El horizonte del universo (La máquina que hace PING!, 2022), de Joaquín Azagra, es una novela de ciencia ficción extraña, difícil de clasificar y, precisamente por eso, diferente. Cuando empecé a leerla esperaba encontrar algunos de los elementos habituales del género, pero pronto descubrí que no estaba ante una novela de marcianos, viajes espaciales, extraterrestres o viajes en el tiempo.

Aquí la ciencia ficción se mezcla con la fantasía, el misterio, el romance, la metaliteratura y el slipstream. El resultado es una historia que exige al lector cierta disposición para dejarse llevar por lo que sucede sin intentar encontrar desde el principio una explicación para todo. Y eso no siempre resulta sencillo.

Una sinopsis que ya desconcierta

Cuando un lector elige una novela, una de las primeras cosas que suele hacer es leer la sinopsis. En este caso, la editorial plantea una historia que ya desde el principio resulta difícil de encajar en una categoría concreta:

«Una pintora y un científico valencianos tienen un encuentro sexual en un acantilado. No saben nada el uno del otro, ni cómo han llegado allí».

A partir de ahí aparecen un viaje a Leiden, el retrato de un científico que cobra vida, un extraño Hongo, un fotógrafo obsesionado con los cuchillos y una persecución que obliga a los protagonistas a reencontrarse.

No parece, a primera vista, la sinopsis de una novela de ciencia ficción.

Y quizá esa sea la primera pista.

Cuando llegamos al final descubrimos la palabra slipstream, un término que ayuda a entender mejor la propuesta de Joaquín Azagra. No estamos ante una novela que quiera ajustarse a las convenciones de un género, sino ante una obra que utiliza elementos de la ciencia ficción, la fantasía y el terror para construir algo más difícil de clasificar.

¿Qué es el slipstream?

El propio autor explica el concepto a partir de obras que utilizan elementos propios de la ciencia ficción sin pertenecer por completo a ese género.

En El horizonte del universo, esos elementos aparecen ligados al universo holográfico y a la revolución de los datos masivos, el conocido big data. Pero la novela no se queda en la especulación científica.

El slipstream permite que se mezclen distintas formas narrativas y que las fronteras entre ciencia ficción, fantasía, terror y literatura convencional se vuelvan difusas.

Eso explica en buena medida la sensación de extrañeza que produce la novela. No sabemos del todo ante qué clase de historia estamos porque el autor tampoco parece interesado en ofrecernos un territorio estable. Y esa inestabilidad forma parte del juego.

Una novela sobre quién crea la realidad

Para mí, una de las cuestiones más interesantes de El horizonte del universo aparece cuando la historia empieza a plantear una pregunta que va mucho más allá de la aventura de sus protagonistas:

¿Quién crea el universo que habitamos?

¿Somos nosotros quienes construimos nuestra realidad? ¿La realidad existe al margen de nosotros? ¿Puede alguien crear el mundo en el que viven otros personajes? ¿Y qué ocurre si aquello que creemos real no es más que una construcción? La novela utiliza estas preguntas filosóficas para jugar con la percepción del lector.

Los dos protagonistas principales son, además, creadores. Ella es pintora y él es científico. Cada uno trabaja a su manera con la creación de realidades: una mediante el arte y otro mediante la ciencia.

A partir de ahí, la novela comienza a jugar con la posibilidad de que los personajes no sean exactamente quienes creemos que son. Y es entonces cuando la historia adquiere una dimensión metaliteraria que modifica nuestra forma de entender lo que hemos leído.

Gulliver entra en escena

Sobre toda la novela planea otra obra literaria: Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. La presencia de Gulliver no funciona como una simple referencia cultural añadida para demostrar erudición. Forma parte del mecanismo de la novela y ayuda a construir el misterio.

Aquí aparece uno de los juegos que más me han interesado: la posibilidad de que los personajes sean creaciones de otros personajes, que uno pueda haber creado al otro o que ambos formen parte de una realidad creada por alguien más.

La literatura deja entonces de ser solo aquello que estamos leyendo y pasa a convertirse en uno de los elementos que construyen la realidad de la propia novela.

El lector se encuentra ante una historia dentro de otra historia, ante personajes que pueden ser creadores y criaturas al mismo tiempo.

Y cuanto más avanzamos, más difícil resulta determinar dónde está la realidad.

