¿Qué haríamos si alguien a quien llevamos años buscando apareciera de pronto ante nosotros? La pregunta que plantea Mariana Enríquez en Chicos que vuelven parece sencilla, pero encierra una inquietud mucho mayor de lo que podría parecer a primera vista. Porque encontrar a alguien que ha desaparecido no significa necesariamente recuperar aquello que se perdió, y en esa grieta entre la ausencia y el regreso es donde la autora construye su historia.
Enríquez vuelve a utilizar el terror para hablar de algo que está mucho más cerca de la realidad que de la fantasía. En este caso, parte de la desaparición de niños y adolescentes y de la angustia de las familias que llevan años esperando noticias. La protagonista, Mechi, trabaja en un archivo relacionado con estos casos y conoce de cerca nombres, fotografías y expedientes que hablan de vidas interrumpidas. Entre ellos está Vanadis, una adolescente desaparecida años atrás.
A partir de ahí comienza una historia que se mueve entre lo cotidiano y lo inquietante, entre aquello que podemos explicar y aquello para lo que no encontramos una respuesta. Y esa mezcla es uno de los aspectos que mejor funcionan en la narrativa de Mariana Enríquez, porque la autora no necesita separar con claridad la realidad de lo sobrenatural. Al contrario, consigue que ambas cosas convivan hasta el punto de que resulta difícil saber qué debería darnos más miedo.
Una historia sobre las ausencias
Uno de los mayores aciertos de Chicos que vuelven está en la manera en que Enríquez trata la desaparición. No se limita a utilizarla como punto de partida para una historia de terror, sino que convierte la ausencia en una presencia constante. Los desaparecidos están en los archivos, en las fotografías, en la memoria de quienes los buscan y en una ciudad que continúa con su vida mientras algunas familias siguen esperando.
Esa dimensión resulta especialmente significativa en una autora que ha hecho de Buenos Aires uno de los grandes espacios literarios de su obra. Sus barrios, sus edificios, sus calles y sus zonas más deterioradas no son simples escenarios en los que colocar una historia fantástica. Enríquez encuentra en ellos las huellas de aquello que la sociedad prefiere no mirar y consigue que lo cotidiano adquiera una extrañeza que termina resultando mucho más perturbadora que cualquier escenario inventado.
En Chicos que vuelven, además, la desaparición tiene una dimensión colectiva que va más allá de cada caso particular. La historia remite a una realidad argentina marcada por los desaparecidos y por la dificultad de cerrar las heridas del pasado. Sin necesidad de convertir el relato en una explicación histórica, Enríquez introduce esa memoria en la narración y hace que pese sobre todo lo que sucede.
El terror de no reconocer lo conocido
Hay una idea que recorre el relato y que me parece especialmente interesante: el miedo a que aquello que conocemos deje de resultarnos reconocible.
Enríquez trabaja muchas veces con esa sensación. No necesita presentar un monstruo para provocar inquietud; le basta con alterar algo que, en principio, debería proporcionarnos seguridad. Una casa, un barrio, una persona conocida o un recuerdo pueden convertirse en algo amenazador cuando dejamos de percibirlos como antes.
En este caso, esa inquietud está relacionada con la identidad y con la memoria. ¿Hasta qué punto seguimos siendo la misma persona después de una ausencia prolongada? ¿Qué ocurre con quienes esperan y construyen en su imaginación una imagen de aquel que ha desaparecido? Son preguntas que están presentes en el relato sin necesidad de que la autora las formule de manera explícita.
Y ahí está una de las virtudes de Enríquez: confía en la situación que ha creado y no necesita explicarlo todo. El lector puede quedarse con la incertidumbre, completar algunos huecos y preguntarse qué haría en circunstancias semejantes.
Cuando lo sobrenatural se parece demasiado a la realidad
El terror de Mariana Enríquez suele funcionar mejor cuando nace de una realidad reconocible. En Chicos que vuelven sucede algo parecido. La historia tiene un componente fantástico evidente, pero debajo de él encontramos problemas muy reales: la desaparición de menores, la violencia, la vulnerabilidad de determinadas personas y la impotencia de quienes buscan respuestas.
Por eso el relato resulta incómodo. No podemos refugiarnos en la idea de que aquello que estamos leyendo pertenece por completo al terreno de la imaginación. La fantasía está ahí, pero se apoya en una realidad que conocemos y que resulta mucho más difícil de apartar de la cabeza.
Esta forma de utilizar el terror me interesa especialmente en Enríquez porque evita que el género quede reducido a provocar miedo. El miedo se convierte en una herramienta para hablar de otras cosas y, en este caso, de una sociedad que convive con determinadas ausencias hasta que llega un momento en que ya forman parte del paisaje.
Una Mariana Enríquez todavía reconocible
Chicos que vuelven es una obra breve y se lee con rapidez, pero no por eso carece de elementos para detenerse en ellos. Hay en sus páginas muchos de los rasgos que después reconoceremos en la autora: la presencia de Buenos Aires, el interés por los márgenes, la violencia que aparece en segundo plano, la mezcla de realidad y fantasía y esa capacidad para introducir lo extraño en situaciones que podrían formar parte de cualquier día.
No es, para mí, una de sus obras más redondas. La idea de partida tiene una fuerza enorme y la atmósfera está muy conseguida, pero el desarrollo no alcanza siempre la misma intensidad. Hay momentos en los que la historia parece tener más posibilidades de las que finalmente desarrolla, y esa sensación se nota sobre todo por la brevedad de la obra.
Aun así, me parece una lectura interesante para acercarse a la manera en que Mariana Enríquez construye su particular territorio literario. Aquí el terror no aparece como algo completamente ajeno al mundo en que vivimos, sino como una forma de mirar aquello que preferimos mantener oculto.
El regreso como forma de miedo
Lo más inquietante de Chicos que vuelven no es tanto preguntarse qué ha ocurrido como pensar en lo que significa esperar durante años a alguien que ha desaparecido. La espera transforma a quienes se quedan, modifica los recuerdos y obliga a construir una vida alrededor de una ausencia.
Enríquez toma esa situación y la lleva al terreno del terror sin perder de vista su dimensión humana. Por eso, más allá del elemento fantástico, el relato habla de la memoria, de la identidad y de la dificultad de aceptar que algunas pérdidas no tienen una explicación sencilla.
Me ha interesado esa manera de plantear el miedo sin necesidad de recurrir a grandes efectos. La inquietud nace de algo mucho más íntimo: la posibilidad de que aquello que hemos esperado durante tanto tiempo vuelva a nuestra vida y nos obligue a enfrentarnos a todo lo que ha cambiado mientras tanto.
Chicos que vuelven no es la obra con la que recomendaría empezar a leer a Mariana Enríquez, pero sí una historia que permite reconocer algunas de las claves de su literatura y, sobre todo, su manera de convertir una realidad dolorosa en materia de terror. Una lectura breve, incómoda y con una premisa que permanece en la cabeza después de cerrar el libro.
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