Hubo una época en la que bastaba entrar en una librería, acercarse a un quiosco o esperar un vuelo para encontrarse con los mismos nombres. Stephen King, Sidney Sheldon, Robin Cook, Tom Clancy, Robert Ludlum, Michael Crichton, John Grisham, Danielle Steel, Ken Follett… Sus novelas ocupaban mesas enteras, se apilaban en los escaparates y aparecían una y otra vez entre los libros más vendidos.
Entre finales de los años setenta y los noventa, el bestseller se convirtió en mucho más que un libro de éxito. Fue uno de los grandes productos culturales de su tiempo. La novela entró de lleno en una maquinaria que conectaba editoriales, librerías, campañas publicitarias y, cada vez con más fuerza, Hollywood.
Y había algo más: muchas de aquellas historias acababan en la pantalla.
No todas eran grandes novelas. Algunas estaban concebidas ante todo como entretenimiento. Otras han envejecido mejor de lo que cabría esperar. Pero consiguieron algo que no resulta sencillo: convertirse en parte de la memoria de varias generaciones de lectores.
Cuando el bestseller se convirtió en un fenómeno cultural
El fenómeno no nació en los años ochenta. Venía de antes. Autores como Harold Robbins, Jacqueline Susann o Sidney Sheldon habían demostrado que una novela podía convertirse en un acontecimiento comercial y que temas como el dinero, el sexo, el poder, la fama o la ambición tenían una enorme capacidad para atraer lectores.
Pero durante los ochenta el mecanismo alcanzó una dimensión nueva.
La expansión de las grandes cadenas de librerías, la distribución internacional y el crecimiento de la industria audiovisual favorecieron que determinados escritores se convirtieran en auténticas marcas. El nombre del autor empezaba a funcionar como una promesa para el lector: si te había gustado una novela de aquel escritor, sabías qué clase de experiencia podías esperar de la siguiente.
Stephen King significaba terror. Tom Clancy, espionaje y tecnología militar. Robin Cook llevaba al lector a hospitales y laboratorios. Michael Crichton mezclaba ciencia y suspense. John Grisham convirtió los tribunales y los grandes bufetes en escenarios de thriller. Sidney Sheldon ofrecía lujo, conspiraciones, sexo, poder y venganza.
No eran fórmulas idénticas, pero sí respondían a una misma lógica: contar historias capaces de atrapar a un público muy amplio.
La novela de aeropuerto
Quizá ningún lugar represente mejor aquel fenómeno que el aeropuerto.
La expresión «novela de aeropuerto» terminó utilizándose, a veces con cierto desprecio, para referirse a esos grandes bestsellers que podían encontrarse en cualquier lugar de paso. Eran libros de considerable extensión, portadas reconocibles y tramas construidas para mantener al lector pasando páginas.
Pero reducirlos a literatura de usar y tirar sería demasiado sencillo.
Aquella literatura cumplía una función cultural. Acompañaba viajes, vacaciones, esperas y desplazamientos. Era accesible y permitía que un lector entrara en una historia sin necesidad de conocer de antemano al autor, el género o las convenciones literarias.
Yo también leí muchísimos de aquellos libros durante aquellos años. Algunos llegaron a mis manos porque estaban por todas partes; otros porque una película había despertado mi curiosidad; y otros, sencillamente, porque aquellas portadas resultaban difíciles de ignorar cuando entrabas en una librería.
Al volver a ellos desde el presente, resulta interesante descubrir que no todos producen la misma impresión. Algunos conservan intacta su capacidad para contar una historia. Otros muestran con claridad las modas, los prejuicios y las obsesiones de la época en que fueron escritos.
Y eso también es literatura.
Stephen King: el terror convertido en fenómeno popular
Stephen King ocupa un lugar especial en esta historia.
A finales de los setenta y durante los ochenta, sus novelas demostraron que el terror podía convertirse en literatura de masas sin renunciar a los personajes ni a los conflictos familiares.
El resplandor, Cujo, Christine, Cementerio de animales, It y Misery son algunos de los títulos que ayudaron a convertir su nombre en una garantía comercial.
Y el cine hizo el resto: El resplandor llegó a las pantallas en 1980 de la mano de Stanley Kubrick. Cujo y Christine llegaron en 1983; Cementerio de animales, en 1989; Misery, en 1990; e It tuvo una primera adaptación televisiva también en 1990.