Una lectura que exige atención

El horizonte del universo comienza de una forma que me pareció brillante porque consigue enganchar desde las primeras páginas. Sin embargo, mantener la atención no resulta siempre sencillo.

Los capítulos son breves y se producen cambios de narrador y de perspectiva que obligan a estar pendiente de quién cuenta la historia y desde qué lugar lo hace. No es una novela para leer con prisa.

Tampoco creo que sea una lectura apropiada para quien busque una historia lineal en la que cada acontecimiento tenga una explicación inmediata. Aquí hay que aceptar cierta desorientación.

El lector debe dejar que las piezas vayan encajando y asumir que algunas respuestas llegarán más adelante. En determinados momentos puede surgir la sensación de no saber hacia dónde quiere llevarnos el autor, pero esa incertidumbre forma parte de la propuesta. La novela pide participación. No basta con seguir los acontecimientos: hay que intentar comprender las relaciones entre ellos.

Ciencia ficción, fantasía y metaliteratura

Uno de los atractivos de la novela está en esa mezcla de géneros. Hay ciencia ficción, pero también fantasía. Hay suspense y elementos inquietantes, pero tampoco estamos ante una novela de terror convencional. Hay una historia de amor, aunque la propia sinopsis habla de un «romance perverso».

Y sobre todo hay un componente metaliterario que termina adquiriendo una importancia fundamental.

Azagra juega con la frontera entre autor, personaje, lector y creación. La novela cuestiona la idea de una realidad estable y utiliza la propia literatura como parte del mecanismo narrativo.

Por eso El horizonte del universo puede resultar desconcertante para quien espere una novela de ciencia ficción tradicional, pero precisamente esa ruptura con las convenciones es una de sus características más interesantes.

Una novela para lectores que disfrutan de los acertijos

Creo que esta es una novela que puede interesar a los lectores que disfrutan intentando descifrar lo que tienen delante. No ofrece todas las respuestas de forma inmediata y tampoco parece buscar una lectura cómoda.

Hay que aceptar los cambios de perspectiva, la mezcla de géneros y las preguntas filosóficas que aparecen bajo la trama. A cambio, la novela ofrece un juego literario en el que el lector también participa.

El universo que plantea Azagra no es solo el escenario de la historia. Es también una pregunta sobre la propia naturaleza de la ficción.

¿Quién crea a quién? ¿Quién decide qué es real? ¿Puede un personaje ser consciente de que forma parte de una historia? Son cuestiones que adquieren fuerza a medida que avanzamos y que permiten una segunda lectura más allá de la aventura narrativa.

Mi opinión sobre El horizonte del universo

El horizonte del universo me ha sorprendido como lectora porque no era lo que esperaba encontrar cuando empecé a leerla.

Es una novela atrevida, imaginativa y con una propuesta poco convencional. Su estructura y sus cambios de narrador pueden dificultar la lectura, pero también forman parte de un juego narrativo que necesita cierta libertad por parte del lector.

No es una novela para quien busque respuestas sencillas ni una historia de ciencia ficción al uso.

Sí puede ser una lectura interesante para quienes disfrutan de la literatura fantástica, la metaficción, los acertijos narrativos y las historias que plantean más preguntas de las que responden.

Joaquín Azagra construye un universo en el que la realidad puede ser una creación, los personajes pueden convertirse en autores y la literatura puede esconder la clave de un misterio.

Y cuando llegamos al final, quizá la pregunta ya no sea solo qué ha ocurrido con los protagonistas, sino algo más inquietante: quién ha creado el mundo en el que acabamos de pasar unas horas como lectores.

Joaquín Azagra

Joaquín M.ª Azagra Caro es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y publica artículos académicos relacionados con los Estudios de Ciencia y Tecnología.

Ha publicado la recopilación de relatos Arrepentimientos, incisiones, pigmentos e incógnitas y ha participado con relatos en revistas literarias y recopilaciones colectivas. También ha editado las recopilaciones Once cámaras acorazadas y Fugitivos, vinculadas al Lab-Círculo de Escritores.

Su trayectoria literaria incluye premios y reconocimientos en distintos certámenes. También ha desarrollado trabajos relacionados con el cine y el audiovisual, entre ellos el documental Paseantes y los cortometrajes Segunda mano, Ven esta noche y Un talento innato.

En El horizonte del universo reúne parte de esos intereses: ciencia, literatura, creación audiovisual y reflexión sobre la realidad se encuentran en una novela que se mueve entre géneros y que busca, ante todo, sorprender al lector.


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