Publicada por Anagrama en 2019 y ganadora del Premio Herralde de Novela de ese año, Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez, parte de una historia de terror sobrenatural para construir algo mucho más amplio: una novela sobre la herencia, el poder, la familia, el cuerpo y la violencia.

Enríquez sitúa buena parte de la acción en la Argentina de la dictadura militar. Juan Peterson viaja con su hijo Gaspar hacia el norte del país. Juan está enfermo y sabe que el tiempo juega en su contra. También sabe que su hijo ha heredado sus capacidades como médium y que la Orden, una sociedad secreta vinculada a la familia de la madre del niño, pretende utilizarlo.

La premisa es poderosa, pero lo que hace que la novela crezca por encima de una historia de sectas y rituales es la relación entre Juan y Gaspar.

El argumento: un padre contra una herencia

Juan no intenta proteger a Gaspar de un monstruo concreto. Intenta protegerlo de una herencia. La Orden lleva generaciones buscando el contacto con la Oscuridad, una entidad que promete una forma de trascender la muerte. Para conseguirlo necesita médiums, personas capaces de establecer el vínculo entre nuestro mundo y ese otro lugar. Juan es uno de ellos y su condición lo está destruyendo física y mentalmente. Gaspar, su hijo, ha heredado esa capacidad.

La novela comienza con el viaje de ambos por carretera, pero pronto descubrimos que ese desplazamiento no es solo geográfico. Juan intenta encontrar una salida para su hijo mientras el lector empieza a reconstruir una historia familiar que se remonta décadas atrás.

Y aquí Enríquez toma una decisión que será fundamental para toda la novela: en lugar de desarrollar el relato de forma lineal, rompe la cronología y cambia de perspectiva.

Lo que parecía una historia centrada en Juan y Gaspar se convierte en una narración mucho más amplia. Conocemos a Rosario, la madre de Gaspar; descubrimos la historia de la familia Bradford; nos acercamos a otros personajes relacionados con la Orden y avanzamos hacia otros momentos históricos.

La información llega por fragmentos y el lector tiene que reconstruir la historia. Y esa reconstrucción es, al mismo tiempo, uno de los grandes atractivos de la novela y uno de sus problemas.

Una novela construida como un rompecabezas

Nuestra parte de noche está dividida en seis partes. Cada una modifica el punto de vista, el periodo histórico o incluso el registro narrativo. Hay narración en tercera persona, pasajes en primera persona y una sección planteada como una crónica periodística.

La estructura está pensada con cuidado. No es una sucesión arbitraria de saltos temporales. Cada fragmento aporta información que permite comprender mejor lo ocurrido antes y después.

El problema es que no todos esos fragmentos poseen la misma fuerza.

La primera parte tiene una potencia extraordinaria. El viaje de Juan y Gaspar introduce el misterio, la enfermedad, la amenaza y la presencia de la Orden. El lector sabe que algo terrible está sucediendo, aunque todavía desconoce las reglas de ese mundo.

Después la novela se abre. Y cuando se abre tanto, pierde en ocasiones parte de la tensión que había conseguido construir. No considero que la estructura sea un defecto en sí misma. De hecho, es una de las apuestas más interesantes del libro. Pero sí creo que Enríquez se deja llevar en determinados momentos por todo lo que quiere contar. La novela quiere ser saga familiar, relato de terror, novela histórica, historia de sectas, relato de iniciación, novela de padres e hijos y exploración del horror cósmico. Pero la autora consigue sostenerlo.

Juan y Gaspar: el verdadero centro de la novela

Por encima de la Orden y de la Oscuridad, la relación entre Juan y Gaspar es lo que proporciona a la novela su mayor carga emocional.

Juan sabe que su hijo está destinado a ocupar su lugar. También sabe lo que significa ser médium de la Orden. Su cuerpo lleva las marcas de ese destino y su enfermedad convierte cada intento de proteger a Gaspar en una carrera contra el tiempo. Pero Juan no es un padre ideal. Y es mejor que no lo sea.

Su amor hacia Gaspar está atravesado por el miedo, la culpa y la necesidad de controlar una situación que se le escapa. Quiere salvarlo, pero no siempre sabe cómo hacerlo. En ocasiones, su manera de protegerlo reproduce algunas de las formas de violencia de las que intenta apartarlo.

Gaspar, por su parte, tiene que crecer rodeado de secretos. Su infancia está marcada por la sospecha de que existe algo que los adultos no quieren contarle y por la sensación de que su vida ha sido decidida antes de que pudiera elegirla. La pregunta que atraviesa la novela no es, por tanto, quién vencerá a la Oscuridad. Es si Gaspar podrá dejar de ser aquello que otros han decidido que sea.

Rosario y las mujeres de la Orden

Rosario ocupa un lugar fundamental en esa historia. Su relación con Juan permite comprender que la Orden no puede reducirse a un grupo de hombres poderosos que manipulan a los demás.

La familia de Rosario es parte esencial de la estructura de poder. Su linaje, su dinero y su posición social están ligados a la supervivencia de la Orden. Pero Rosario tampoco acepta sin más el papel que le corresponde.

La parte de la novela narrada desde su perspectiva amplía el mundo de Nuestra parte de noche y permite comprender mejor el origen de muchas de las decisiones que afectan a Juan y Gaspar. También introduce una mirada distinta sobre la familia, el deseo y el poder. Es uno de los cambios de voz más importantes del libro y, en mi opinión, uno de los que mejor funcionan.

El terror: cuando lo sobrenatural se mezcla con la realidad

Mariana Enríquez no necesita inventar un mundo separado de nuestra realidad para producir horror. La Oscuridad existe. Los rituales existen. La Orden existe. Pero alrededor de ellos está la Argentina de la dictadura.

