Leer sobre cine tiene un atractivo especial cuando las películas de las que se habla ya forman parte de nuestro recorrido como espectadores. No necesitamos que nos expliquen qué ocurre en una escena que recordamos ni quién es un personaje al que hemos visto en pantalla; lo interesante está en descubrir qué sucedía detrás de aquello que llegaba hasta nosotros.

Eso es lo que me ha ocurrido con Kubrick en casa, de Vicente Molina Foix. Conozco varias de las películas de Stanley Kubrick de las que habla el autor y también he leído El resplandor, de Stephen King, así que este pequeño ensayo me ha permitido regresar a historias conocidas desde un lugar distinto.

Molina Foix no se acerca a Kubrick como un crítico que analiza desde fuera su filmografía, sino como alguien que tuvo una relación profesional con él durante más de veinte años. El escritor fue el encargado de traducir al castellano los diálogos de cinco de sus películas y tuvo ocasión de conocer de cerca al director, hasta el punto de visitarlo en su casa de Inglaterra.

Y ahí está una de las grandes particularidades de este libro: nos permite acercarnos a Stanley Kubrick desde las palabras que pronuncian sus personajes, desde el trabajo de traducción y doblaje y desde las conversaciones de alguien que estuvo al otro lado de la pantalla.

El resultado es un ensayo breve, lleno de curiosidades, que se lee con especial interés cuando conocemos las películas de las que habla. Porque después de acompañar a Molina Foix en sus recuerdos, resulta difícil no querer volver a verlas.

Vicente Molina Foix y Stanley Kubrick

La relación comenzó a raíz del trabajo de Molina Foix como traductor de los diálogos de doblaje de las películas de Kubrick. A lo largo de dos décadas trabajó en cinco de ellas: La naranja mecánica, El resplandor, Senderos de gloria, La chaqueta metálica y Eyes Wide Shut.

Puede parecer un trabajo puramente técnico, pero en el caso de Kubrick no lo era.

El director supervisaba cada detalle de sus películas y el doblaje formaba parte de ese proceso. Las palabras que escucharía el público español no podían quedar al margen de su control. La traducción debía conservar el sentido, pero también el tono, el ritmo, la personalidad de los personajes y las características particulares de cada historia.

Molina Foix se encontró así ante una tarea mucho más compleja que trasladar diálogos de un idioma a otro.

Uno de los ejemplos más conocidos es La naranja mecánica, donde el lenguaje creado por Anthony Burgess para Alex y sus compañeros obligaba a buscar soluciones que conservaran la extrañeza del original. Traducir aquel universo lingüístico exigía creatividad y conocimiento de los recursos de la lengua.

En otras películas el problema era diferente. La chaqueta metálica planteaba las dificultades de la jerga militar y de unos diálogos marcados por la violencia verbal. En cada caso había que encontrar una voz que funcionara dentro de la película.

Y Kubrick quería saber cómo se había resuelto.

Cuando el traductor entra en la película

Una de las cosas que más me han interesado de este libro es descubrir hasta qué punto el trabajo del traductor puede influir en nuestra percepción de una película.

Cuando vemos una película doblada, rara vez pensamos en las personas que han conseguido que esas conversaciones funcionen en castellano. Escuchamos las voces y seguimos la historia. Pero detrás de cada frase existe un proceso de adaptación que puede resultar muy complejo.

En el caso de Kubrick, además, Molina Foix tenía delante a un director que no aceptaba cualquier solución.

El resultado es una relación profesional que acaba adquiriendo una dimensión personal. El escritor llegó a visitar a Kubrick en su casa de Inglaterra y pudo conversar con él sobre cine, sobre traducción y sobre sus películas.

El título del libro deja claro desde el principio que ese espacio doméstico tiene una importancia especial. No estamos ante una entrevista ocasional realizada en un festival ni ante el testimonio de alguien que coincidió con el director una tarde. Molina Foix entró en el entorno de Kubrick y pudo observarlo desde una cercanía que resulta difícil de conseguir.

Eso es lo que convierte el ensayo en una lectura tan curiosa.

El resplandor: Stephen King entra en escena

Para mí, uno de los atractivos especiales del libro está en El resplandor.

La película de Kubrick parte de la novela de Stephen King y, aunque las diferencias entre ambas obras son conocidas, Molina Foix aporta detalles relacionados con el proceso cinematográfico y con la traducción de sus diálogos que permiten volver a mirar la película desde otra perspectiva.

Aquí se cruzan dos autores que me interesan por caminos distintos: Stephen King y Stanley Kubrick.

El resplandor es una de esas películas que han terminado formando parte del imaginario colectivo. El hotel Overlook, Jack Torrance, las gemelas, el laberinto, la habitación 237 y esa puerta destrozada a golpes de hacha pertenecen ya a la memoria del cine.