En el caso de King se produjo además un fenómeno curioso: algunas de aquellas películas alcanzaron una fama que superó incluso el conocimiento de las novelas originales. Para muchos espectadores, el hotel Overlook, Annie Wilkes o Pennywise pertenecen tanto al cine como a la literatura.
Tom Clancy y el thriller de la Guerra Fría
Si King convirtió el terror en un fenómeno de masas, Tom Clancy hizo algo parecido con el thriller político y militar.
La caza del Octubre Rojo, publicada en 1984, apareció en plena Guerra Fría y convirtió submarinos nucleares, espionaje, tecnología militar y estrategia internacional en material para un público masivo. Después llegarían Juego de patriotas, El cardenal del Kremlin y Peligro inminente.
El cine encontró en estas novelas un material perfecto para el espectáculo. La caza del Octubre Rojo llegó a las pantallas en 1990 con Sean Connery y Alec Baldwin. Juego de patriotas se estrenó en 1992 con Harrison Ford, que también protagonizó Peligro inminente en 1994.
La literatura y Hollywood encontraron aquí un territorio común: grandes conflictos, amenazas internacionales y protagonistas enfrentados a situaciones en las que el destino de muchas personas podía depender de una decisión.
Robert Ludlum y la novela de conspiraciones
Otro nombre imprescindible es Robert Ludlum.
El caso Bourne, publicada en 1980, convirtió la identidad, el espionaje y las conspiraciones internacionales en una maquinaria narrativa que mantuvo al lector atrapado durante cientos de páginas.
Después llegarían El pacto de Holcroft, La conspiración de Aquitania y otras novelas en las que las organizaciones secretas, los servicios de inteligencia y las grandes conspiraciones ocupaban el centro de la historia.
Ludlum representa muy bien una de las características del bestseller de aquellos años: la sensación de que detrás de la realidad visible existe otra realidad oculta.
Gobiernos, agencias de inteligencia, organizaciones clandestinas y personajes con identidades ambiguas formaban parte de un imaginario que el final de la Guerra Fría no hizo desaparecer.
Y el cine terminó recuperando a Jason Bourne, aunque las películas protagonizadas por Matt Damon pertenecen ya al siglo XXI.
Robin Cook: el hospital como territorio del miedo
Robin Cook introdujo otro elemento que funcionaba a la perfección en el bestseller de la época: el miedo a la ciencia y a las instituciones que deberían protegernos.
Coma, publicada en 1977, anticipó el fenómeno. La novela fue llevada al cine en 1978, en una película dirigida por Michael Crichton.
Después llegarían títulos como Fiebre, Mutación, Ceguera asesina y Contagio. El procedimiento de Cook era eficaz: tomar un lugar asociado con la curación y convertirlo en escenario de sospechas, experimentos, intereses económicos y amenazas. El hospital, el quirófano y el laboratorio dejaban de ser espacios seguros.
En aquellos años la ciencia despertaba fascinación, pero también miedo. La medicina avanzaba, la tecnología ganaba terreno y las grandes empresas adquirían cada vez más poder. El thriller médico encontró ahí un filón narrativo.
Cook entendió algo esencial: el miedo funciona mejor cuando aparece en un lugar cotidiano.
Michael Crichton: cuando la ciencia se convirtió en aventura
Michael Crichton encontró un territorio próximo, aunque con una fórmula distinta: la ciencia convertida en aventura.
Parque Jurásico, publicada en 1990, es el ejemplo perfecto. La novela partía de una idea científica y tecnológica para construir una historia de aventuras, suspense y supervivencia. Tres años después, Steven Spielberg llevó los dinosaurios a la pantalla. El resultado fue uno de los grandes acontecimientos cinematográficos de los noventa y demostró hasta qué punto libro y película podían reforzarse mutuamente.
Crichton repetiría la conexión entre tecnología, ciencia y amenaza con novelas como Acoso y Esfera, ambas llevadas al cine durante los noventa.
La ciencia dejaba de ser un simple decorado para convertirse en el origen del conflicto.
John Grisham y el descubrimiento del thriller legal
En los años noventa apareció otro fenómeno: el thriller jurídico.
