El otro nombre, de Jon Fosse, publicada por De Conatus con traducción de Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun, es la primera parte de Septología, una obra compuesta por siete capítulos reunidos en tres volúmenes. Después de haber leído Trilogía y Hermana, dos novelas del autor que me habían dejado una impresión mucho más poderosa, me acerqué a esta obra con interés y también con ciertas expectativas. La lectura, sin embargo, ha sido distinta. Hay en El otro nombre una propuesta literaria ambiciosa y una escritura reconocible, pero en esta ocasión la forma termina pesando más que la historia.

Una vida que se desdobla

Asle es un pintor viudo que vive solo frente a un fiordo. Su existencia parece transcurrir entre la pintura, los recuerdos y unos pocos desplazamientos que adquieren una importancia desproporcionada frente a la aparente sencillez de su vida cotidiana. Mientras contempla uno de sus cuadros, su pensamiento comienza a desplazarse hacia el pasado y hacia otra existencia que guarda una relación inquietante con la suya.

Ese otro Asle constituye uno de los centros de la novela. No estamos ante un simple doble ni ante un recurso destinado a crear un misterio convencional. Es la posibilidad de otra vida, la imagen de aquello que el protagonista podría haber sido y, al mismo tiempo, una forma de enfrentarse a las decisiones que han construido su propia existencia.

Fosse no necesita explicar qué relación exacta existe entre ambos. La ambigüedad forma parte de su propuesta. El lector tiene que aceptar que las fronteras entre recuerdo, pensamiento, imaginación y experiencia pueden desaparecer, del mismo modo que desaparecen para Asle.

La repetición como forma de pensamiento

Uno de los rasgos más reconocibles de la escritura de Fosse es la repetición. Las palabras, los nombres, los recuerdos y determinados movimientos regresan una y otra vez. Las frases se prolongan, se desvían y vuelven sobre sí mismas, como si la narración intentara reproducir el funcionamiento de una conciencia incapaz de avanzar en línea recta.

No es una repetición descuidada. Forma parte de la arquitectura de la novela. Fosse convierte la sintaxis en el espacio mental de Asle: una idea conduce a otra, una imagen despierta un recuerdo, ese recuerdo devuelve al presente y el presente vuelve a abrir una posibilidad diferente.

El procedimiento resulta coherente con lo que el autor quiere contar, pero también es donde he encontrado una de las principales dificultades de la lectura. La repetición puede descubrir nuevas capas de significado, pero llega un momento en que algunas de esas vueltas dejan de aportar algo nuevo. Lo que al principio genera extrañeza y concentración termina produciendo cierta sensación de estancamiento.

Cuando la forma pesa más que la historia

Aquí es donde mi experiencia con El otro nombre se distancia de la que tuve con Trilogía y Hermana. En Trilogía encontraba una historia con una tensión muy concreta, sostenida por la pobreza, el deseo, la violencia, el amor y la necesidad de sobrevivir. La escritura de Fosse estaba allí, pero existía un conflicto que empujaba la narración y unos personajes cuya suerte me importaba.

Hermana también me pareció más cercana. Su brevedad y su estructura permitían que esa escritura contenida alcanzara una dimensión emocional que en El otro nombre me ha costado encontrar.

Aquí el conflicto se desplaza casi por completo hacia el interior de Asle. La acción queda reducida a su mínima expresión y el pensamiento ocupa el espacio que en otras novelas correspondería al desarrollo narrativo. Es una decisión perfectamente consciente, pero no por ello tiene que funcionar del mismo modo para todos los lectores.

En mi caso, la novela me ha hecho pensar más en el procedimiento utilizado por Fosse que en aquello que les sucede a sus personajes. He sido más consciente de la estructura de la escritura que de la necesidad de seguir avanzando por la historia.