Pero conocer algunos detalles de cómo Kubrick trabajaba con las versiones extranjeras añade otra capa a la película.

También resulta interesante comprobar hasta qué punto la película se separa de la novela de King. Kubrick no realizó una adaptación servil. Tomó determinados elementos de la historia y construyó una obra con una identidad propia.

Para quienes hemos leído a King, volver sobre El resplandor desde esta perspectiva resulta especialmente estimulante. La novela y la película mantienen una relación evidente, pero también muestran dos maneras distintas de entender el terror.

King construye una historia en la que el hotel y el alcoholismo de Jack tienen un peso decisivo. Kubrick lleva la historia hacia un territorio más ambiguo, más visual y más inquietante. Y esa diferencia ha generado durante años debates entre los lectores de King y los admiradores de la película.

Molina Foix no necesita resolver ese enfrentamiento. Su interés está en otra parte: en mostrarnos aspectos del proceso que quedan fuera de la pantalla.

Las curiosidades que aparecen detrás de las películas

Uno de los mayores aciertos de Kubrick en casa es que Molina Foix no intenta convertir cada recuerdo en una gran revelación. Son las pequeñas historias, las conversaciones y los detalles del trabajo las que van construyendo el retrato.

Kubrick aparece como un cineasta exigente, meticuloso y muy pendiente de sus películas, pero también como una persona que podía hablar de cine con una enorme curiosidad.

Y ahí está, para mí, buena parte del encanto del libro.

No necesitamos otra explicación sobre por qué 2001: Una odisea del espacio cambió la ciencia ficción ni una nueva interpretación de La naranja mecánica. Lo interesante es acercarse al director desde una zona menos conocida: qué ocurre cuando sus películas tienen que viajar a otro idioma, qué importancia concede a las palabras y cómo trabaja con quienes se encargan de trasladarlas.

Es una forma de mirar el cine desde dentro.

Y también una reivindicación de oficios que suelen quedar ocultos.

Kubrick, visto por alguien que estuvo allí

Molina Foix consigue algo complicado: acercar al lector a Kubrick sin pretender desmontar por completo el mito.

El director continúa siendo una figura enigmática, pero el libro permite observarlo en situaciones cotidianas y profesionales. La distancia entre el espectador y el cineasta se reduce.

Eso me ha resultado más interesante que cualquier intento de convertir el ensayo en una biografía.

Porque Kubrick en casa funciona como un testimonio personal. El autor cuenta lo que vio, lo que escuchó y aquello en lo que participó. Su posición es privilegiada, pero también limitada: no pretende saberlo todo sobre Kubrick. Conoce una parte de su mundo y es precisamente esa parte la que comparte con el lector.

El resultado tiene algo de conversación.

Una conversación sobre cine, sobre traducción y sobre la dificultad de conseguir que una película conserve su personalidad cuando cambia de idioma.

Volver a las películas después de leer el libro

Creo que esta es la principal razón por la que he disfrutado tanto de Kubrick en casa.

Me gusta leer sobre cine, pero cuando ya he visto las películas que aparecen en el libro la lectura adquiere otra dimensión. No necesito imaginar las escenas porque las tengo en la memoria. Puedo reconocer los personajes, recordar determinadas secuencias y volver sobre los diálogos desde lo que Molina Foix cuenta.

Eso hace que el libro no termine cuando llegamos a la última página.

Invita a regresar a las películas.

Volver a La naranja mecánica. Volver a El resplandor. Revisar La chaqueta metálica. Escuchar los diálogos de otra manera y pensar en el trabajo que hubo detrás de cada frase.

Y, en el caso de El resplandor, regresar también a la novela de Stephen King y recordar hasta qué punto una misma historia puede transformarse cuando pasa de la literatura al cine.

Una lectura para quienes disfrutan del cine y de lo que ocurre detrás de la pantalla

Kubrick en casa es un ensayo breve, pero no por eso menor. Al contrario. Su extensión permite leerlo de una sentada y quedarse después con muchas historias y curiosidades que amplían nuestra mirada sobre las películas de Kubrick.

No hace falta conocer toda su filmografía para disfrutarlo. Basta con tener curiosidad por el cine y por las personas que trabajan para hacerlo posible.

Pero creo que quienes ya han visto sus películas encontrarán algo más.

Encontrarán la posibilidad de regresar a ellas con otros ojos.

Y eso es, al menos para mí, una de las cosas más interesantes que puede conseguir un libro sobre cine: no sustituir a las películas, sino conseguir que tengamos ganas de volver a verlas.

Vicente Molina Foix nos permite entrar en la casa de Stanley Kubrick, pero también en una parte de su cine que suele permanecer fuera de campo. La traducción, el doblaje, las conversaciones y las pequeñas decisiones que ayudan a construir una película.

Después de leer Kubrick en casa, algunas escenas siguen siendo las mismas, pero ya no se escuchan igual.


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