Martin Amis nunca ha sido un escritor dispuesto a caminar por terrenos cómodos. En sus novelas ha llevado la sátira, la provocación y la observación de los aspectos más desagradables de la sociedad hasta lugares que pueden resultar incómodos para el lector. Después de Lionel Asbo. El estado de Inglaterra, donde ofrecía un retrato corrosivo de determinados aspectos de la sociedad británica, regresó a uno de los episodios más terribles de la historia europea: el nazismo y el Holocausto.
No era la primera vez. Amis ya había abordado el exterminio nazi en La flecha del tiempo, una novela de estructura singular que convertía la inversión temporal en una forma de enfrentarse al horror. En La zona de interés cambia el procedimiento. Esta vez no altera el tiempo, sino el punto de vista. Nos introduce en un campo de exterminio y concede la palabra a quienes forman parte de la maquinaria nazi.
Es una elección arriesgada. También incómoda. Y precisamente por eso resulta tan interesante.
Martin Amis vuelve al Holocausto
La novela se sitúa en un campo de exterminio nazi y se construye alrededor de varios personajes cuyas vidas transcurren en el interior de aquella maquinaria de muerte.
Golo, un joven oficial alemán y sobrino del jerarca nazi Martin Bormann, llega al campo para participar en la puesta en marcha de una fábrica que utilizará mano de obra esclava. Ambicioso, seductor y consciente de su posición, pronto se siente atraído por Hannah, la esposa del comandante del campo, Paul Doll.
Entre ambos surge una relación marcada por el deseo y los celos. Doll, por su parte, representa al funcionario encargado de dirigir aquel universo de muerte y al mismo tiempo aparece retratado desde el grotesco y la sátira.
A este triángulo se incorpora Szmul, miembro del Sonderkommando, uno de los grupos de prisioneros judíos obligados por los nazis a participar en determinadas tareas relacionadas con el exterminio.
Pero la historia sentimental es solo la superficie. Lo que interesa a Amis se encuentra debajo: cómo pueden coexistir el deseo, la ambición, los celos y las preocupaciones cotidianas con el exterminio de miles de personas.
Los verdugos ocupan el centro de la novela
Esta elección es quizá el aspecto más controvertido de La zona de interés.
Amis podría haber contado la historia desde el punto de vista de las víctimas. Podría haberse centrado en la resistencia, en la supervivencia o en el sufrimiento de quienes fueron encerrados en los campos. Sin embargo, decide colocar al lector dentro del mundo de los verdugos.
Y eso cambia por completo la perspectiva.
No estamos ante personajes que contemplan el horror desde fuera. Ellos forman parte de él. El exterminio es su entorno laboral, el espacio donde desarrollan sus carreras y donde continúan con sus vidas privadas.
Ahí aparece una de las mayores incomodidades de la novela. Los personajes no dejan de ser personas porque estén haciendo cosas monstruosas. Continúan teniendo deseos, frustraciones, ambiciones, relaciones y conflictos personales.
La monstruosidad convive con la normalidad.
La banalidad del mal
Es imposible leer La zona de interés sin pensar en la idea de la banalidad del mal formulada por Hannah Arendt. Sin embargo, reducir la novela a una ilustración de esa teoría sería quedarse corto.
Amis plantea una cuestión que va un paso más allá: ¿cómo consigue una persona vivir consigo misma cuando participa en algo terrible?
Porque quienes hacen el mal rara vez se consideran a sí mismos malvados.
Esta es una de las ideas que más fuerza adquieren durante la lectura. El ser humano posee una capacidad extraordinaria para justificar sus actos. Puede convertir una atrocidad en una obligación, una decisión en una necesidad, una orden en un trabajo y una víctima en alguien que ya no merece ser considerado semejante.
Golo puede interpretar sus acciones desde la ambición, el deseo o las circunstancias. Doll puede refugiarse en su cargo y en sus responsabilidades. El sistema nazi proporciona, además, una ideología capaz de convertir el exterminio en una supuesta necesidad política y racial.
Cada uno encuentra una explicación que le permite seguir adelante.
Y quizá ese sea uno de los aspectos más inquietantes de la novela: el mal no necesita que quien lo ejerce se reconozca como malvado. Puede bastarle con una justificación.
Cuando el horror se convierte en rutina
La fuerza de La zona de interés está también en la convivencia entre lo cotidiano y lo monstruoso.