Pintura, fe y memoria

La pintura desempeña un papel fundamental. Asle no solo es un pintor que aparece dentro de la novela: su manera de relacionarse con el mundo está condicionada por la mirada del artista. Los cuadros se convierten en lugares donde intenta fijar algo que la memoria y las palabras no consiguen retener.

Hay una relación evidente entre esa búsqueda y la propia escritura de Fosse. El pintor intenta encontrar una forma para aquello que no puede explicar y el escritor hace algo parecido con el lenguaje. Ambos buscan acercarse a una experiencia que parece encontrarse siempre un poco más allá de las palabras.

La fe aparece ligada a esa misma búsqueda. Dios, la creación, la muerte y el sentido de la existencia forman parte de las preocupaciones de Asle. No estamos ante una novela religiosa en sentido convencional, sino ante una exploración espiritual en la que la pintura y la escritura se convierten también en formas de aproximarse a lo inexplicable.

Esta dimensión tiene interés, aunque tampoco consigue producir en mí el efecto que esperaba. La búsqueda espiritual del personaje queda a menudo absorbida por el propio mecanismo narrativo y aumenta esa sensación de distancia que he mantenido durante buena parte de la lectura.

La distancia con el lector

Hay una idea que me parece importante cuando se habla de una obra como esta: la lentitud no equivale por sí sola a profundidad.

Una novela puede avanzar despacio y construir una experiencia literaria de gran intensidad. También puede detenerse en un pensamiento y regresar sobre él hasta descubrir matices que una narración más rápida dejaría fuera. Pero la lentitud necesita una tensión interna. Necesita que esas pausas transformen nuestra percepción de lo que estamos leyendo.

En El otro nombre he encontrado momentos en los que sucede. Una imagen, un recuerdo o una escena sencilla adquieren un peso inesperado. Pero también he encontrado otros en los que la repetición deja de abrir caminos y comienza a cerrarlos.

Y ahí aparece mi principal distancia con la novela. No creo que el problema sea que Fosse exija paciencia al lector. Una obra literaria no tiene obligación de facilitar el camino. El problema aparece cuando la exigencia formal termina debilitando la relación con aquello que se cuenta.

Una novela que no me ha llegado como las anteriores

No me parece una novela fallida. Al contrario, hay una enorme coherencia entre su forma y su propósito. Fosse lleva hasta sus últimas consecuencias una determinada concepción de la literatura: reducir la acción, diluir las fronteras entre presente y pasado, insistir en la repetición y dejar que la conciencia del personaje se convierta en el verdadero espacio narrativo.

Pero una propuesta coherente no tiene por qué producir una lectura memorable.

En mi caso, El otro nombre no ha alcanzado la fuerza de Trilogía ni la intimidad de Hermana. He reconocido la ambición del proyecto, la precisión de determinadas imágenes y el trabajo que existe detrás de una escritura que puede parecer sencilla cuando, en realidad, responde a una construcción muy medida. Sin embargo, esa admiración no se ha transformado en la implicación emocional que esperaba.

Quizá ese sea uno de los riesgos de llevar una propuesta estética hasta sus últimas consecuencias. Fosse consigue construir una novela que parece desprenderse de todo lo accesorio para quedarse con la memoria, la conciencia, la fe, la pintura y la identidad. Pero al eliminar tantos elementos narrativos, también puede desaparecer parte de aquello que nos mantiene unidos a una historia.

El Nobel de Literatura no cambia esta impresión. Jon Fosse es un escritor de enorme importancia y El otro nombre permite comprender algunas de las razones de su reconocimiento, pero no todas sus obras tienen por qué producirnos la misma respuesta. Leer también consiste en establecer nuestras propias distancias.

Y mi distancia con El otro nombre es mayor que con Trilogía y Hermana. En aquellas encontré una historia y unos personajes que permanecieron conmigo después de cerrar el libro. En esta he encontrado, sobre todo, una propuesta literaria rigurosa y radical que he podido admirar más de lo que he podido sentir.


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