John Grisham convirtió abogados, bufetes, tribunales y grandes corporaciones en protagonistas de novelas que se devoraban con la misma facilidad que un thriller de espionaje.
La tapadera, publicada en 1991, fue uno de sus grandes éxitos y llegó al cine en 1993 con Tom Cruise.
Después vendrían El informe Pelícano, El cliente, Tiempo de matar y El jurado.
El atractivo estaba claro. El lector entraba en un mundo profesional que quedaba fuera de su experiencia cotidiana y descubría que detrás de un despacho de abogados podían esconderse asesinatos, corrupción, dinero y conspiraciones.
Grisham convirtió el lenguaje jurídico en materia de suspense y demostró que casi cualquier profesión podía convertirse en territorio de aventuras si detrás de ella se escondía un secreto.
Sidney Sheldon y el bestseller sin complejos
Sidney Sheldon representa otra vertiente del fenómeno.
Sus novelas mezclaban lujo, poder, sexo, conspiraciones, venganza y personajes sometidos a situaciones extremas. El otro lado de la medianoche, Lazos de sangre, Si mañana llega y Las arenas del tiempo fueron algunos de sus grandes éxitos.
Sheldon sabía construir historias de lectura rápida y personajes que atravesaban continentes, matrimonios, fortunas, traiciones y venganzas. Su literatura no buscaba la respetabilidad. Y ahí reside parte de su interés cultural.
El bestseller de los ochenta no tenía demasiados complejos respecto a su condición de entretenimiento. Quería atrapar al lector y mantenerlo pasando páginas. La pregunta sobre si aquello era «alta literatura» quedaba en segundo plano frente a su capacidad para llegar a millones de personas.
Danielle Steel y el otro gran mercado del bestseller
El fenómeno tampoco puede entenderse sin las escritoras que dominaron las listas de ventas.
Danielle Steel fue una de las figuras más visibles de este mercado. Sus novelas aparecían de forma constante entre los grandes éxitos internacionales y convirtieron las historias sentimentales y familiares en un producto editorial de enorme alcance.
Zoya, El largo camino a casa, La rueda del deseo y Cinco días en París pertenecen a una literatura que durante años fue tratada con cierta condescendencia por sectores de la crítica, pese a su enorme capacidad para llegar a los lectores.
Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes del bestseller. Millones de lectores pueden convertir una novela en un fenómeno mientras una parte de la crítica continúa considerándola literatura menor. El número de lectores no determina la calidad literaria, pero tampoco debería utilizarse como argumento para negar la importancia cultural de un libro.
Ken Follett: el bestseller que cruzó el Atlántico
Hay que hacer aquí una pequeña excepción. Ken Follett no es estadounidense, sino británico. Sin embargo, resulta difícil hablar del gran bestseller internacional de los ochenta y noventa sin incluirlo.
La isla de las tormentas, publicada en 1978, ya había demostrado su capacidad para construir un thriller de alcance popular. Después llegarían Triple, La clave está en Rebeca, El hombre de San Petersburgo y, en 1989, Los pilares de la Tierra.
Con Follett cambia el escenario, pero no desaparece la lógica del gran bestseller.
Los pilares de la Tierra recuperaba la novela histórica de gran extensión y la convertía en una narración llena de ambición, poder, conflictos personales, violencia y supervivencia. Sus cientos de páginas no eran un obstáculo: formaban parte del atractivo.
Follett demuestra que el fenómeno había dejado de pertenecer a un solo país. El modelo del gran bestseller se había convertido en un lenguaje internacional.
El cine necesitaba historias
La relación entre bestseller y cine no comenzó en los ochenta, pero durante aquellas décadas adquirió una fuerza especial.
Hollywood encontraba en estas novelas algo muy valioso: historias que ya habían demostrado su capacidad para atraer lectores. No garantizaban el éxito de una película, pero ofrecían personajes conocidos, conflictos claros y una base de público.
Así llegaron a las pantallas La caza del Octubre Rojo, Misery, El silencio de los corderos, La tapadera, El informe Pelícano, El cliente, Parque Jurásico, Acoso o El talento de Mr. Ripley.
La relación entre el cine y la literatura no siempre funcionaba en ambas direcciones. En ocasiones, el estreno de una película aumentaba las ventas del libro en el que estaba basada; en otras, era la película la que despertaba el interés por la novela entre espectadores que todavía no la habían leído.