Mientras alrededor se desarrolla el exterminio, los personajes siguen preocupándose por sus relaciones, sus carreras, sus rivalidades y sus intereses. El asesinato industrial se ha convertido en una actividad organizada, sometida a procedimientos, horarios y objetivos.
El lenguaje burocrático desempeña aquí un papel esencial. Cuando la violencia se transforma en una tarea administrativa, las palabras pueden servir para ocultar aquello que realmente está sucediendo.
El exterminio deja de percibirse como una sucesión de asesinatos y pasa a formar parte de una estructura de trabajo.
Eso es precisamente lo que hace que la novela resulte tan perturbadora. El horror no aparece como una anomalía que interrumpe la vida cotidiana. El horror se ha integrado en ella.
La comedia negra como provocación
Martin Amis no renuncia al humor. Y hacerlo dentro de un escenario como este supone una apuesta literaria de enorme riesgo.
Algunos personajes aparecen retratados desde el grotesco. Paul Doll, en particular, puede resultar ridículo en sus comportamientos, sus inseguridades y sus preocupaciones. El lector puede llegar a encontrar situaciones absurdas o cómicas.
Pero la risa nunca resulta limpia.
Sabemos dónde estamos. Sabemos qué sucede alrededor de esos personajes. Sabemos quiénes son las personas que están siendo asesinadas mientras ellos discuten, desean, compiten o se preocupan por asuntos personales.
La comedia negra no elimina el horror. Lo vuelve más incómodo.
Esta decisión explica también parte de la polémica que rodeó la novela. Representar el Holocausto desde la perspectiva de los verdugos y utilizar el humor como recurso narrativo podía generar rechazo. Es una elección que obliga al lector a preguntarse hasta dónde puede llegar la ficción cuando aborda una tragedia histórica de semejante magnitud.
Amis no busca una lectura confortable. Y tampoco parece interesado en ofrecerla.
El ser humano y su capacidad para justificar el mal
Después de leer La zona de interés, resulta difícil no hacerse una pregunta incómoda: ¿el mal pertenece a una minoría de individuos excepcionalmente perversos o existe en todos nosotros la capacidad de justificar aquello que hacemos cuando encontramos las circunstancias, la ideología o los intereses adecuados?
Siempre he pensado que el ser humano tiene una inclinación preocupante hacia el mal. La lectura de Amis no me ha llevado tanto a confirmar esa idea como a formularla de otra manera.
No sé si el ser humano es malo por naturaleza. Lo que sí parece indiscutible es su capacidad para adaptarse al mal, normalizarlo y construir argumentos que le permitan convivir con él.
Nos gusta pensar que quienes cometieron las grandes atrocidades de la historia eran monstruos. Es una idea tranquilizadora porque establece una distancia entre ellos y nosotros. Si eran monstruos, podemos pensar que nosotros nunca podríamos llegar a hacer algo semejante.
Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de ver al otro como un semejante?
¿Qué ocurre cuando una ideología nos dice que determinadas personas son inferiores, peligrosas o prescindibles? ¿Qué ocurre cuando una orden convierte el crimen en trabajo? ¿Qué ocurre cuando encontramos suficientes razones para pensar que aquello que hacemos está justificado?
Ahí está la verdadera inquietud que deja la novela.
Una novela que incomoda
La zona de interés no es una novela fácil y quizá tampoco pretende serlo.
Martin Amis no ofrece una representación solemne del Holocausto ni construye una historia destinada a tranquilizar al lector. Hace algo más arriesgado: introduce la mirada dentro de la maquinaria nazi y permite que los verdugos hablen, se justifiquen, deseen, mientan y continúen con sus vidas.
La novela no nos permite contemplar el horror desde una distancia segura.
Y esa es, para mí, su mayor virtud.
Porque después de cerrar el libro no solo queda la imagen de quienes participaron en aquella maquinaria de exterminio. Queda una pregunta mucho más incómoda: ¿qué necesitamos para convencernos de que nosotros no seríamos capaces de hacer lo mismo?
Quizá esa sea la verdadera zona de interés de Martin Amis. No solo el espacio físico donde se desarrolla la novela, sino ese territorio moral en el que dejamos de mirar al otro como un semejante y comenzamos a encontrar razones para aceptar su sufrimiento. El momento en que el horror deja de parecernos extraordinario y se convierte en rutina. El momento en que una persona puede participar en algo terrible y continuar pensando que, en el fondo, tiene sus motivos. Y quizá sea por eso por lo que La zona de interés resulta tan difícil de olvidar.
Descubre más desde El baúl de Xandris
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
