Hay miedos que no necesitan fantasmas. No necesitan casas encantadas, criaturas sobrenaturales ni maldiciones familiares. Basta con caminar por un barrio donde la pobreza se ha convertido en paisaje, vivir con miedo a perder el trabajo, ser mujer en una sociedad atravesada por la violencia o crecer en un lugar donde determinadas vidas parecen importar menos que otras.

Ese es uno de los territorios que explora Mariana Enríquez en buena parte de su obra. La escritora argentina utiliza los mecanismos del terror para hablar de aquello que preferimos no mirar demasiado tiempo: la pobreza, la desigualdad, la violencia de género, la marginalidad, la exclusión y las consecuencias de una historia política marcada por la violencia. El monstruo puede aparecer, pero con frecuencia llega después. Antes de él ya estaba la realidad.

Enríquez ha explicado que la violencia forma parte de lo cotidiano y que sus relatos parten de estructuras cercanas al realismo antes de permitir que irrumpa lo sobrenatural. Esa mezcla resulta esencial para entender su literatura. El monstruo no aparece en un universo separado del nuestro, sino en barrios reconocibles, edificios deteriorados, casas familiares, carreteras, hospitales o espacios donde la desigualdad ya estaba presente antes de que apareciera cualquier elemento fantástico.

Cuando la violencia deja de ser excepcional

Uno de los rasgos más perturbadores de la narrativa de Mariana Enríquez es la normalización de la violencia. Sus personajes no viven siempre acontecimientos extraordinarios. Con frecuencia se mueven en sociedades donde determinadas formas de agresión se han incorporado a la rutina hasta convertirse en algo que se teme, se comenta o se evita, pero que ya no sorprende.

Esta cuestión adquiere una importancia especial en Las cosas que perdimos en el fuego. La violencia contra las mujeres atraviesa varios de sus relatos y aparece vinculada a una sociedad en la que el peligro forma parte de la experiencia cotidiana. El terror no necesita construir un asesino sobrenatural porque la amenaza ya está presente en las relaciones humanas y en las estructuras que permiten que esa violencia continúe.

En el relato que da título al volumen, la violencia contra las mujeres alcanza una dimensión colectiva. Los cuerpos quemados dejan de representar únicamente el resultado de una agresión individual y se convierten en el símbolo de una violencia que se repite. La respuesta de las mujeres introduce entonces una transformación radical: si la sociedad no consigue protegerlas, serán ellas mismas quienes decidan qué hacer con sus cuerpos.

El terror surge de una situación que podría pertenecer al mundo real y que, precisamente por eso, resulta más difícil de apartar de la imaginación.

La pobreza como territorio del miedo

La pobreza ocupa también un lugar central en esta concepción del terror. Enríquez no la presenta como una cifra ni como un problema social situado al margen de la narración. La pobreza aparece encarnada en los personajes y modifica los espacios donde viven, las decisiones que toman y los peligros a los que están expuestos.

En Un lugar soleado para gente sombría, publicado en 2024, esta relación entre territorio, desigualdad y horror adquiere una presencia evidente. El libro reúne doce cuentos en los que lo monstruoso aparece en grandes ciudades y pequeños pueblos, siempre en contacto con una realidad reconocible. Uno de los relatos se desarrolla en un barrio periférico de Buenos Aires donde conviven los vivos y los fantasmas de personas que han muerto en circunstancias violentas o marcadas por la precariedad.

El espacio adquiere así una importancia que va más allá del escenario. El barrio cuenta una historia. Sus casas, sus calles y sus habitantes muestran las consecuencias de una sociedad desigual. En el relato, los fantasmas forman parte de ese paisaje porque también forman parte de su pasado.

La editorial de Un lugar soleado para gente sombría describe precisamente esos monstruos como criaturas que surgen de la realidad cotidiana. La elección resulta significativa: Enríquez no necesita llevar el horror a un lugar remoto. Puede encontrarlo en la periferia de una gran ciudad, allí donde la pobreza y la violencia han dejado huellas que nadie consigue borrar.

Los espacios que la sociedad prefiere no mirar

La narrativa de Enríquez presta una atención especial a los lugares que suelen quedar fuera de las representaciones más tranquilizadoras de una ciudad. Barrios periféricos, edificios deteriorados, viviendas abandonadas, hospitales, solares y zonas degradadas aparecen como espacios donde la realidad parece mostrar aquello que normalmente permanece oculto.

No se trata de convertir la pobreza en un decorado siniestro. Ese sería un riesgo evidente y empobrecería la lectura. Lo interesante es que sus espacios están habitados por personas que tienen una historia y que no pueden separarse de las condiciones sociales en las que viven.

En uno de los relatos de Un lugar soleado para gente sombría, por ejemplo, voluntarios de una organización que reparte comida en barrios marginales terminan enfrentándose a una amenaza monstruosa. El contraste resulta inquietante porque sitúa la solidaridad y la precariedad dentro del mismo escenario en el que aparece lo sobrenatural.

El monstruo no borra la realidad social. Se superpone a ella.

Y esa es una de las claves del terror de Enríquez: lo fantástico no sustituye a la realidad, sino que la hace más visible.

El cuerpo como territorio de la violencia

El cuerpo ocupa otro lugar fundamental en esta literatura. Enríquez escribe sobre cuerpos heridos, enfermos, envejecidos, deformados o sometidos a la violencia, pero no utiliza estas imágenes únicamente para provocar rechazo.

