El año de la rata, de Mariana Enríquez y Dr. Alderete, es uno de esos libros que cuesta colocar dentro de una categoría concreta. No es una colección de cuentos al uso, tampoco un libro ilustrado convencional. Es una obra híbrida en la que literatura e imagen se encuentran para construir un universo extraño, oscuro y, en muchos momentos, incómodo.
Publicado por Libros del Zorro Rojo, el libro nació durante el confinamiento de 2020, cuando el ilustrador argentino Dr. Alderete comenzó a trabajar desde Ciudad de México y envió sus dibujos a Mariana Enríquez, que se encontraba en Buenos Aires. Las imágenes fueron el punto de partida de los textos. Enríquez escribió a partir de aquello que las ilustraciones le provocaban, creando sesenta piezas breves que dialogan con el particular imaginario visual de Alderete.
El resultado es tan peculiar como cabría esperar de una colaboración entre ambos.
Mariana Enríquez en un territorio diferente
Quien conozca la obra de Mariana Enríquez reconocerá algunas de sus obsesiones. El cuerpo, la muerte, las criaturas monstruosas, la enfermedad, los deseos ocultos, las transformaciones y aquello que preferimos mantener lejos de nuestra vida cotidiana aparecen también aquí.
Pero El año de la rata lleva esos elementos hacia un terreno más libre.
Hay fetichismo, criaturas imposibles, deformidades, mitología, placeres poco confesables y situaciones que provocan una mezcla de fascinación y rechazo. No es, desde luego, una lectura que resulte cómoda para todo el mundo. En mi caso, fue una obra bastante alejada de lo que suelo buscar en una lectura, por ese carácter extraño y fetichista que recorre muchas de sus páginas.
Y, sin embargo, resulta difícil decir que no sea una obra muy propia de Mariana Enríquez.
La escritora argentina tiene una inclinación evidente hacia los márgenes, hacia aquello que incomoda o que preferimos no mirar demasiado de cerca. En sus libros aparecen cuerpos que dejan de responder a lo que consideramos normal, personajes atravesados por obsesiones y una permanente atracción hacia el lado menos amable de la existencia. En El año de la rata esa tendencia se libera de las exigencias de una narración convencional.
Aquí no hay que esperar una historia larga ni una trama que avance hacia un desenlace. Hay pequeñas historias, ideas, imágenes y asociaciones que funcionan como fogonazos.
Una colaboración nacida de las imágenes
Uno de los aspectos más interesantes del libro es su proceso creativo. En esta ocasión, Enríquez no parte de una historia que después se ilustra. El recorrido es el contrario: las ilustraciones de Dr. Alderete provocan la escritura.
Eso cambia la relación entre texto e imagen.
Los dibujos tienen una personalidad muy marcada, con trazos negros y colores intensos, y crean un universo que puede resultar tan atractivo como inquietante. Enríquez responde a esas imágenes con textos breves que parecen prolongarlas, explicarlas o llevarlas hacia lugares que el dibujo por sí solo no había mostrado.
La colaboración funciona, por tanto, como una conversación.
Y quizá ahí esté la clave para acercarse al libro: no buscar en él una nueva colección de cuentos de Mariana Enríquez, sino una pieza experimental en la que la autora juega con su propio imaginario a partir del trabajo de otro creador.
El año de la rata
El título también resulta significativo. 2020 fue el año de la rata según el calendario chino y la coincidencia con el confinamiento proporcionó el marco perfecto para el proyecto.
La rata puede representar astucia, inteligencia y capacidad de supervivencia, pero también está asociada a la enfermedad, la suciedad, las plagas y aquello que se mueve en los márgenes. Es un animal que encaja a la perfección con el universo de Enríquez.
El libro nació en un momento marcado por el aislamiento, la incertidumbre y la sensación de que la realidad cotidiana se había convertido en algo extraño. Sin convertir la pandemia en el argumento de la obra, ese contexto parece formar parte del clima que la rodea.
Hay algo casi premonitorio en esas imágenes de cuerpos alterados, criaturas, enfermedades y amenazas. Pero El año de la rata no necesita convertirse en una crónica del confinamiento para resultar vinculado a aquel periodo. Basta con saber cuándo y cómo nació para que algunas de sus imágenes adquieran otra lectura.
Una Mariana Enríquez más experimental
No recomendaría empezar a leer a Mariana Enríquez con El año de la rata. Para acercarse a su literatura hay obras que permiten comprender mejor su evolución y sus principales recursos narrativos.
Pero sí me parece una pieza interesante para quienes ya conocen su trabajo y quieren descubrir otra faceta de la autora.
Porque aquí encontramos a una Enríquez menos preocupada por construir una narración extensa y más interesada en explorar una idea, una imagen o una sensación. Es un libro fragmentario, visual y provocador. En algunos momentos puede fascinar y en otros generar cierta distancia. Hay propuestas que funcionan mejor que otras, y esa irregularidad forma parte también de una obra construida desde la experimentación.
En mi caso, recuerdo El año de la rata como una lectura muy rara, incluso incómoda por momentos, alejada de lo que suelo leer. Sobre todo recuerdo su componente fetichista y ese imaginario excesivo que lleva algunas de las obsesiones de Mariana Enríquez hasta lugares poco habituales.
Pero quizá precisamente por eso merece ser recuperado.
Porque Mariana Enríquez no es una escritora que parezca especialmente interesada en permanecer dentro de los límites. Y El año de la rata es una buena muestra de esa tendencia a explorar lo extraño, lo monstruoso y lo que queda fuera de lo que consideramos normal.
Conclusión
El año de la rata es una obra singular dentro de la bibliografía de Mariana Enríquez. Su unión con el universo gráfico de Dr. Alderete produce un libro difícil de clasificar, poblado por monstruos, cuerpos, deseos, enfermedades, fetiches y situaciones inquietantes.
No es una lectura para quien busque una narración tradicional, pero sí una propuesta interesante para descubrir hasta dónde puede llegar el imaginario de una autora que ha convertido lo perturbador en uno de los rasgos más reconocibles de su literatura.
Y quizá esa sea la mejor forma de definirlo: un libro extraño, excesivo y muy poco convencional, pero también coherente con la Mariana Enríquez que se siente atraída por todo aquello que preferiríamos no mirar demasiado de cerca.
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