Ese contexto histórico no funciona como simple telón de fondo. La novela está atravesada por la violencia política, las desapariciones, la represión y las diferencias de clase. El terror sobrenatural convive con un terror histórico que no necesita ninguna criatura para resultar espantoso.

Enríquez consigue que ambos planos se contaminen. Una desaparición puede pertenecer al mundo de lo sobrenatural o al de la violencia política. Una casa puede ocultar un secreto fantástico, pero también puede funcionar como espacio de una clase social que vive protegida de lo que sucede fuera.

La Orden representa una forma extrema de poder: una élite que considera que determinadas personas pueden ser utilizadas para alcanzar sus propios fines. Y ahí la novela deja de hablar solo de monstruos: habla de privilegios y de cuerpos que pertenecen a otros. Habla de personas que pueden decidir sobre la vida ajena porque tienen dinero, apellido y poder.

El cuerpo como territorio del horror

Uno de los aspectos más perturbadores de la novela es la relación entre el cuerpo y la Oscuridad.

Juan es un médium, pero su capacidad no se presenta como un don maravilloso. Es una condena. Su cuerpo paga el precio del contacto con aquello que la Orden desea alcanzar. La enfermedad, la mutilación, el dolor y el deterioro físico aparecen ligados al poder sobrenatural.

Enríquez convierte el cuerpo en el lugar donde se materializa la violencia. La Oscuridad no es una idea abstracta. Deja consecuencias y estas son físicas.

Esta dimensión corporal conecta Nuestra parte de noche con buena parte de la obra de la autora. Enríquez entiende que el miedo funciona mejor cuando puede tocarse, cuando afecta a la carne y cuando lo sobrenatural deja una marca que no puede borrarse.

La historia argentina dentro de la novela

Resultaría imposible leer Nuestra parte de noche sin tener presente la dictadura argentina.

La novela está situada en un periodo en el que la violencia política forma parte de la vida cotidiana. En ese contexto, la existencia de una sociedad secreta dedicada a rituales atroces no resulta tan ajena como podría parecer.

Ese es uno de los juegos más inteligentes de Enríquez. No necesita comparar de forma directa la Orden con la dictadura. Basta con colocarlas en el mismo universo narrativo. El lector sabe que los horrores sobrenaturales son ficción. También sabe que los otros horrores ocurrieron.

La novela aprovecha esa tensión para cuestionar la frontera entre lo imaginable y lo real. La desaparición de una persona puede ser un hecho político, un acontecimiento sobrenatural o ambas cosas dentro del universo de la novela. La propia literatura fantástica adquiere así una dimensión histórica.

Una novela de Mariana Enríquez

Nuestra parte de noche reúne buena parte de las obsesiones que recorren la obra de Mariana Enríquez. La infancia aparece expuesta al peligro, las casas dejan de ser espacios seguros y la violencia se filtra en la vida cotidiana hasta volver irreconocible aquello que parecía familiar. El cuerpo también ocupa un lugar central: es vulnerable, puede enfermar, ser utilizado y convertirse en el escenario donde se manifiestan las consecuencias del poder.

A todo ello se suman la desigualdad social y una historia argentina marcada por la violencia política. Enríquez no separa estos elementos del componente sobrenatural, sino que los hace convivir dentro de un mismo universo. La Oscuridad, los rituales y la Orden pertenecen al territorio de lo fantástico, pero el miedo que provocan se mezcla con otros horrores perfectamente reconocibles.

La diferencia está en la escala. En sus relatos, Enríquez suele concentrar esas preocupaciones en unas pocas páginas y consigue que una situación cotidiana se transforme en algo inquietante. En Nuestra parte de noche necesita mucho más espacio para desarrollar personajes, familias, acontecimientos históricos y una mitología propia.

Esa amplitud le permite construir un universo complejo y la novela alcanza una intensidad que confirma por qué Nuestra parte de noche ocupa un lugar tan destacado dentro de la obra de Mariana Enríquez.

Nuestra parte de noche: una herencia que nadie ha elegido

Lo que más me interesa de Nuestra parte de noche no es la Orden ni siquiera la Oscuridad, sino aquello que ambas representan: una herencia que pasa de una generación a otra y que nadie ha elegido.

Juan conoce desde niño el precio de su don y sabe qué futuro espera a Gaspar. Su hijo recibe esa misma condena antes de tener edad para comprenderla. Rosario, por su parte, carga con un apellido que la vincula a una familia poderosa y a una estructura construida sobre el secreto, el privilegio y la violencia. La propia Orden lleva generaciones alimentándose de esa transmisión. Su poder no depende solo de la Oscuridad, sino de su capacidad para perpetuarse.

Ahí se encuentra una de las preguntas más interesantes de la novela: ¿hasta qué punto podemos escapar de aquello que hemos heredado?

Gaspar tendrá que encontrar la respuesta. Su lucha no consiste solo en enfrentarse a una entidad sobrenatural ni en escapar de quienes quieren utilizar sus capacidades. Necesita romper con una historia que otros han escrito para él y decidir qué hacer con aquello que lleva dentro. Esa es, en el fondo, la verdadera batalla de Nuestra parte de noche.

La autora consigue convertir una historia de médiums, sociedades secretas y horror cósmico en un relato sobre la familia, la memoria, el poder y la violencia. El elemento sobrenatural no sirve para alejarnos de la realidad, sino para mirarla desde otro lugar.

Y quizá ahí reside el verdadero horror de la novela. No en la Oscuridad, sino en todo aquello que los seres humanos son capaces de transmitir a quienes vienen después: el miedo, el poder, los secretos, la violencia y también las heridas que nadie decidió recibir. Gaspar tendrá que decidir qué hacer con todo ello porque heredar una historia no significa estar condenado a repetirla.


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