El cuerpo puede convertirse en el lugar donde se manifiestan las presiones sociales.

En Las cosas que perdimos en el fuego, la violencia contra las mujeres tiene una dimensión física evidente, pero también plantea una cuestión más profunda: quién tiene derecho a decidir sobre un cuerpo y qué sucede cuando ese cuerpo se convierte en objeto de violencia.

En Un lugar soleado para gente sombría, la relación entre cuerpo y miedo adopta otras formas. Algunos relatos exploran el deterioro físico, la enfermedad, la vejez o la transformación corporal. La crítica ha señalado precisamente la presencia de estos temas en el libro y su relación con la incertidumbre, la pérdida del cuerpo y la dificultad de aceptar el paso del tiempo.

El cuerpo se convierte así en otro espacio donde la vulnerabilidad se hace visible. No todos los cuerpos reciben la misma protección ni poseen la misma capacidad para defenderse. Esa desigualdad también puede convertirse en una fuente de terror.

La exclusión y el miedo al otro

La literatura de Enríquez también explora la frontera entre quienes pertenecen a la comunidad y quienes quedan fuera de ella. Sus personajes marginales no aparecen únicamente como víctimas ni como amenazas. Son personas que viven en los márgenes de una sociedad que muchas veces prefiere no mirarlas.

Esta cuestión resulta especialmente interesante porque el terror trabaja con una de sus herramientas tradicionales: el miedo a lo desconocido. Pero Enríquez modifica esa fórmula. El otro no tiene por qué ser un ser sobrenatural. Puede ser el vecino del barrio pobre, el adolescente que nadie quiere cerca, la mujer marcada por una agresión o la persona cuya vida ha quedado fuera de las normas aceptables.

Un estudio académico dedicado a Las cosas que perdimos en el fuego señala precisamente cómo Enríquez lleva al centro de sus relatos a personajes situados en los márgenes y utiliza el terror para cuestionar las fronteras entre lo normal y lo diferente.

La operación resulta especialmente eficaz porque obliga al lector a reconsiderar dónde se encuentra realmente el monstruo.

Quizá no esté en quien vive fuera de la norma. Quizá esté en la mirada de quienes han decidido que algunas vidas importan menos.

La memoria de la violencia

El terror social de Mariana Enríquez tampoco puede separarse de la historia argentina. La dictadura, la represión y las heridas que permanecen abiertas forman parte de ese pasado que regresa una y otra vez en su narrativa.

En Nuestra parte de noche, la historia familiar y sobrenatural se desarrolla durante la dictadura militar argentina. El horror fantástico se mezcla con una realidad histórica marcada por la violencia y el poder, de modo que ambos planos terminan resultando difíciles de separar.

Esta relación entre memoria y terror aparece también en Un lugar soleado para gente sombría. Algunos de sus relatos vuelven sobre un pasado que no ha desaparecido y sobre lugares que conservan las huellas de aquello que ocurrió en ellos. La crítica ha destacado precisamente la incapacidad de un país para enterrar sus fantasmas como uno de los elementos que atraviesan el libro.

El fantasma adquiere entonces un significado que va más allá del género. Puede representar aquello que una sociedad intenta dejar atrás sin haberlo resuelto.

Los muertos regresan porque el pasado sigue presente.

El monstruo no llega desde fuera

Una de las razones por las que el terror de Mariana Enríquez resulta tan incómodo es que no ofrece una separación clara entre el mundo cotidiano y el sobrenatural. Sus personajes pueden encontrarse con un fantasma, una criatura o una presencia inexplicable, pero antes de ese encuentro ya estaban viviendo en un entorno marcado por el miedo.

La amenaza sobrenatural puede ser terrible, pero no siempre es la peor amenaza.

La violencia, la pobreza, la desigualdad y la exclusión no necesitan una explicación fantástica. Existen por sí mismas. Lo que hace Enríquez es utilizar los recursos del terror para llevarlas a un territorio donde el lector pueda sentirlas de otra manera.

Por eso sus monstruos funcionan. No son simples criaturas diseñadas para provocar un sobresalto. Están conectados con los conflictos que atraviesan a sus personajes y con una sociedad que deja heridas difíciles de cerrar.

Enríquez consigue así que el terror tenga una dimensión social sin convertir sus historias en simples alegatos. La literatura no aparece como un discurso sobre la pobreza o la violencia, sino como una forma de experimentar sus consecuencias.

El verdadero horror está en lo reconocible

El terror social en Mariana Enríquez nace de una paradoja: cuanto más reconocible es el mundo de sus historias, más inquietante resulta la aparición de lo imposible.

Una casa puede estar encantada, pero antes ha sido una casa familiar. Un barrio puede estar lleno de fantasmas, pero antes ha sido un barrio marcado por la pobreza y la violencia. Un cuerpo puede transformarse de manera monstruosa, pero antes ha sido un cuerpo sometido al paso del tiempo, a la enfermedad o a las expectativas sociales.

Lo sobrenatural no elimina esas realidades. Las amplifica.

Ahí reside buena parte de la fuerza de la narrativa de Enríquez. Sus cuentos y novelas recuerdan que el terror no siempre comienza cuando aparece algo que no podemos explicar. A veces comienza mucho antes, cuando aceptamos como normal aquello que debería seguir provocándonos miedo.

Y quizá por eso sus monstruos resultan tan difíciles de olvidar. Porque cuando cerramos el libro podemos dejar de creer en fantasmas, pero seguimos viviendo en el mismo mundo que los ha creado.


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