El libro podía convertirse en película, la película devolver lectores al libro y ambos productos alimentar una misma historia.
¿Eran malas novelas?
Aquí está la pregunta incómoda.
Durante años, hablar de estos libros significaba hablar de literatura comercial, literatura de aeropuerto o literatura de consumo. Como si vender millones de ejemplares fuese una prueba de inferioridad estética. Pero vender mucho no convierte una novela en mala, tampoco en mala. El éxito comercial mide su capacidad para llegar a un público amplio. La calidad literaria exige otros criterios: construcción, lenguaje, personajes, estructura, profundidad, originalidad. Y por eso merece la pena volver a aquellas novelas sin prejuicios, pero también sin nostalgia acrítica.
Algunas han envejecido mal. Otras conservan una enorme capacidad narrativa. Algunas son mejores de lo que su etiqueta de bestseller hacía pensar. Y otras funcionan hoy, sobre todo, como documentos de una época. Eso también las hace interesantes.
El mundo que contaban aquellos bestsellers
Mirados en conjunto, estos libros dibujan un retrato reconocible de las preocupaciones de finales del siglo XX.
Hay miedo a la tecnología, miedo al poder político, miedo a las grandes corporaciones, fascinación por el dinero, obsesión por el éxito, conflictos familiares, violencia, sexo, conspiraciones y personajes que luchan por escapar de sistemas que parecen mucho más grandes que ellos.
También hay una enorme confianza en la acción. Algo tiene que suceder. Una amenaza aparece. Un secreto sale a la luz. Alguien huye. Alguien persigue. Un abogado descubre una trama. Un científico abre una puerta que nunca debería haber abierto. Un escritor queda atrapado por una admiradora. Un submarino desaparece. Un médico descubre algo que no debería haber descubierto.
La literatura popular de aquellos años entendió muy bien una regla elemental: el lector tiene que necesitar saber qué ocurre en la página siguiente.
La nostalgia por aquellos libros
Quizá por eso, quienes vivimos aquellos años recordamos muchos de estos títulos con una mezcla de nostalgia y sentido crítico. No solo por las historias que contaban, sino también por el lugar que ocuparon en nuestra vida cotidiana.
Yo también fui una de aquellas lectoras. Leí muchísimas de esas novelas y pasé de un autor a otro: del terror de Stephen King al suspense de Sidney Sheldon, de los hospitales de Robin Cook a las conspiraciones de Ludlum, de la ciencia de Crichton al thriller jurídico de Grisham.
Algunos libros han resistido mejor que otros. Hay novelas que recuerdo con cariño, aunque hoy no volvería a leerlas, y otras a las que regresaría sin pensarlo. Pero todas forman parte de una época en la que los libros estaban presentes en las librerías, los quioscos y nuestras casas. Se prestaban, se comentaban y, cuando llegaban al cine, nos permitían comparar la historia que habíamos imaginado con la que Hollywood había decidido mostrar.
Los libros que nos llevaron a otros libros
El panorama editorial actual es muy distinto. La oferta de libros se ha multiplicado y también los géneros, subgéneros y nichos de lectores. Los bestsellers siguen existiendo y algunos autores, como Stephen King o Ken Follett, mantienen desde hace décadas una extraordinaria capacidad para llegar a un público amplio. La diferencia está en que hoy comparten ese espacio con muchos más autores y títulos, y la atención de los lectores está más repartida.
Aquellos grandes éxitos editoriales siguen formando parte de nuestra memoria. No solo por sus argumentos o sus protagonistas, sino por todo lo que quedó asociado a ellos: una librería, unas vacaciones, una persona que nos prestó un libro o una película que fuimos a ver después.
No todas fueron grandes novelas. Pero algunas consiguieron algo que no se puede medir solo con criterios literarios: formar parte de la vida de sus lectores.
En mi caso, además, aquellos libros tuvieron un papel importante. Me llevaron al hábito de leer y despertaron en mí las ganas de seguir buscando nuevas historias y nuevos autores. Y esa es, quizá, una de las mayores virtudes de la literatura popular: una novela puede conducirnos hacia otra y esta, a su vez, hacia un escritor que nada tenga que ver con el bestseller que nos abrió la puerta. Porque quizá no importe tanto dónde empieza un lector, sino adónde le lleva después la lectura.
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