudan a explicar cómo determinadas formas de violencia pueden pasar de una generación a otra.
Pero no creo que El hijo del padre sea solo una novela histórica. Tampoco la reduciría a una novela negra.
El crimen es el punto de partida, pero el interés de la historia está en todo lo que hay detrás: la culpa, el rencor, la identidad, la violencia, el abuso, el amor y la necesidad de conocer la verdad sobre uno mismo.
El ritmo narrativo, una de las grandes virtudes de Víctor del Árbol
Si hay algo que siempre me ha atraído de Víctor del Árbol es su capacidad para mantener la tensión sin depender solo del suspense.
En El hijo del padre vuelve a manejar varias líneas temporales y diferentes espacios. Los cambios de tiempo y de escenario van completando poco a poco la historia familiar y permiten comprender mejor a Diego y a quienes lo rodean. Esa estructura podría haber hecho que la novela resultara pesada, pero el autor sabe dosificar la información y mantener abierta la pregunta fundamental: ¿cómo ha llegado Diego Martín hasta aquí?
El ritmo fue, una vez más, uno de los aspectos que más disfruté. La novela me atrapó desde las primeras páginas y me llevó de una parte a otra sin que la extensión se convirtiera en un obstáculo.
Y no es solo cuestión de ritmo. Los personajes tienen suficiente entidad para sostener sus propias historias y las distintas tramas terminan formando parte de un mismo conflicto.
Una historia de identidad, culpa y memoria
Víctor del Árbol utiliza la intriga para hablar de algo que va mucho más allá del crimen: la identidad.
Diego cree conocer quién es porque ha construido una vida que parece demostrarlo. Es profesor universitario, marido, padre y hombre respetable. Pero basta con que determinadas piezas de su pasado vuelvan a aparecer para que esa imagen empiece a resquebrajarse.
La pregunta que recorre la novela podría resumirse en una idea sencilla: ¿hasta qué punto podemos separarnos de aquello de lo que procedemos?
El autor no ofrece respuestas fáciles. La memoria tampoco aparece como un territorio limpio y objetivo. Cada personaje conserva su propia versión de los acontecimientos y, en algunos casos, esa versión sirve para sobrevivir.
Ahí vuelve a aparecer uno de los asuntos que más me interesan en las novelas de Víctor del Árbol: sus personajes no suelen moverse en una frontera cómoda entre buenos y malos. El dolor puede convertir a una víctima en verdugo y una decisión tomada en el pasado puede terminar condicionando la vida de quienes ni siquiera participaron en ella.
Una novela dura, pero también humana
Es una novela dura. Hay violencia, dolor y situaciones difíciles de leer. Sin embargo, esa dureza no me parece gratuita. Forma parte de la historia de unos personajes que llevan demasiado tiempo intentando ocultar sus heridas.
También hay espacio para las relaciones personales y para las contradicciones. Los personajes aman, odian, se equivocan, mienten y buscan justificar sus decisiones. Esa dimensión humana es la que hace que el conflicto no se quede en una sucesión de acontecimientos violentos.
En mi caso, además, la lectura estuvo marcada por la comparación inevitable con Un millón de gotas, una novela que, hasta ahora, sigue ocupando un lugar especial entre las que he leído de Víctor del Árbol. Eso no significa que El hijo del padre no me haya gustado. Al contrario: vuelve a demostrar por qué sigo buscando sus novelas y por qué, después de haber leído varias, continúo pendiente de cada nueva publicación.
Víctor del Árbol sabe construir historias negras que terminan hablando de algo mucho más amplio: de las personas que somos, de las que creemos ser y de todo aquello que preferiríamos no recordar.
Y quizá por eso la pregunta que queda después de cerrar el libro resulta tan incómoda como interesante:
¿Para qué necesitamos conocer la verdad sobre nosotros mismos si podemos escondernos en la mentira?
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