Hay festivales literarios a los que uno acude por un autor, por una presentación o por una charla concreta. Y hay otros que terminan convirtiéndose en algo más. Mi primer Golem Fest pertenece a esta segunda categoría.
Fue en diciembre de 2018, durante la primera edición del festival, y todavía recuerdo la sensación de llegar a Valencia con la ilusión de quien sabe que tiene por delante unos días rodeada de libros, escritores y lectores.
Llegar a Golem Fest
El primer día del evento, el 7 de diciembre, llegué a Valencia a las 8:15 de la mañana. Dejé la maleta en el hotel y me dirigí con tiempo al lugar donde se celebraba el festival: el Centre del Carme Cultura Contemporània, un antiguo convento convertido en centro cultural.
El edificio ya era un motivo suficiente para disfrutar de la visita. Sus claustros y sus espacios históricos proporcionaban un escenario magnífico para un festival dedicado a la literatura fantástica, la ciencia ficción, el terror y otras formas de literatura de género.
Llegué con tiempo y, como suele ocurrir en este tipo de encuentros, pronto descubrí que el programa iba a ser mucho más intenso de lo que había imaginado.
Un programa imposible de abarcar
El programa completo, completito, como diría uno de los escritores asistentes, fue un no parar.
Había charlas, presentaciones de libros, firmas y encuentros que se solapaban entre sí. Una empezaba mientras otra estaba a punto de terminar y, entre medias, aparecía la tentación inevitable de comprar un libro, conseguir una firma o quedarse hablando con alguien que acababas de conocer.
Era imposible verlo todo.
Después de estudiar el programa con atención, tuve que elegir. Y, como suele ocurrirme, preferí las charlas con varias intervenciones, porque el diálogo entre autores permite descubrir puntos de vista distintos y suele dar lugar a conversaciones mucho más interesantes.
Una de las que recuerdo con especial interés fue la dedicada a las adaptaciones cinematográficas de novelas. En ella participaron Ian Watson, Fernando Marías, José Carlos Somoza y Juan Miguel Aguilera. La conversación despertó mi curiosidad por algunas de las películas de las que hablaron y, después del festival, terminé viendo Invasor y Musa.
También me interesó mucho la charla sobre los monstruos de Villa Diodati y todo lo relacionado con Frankenstein, una obra que continúa generando lecturas y reinterpretaciones más de dos siglos después de su publicación.
Hubo además presentaciones de Posthumanas y Distópicas, la presentación de Frankenstein resuturado, una edición que me pareció una maravilla, y numerosas intervenciones de autores a los que tenía ganas de escuchar.
Recuerdo con especial cariño a Elia Barceló, Jesús Cañadas, Roberto Sánchez, Sofía Rhei, Ian Watson y Cristina Macía, aunque la lista de escritores y participantes que escuché aquellos días fue mucho más larga.
No están todos los que fueron ni todos los que tuve ocasión de escuchar. Tampoco tendría sentido intentar reconstruir aquí cada charla. Han pasado años y lo que permanece no es tanto el programa completo como la impresión que me dejó aquella primera experiencia.
El primer Golem
Uno de los momentos más especiales fue la entrega del I Golem a Pilar Pedraza.
Recuerdo aquel acto como algo muy bonito. No solo por el reconocimiento a una escritora a la que admiro, sino porque aquel premio parecía resumir buena parte del espíritu del festival: el reconocimiento a una trayectoria vinculada a la literatura fantástica y a una autora fundamental dentro de la cultura de género en España.
Por supuesto, me perdí varias actividades.
Algunas porque coincidían con otras que me interesaban más y otras por una razón mucho más sencilla: me entretuve hablando con otros asistentes.
Y, con el tiempo, creo que esta segunda razón es una de las mejores cosas que puede ocurrir en un festival literario.
Mucho más que presentaciones y charlas
Lo que más recuerdo de aquel Golem Fest no es una conferencia concreta ni siquiera una presentación determinada. Es el ambiente.
La organización me pareció estupenda y encontré algo que para mí resulta esencial en cualquier encuentro literario: la posibilidad de que autores, profesionales del mundo del libro y lectores compartan espacio sin que exista una distancia excesiva entre unos y otros.
Yo llegaba como lectora.
Y me encontré completamente acogida.
Compartí presentaciones, conversaciones, fotografías, comidas y ratos de charla con personas a las que acababa de conocer. Poco a poco dejé de sentir que era una visitante que había acudido a un festival y empecé a sentirme una más.
Eso es algo que no aparece en ningún programa.
Tampoco se puede medir en el número de ponencias, invitados o actividades. Pero probablemente sea una de las cosas que hacen que un festival literario permanezca en la memoria.
Un recuerdo que ha permanecido
Han pasado varios años desde aquel diciembre de 2018 y, al volver ahora sobre las fotografías y sobre este artículo que escribí entonces, me doy cuenta de que aquel primer Golem Fest fue importante para mí por algo más que los libros y los escritores que pude conocer.
Fue el descubrimiento de un espacio en el que me sentía cómoda.
Un lugar donde podía hablar de literatura durante horas, descubrir autores, comprar libros, escuchar conversaciones que abrían nuevas lecturas y, sobre todo, compartir esa pasión con otras personas.
Por eso no quería limitar esta entrada a una relación de actividades y nombres. Los programas desaparecen, las charlas terminan y los libros que se presentan ese día pasan a ocupar un lugar en las estanterías. Lo que permanece es la experiencia.
Mi primer Golem Fest fue, sobre todo, una experiencia estupenda.
Y este artículo quiere ser también un pequeño agradecimiento a todas las personas con las que compartí aquellos días.
A los escritores, organizadores, profesionales del libro y lectores que hicieron posible que una recién llegada se sintiera como una más.
Fue mi primer Golem Fest. Y no fue el último.









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