La expresión «la banalidad del mal», acuñada por Hannah Arendt a partir de su análisis del juicio de Adolf Eichmann, ha sido citada tantas veces que corre el riesgo de convertirse en una fórmula vacía. Sin embargo, su potencia permanece cuando la literatura se pregunta cómo una persona corriente puede participar en sistemas de violencia sin percibirse a sí misma como un monstruo.
La narrativa contemporánea ha explorado esa contradicción desde distintos ángulos. El mal deja de aparecer siempre bajo la forma del villano clásico y comienza a instalarse en personajes ordinarios: empleados, padres, vecinos, funcionarios o ciudadanos que cumplen su función, aceptan determinadas reglas y encuentran razones para justificar sus actos.
Ese desplazamiento resulta inquietante porque elimina la distancia cómoda entre el lector y el culpable. Si el mal solo perteneciera a seres excepcionales, bastaría con identificarlos para sentirnos a salvo. Pero ¿qué ocurre cuando quienes participan en una estructura de violencia tienen una vida reconocible, mantienen relaciones familiares, realizan su trabajo y encuentran argumentos para convencerse de que están haciendo lo correcto?
La literatura contemporánea ha convertido esa pregunta en uno de sus territorios más incómodos.
De qué trata este enfoque narrativo
Este tipo de narrativa sustituye con frecuencia al antagonista clásico por personajes cuya principal característica es la adaptación. No siempre son sujetos crueles ni manifiestan una voluntad consciente de hacer daño. A veces se limitan a aceptar las reglas del entorno en el que viven.
El problema aparece cuando esa adaptación permite que una estructura injusta continúe funcionando.
La violencia puede entonces surgir de una suma de decisiones, omisiones, silencios y rutinas. Nadie tiene por qué sentirse responsable del resultado completo porque cada individuo percibe solo una pequeña parte del proceso. El daño se fragmenta y, con él, también la responsabilidad.
La literatura del mal cotidiano explora precisamente esa zona de incertidumbre: el lugar en el que una persona deja de preguntarse si lo que hace está bien porque ha aprendido a considerarlo normal.
El mal sin rostro: transformación del antagonista
La narrativa contemporánea ha ido desplazando al villano tradicional. El mal ya no necesita una psicología extrema ni una voluntad manifiesta de destrucción.
Puede aparecer en personajes funcionales, mediocres o pasivos. Sujetos que cumplen órdenes, buscan su beneficio, protegen su posición o prefieren no saber demasiado.
Esto no significa que toda pasividad equivalga a complicidad ni que la banalidad del mal pueda aplicarse a cualquier comportamiento cotidiano. El concepto de Arendt resulta más preciso y más incómodo: apunta a la posibilidad de que el mal pueda ser ejecutado por personas que no encajan en la imagen convencional del monstruo y que incluso pueden ser incapaces de comprender la dimensión de aquello que están haciendo.
La literatura encuentra ahí un conflicto narrativo de enorme fuerza. El personaje puede considerarse una persona decente mientras sus actos contribuyen a producir consecuencias terribles.
El mal, en este marco, no siempre irrumpe. Se integra.
La zona de interés: cuando el horror se convierte en rutina
Pocas novelas permiten observar esta idea con tanta crudeza como La zona de interés, de Martin Amis.
La novela sitúa al lector en Auschwitz y adopta la perspectiva de varios personajes vinculados al funcionamiento del campo de exterminio. El procedimiento de Amis resulta especialmente perturbador porque no construye el horror desde la mirada de las víctimas, sino desde la normalidad de quienes participan en el mecanismo que las destruye.
Aquí la banalidad adquiere una dimensión extrema. Los personajes trabajan, mantienen relaciones personales, sienten celos, desean ascender, se preocupan por cuestiones domésticas y hablan de sus intereses mientras a su alrededor se desarrolla el exterminio. El horror no desaparece; lo que desaparece es la capacidad de determinados personajes para percibirlo como algo que debería interrumpir su normalidad.
Esa es una de las grandes fuerzas de la novela. El campo de concentración no constituye una excepción que los personajes contemplan desde fuera. Es su lugar de trabajo. Forma parte de su vida cotidiana.
Amis lleva así hasta el límite una pregunta que atraviesa buena parte de la literatura sobre el mal: ¿qué sucede cuando una persona consigue separar aquello que hace de aquello que cree ser?
El resultado es profundamente incómodo porque los personajes no necesitan considerarse malvados. Pueden construir una explicación que les permita continuar viviendo consigo mismos. El lenguaje, la rutina y la distancia respecto de las víctimas colaboran en esa operación.
La zona de interés demuestra que la banalización del mal no consiste en convertir el crimen en algo pequeño. El crimen continúa siendo monstruoso. Lo que se vuelve banal es la relación que el individuo establece con él.
Otros rostros del mal cotidiano
Esta transformación del mal en una práctica cotidiana también aparece en la literatura distópica. Margaret Atwood construye en El cuento de la criada una sociedad en la que la violencia deja de percibirse como una excepción y pasa a formar parte de la rutina. Lo analizo en «La filosofía en El cuento de la criada«.
En Sumisión, de Michel Houellebecq, el protagonista se caracteriza por su despolitización y su disposición a adaptarse a un nuevo contexto político. La novela no presenta la transformación desde la resistencia heroica, sino desde la comodidad, el cansancio y el interés personal. La pasividad se convierte en una forma de adaptación.
En Crematorio, de Rafael Chirbes, el mal aparece vinculado a la corrupción económica, la especulación y la degradación del entorno. Los personajes participan en una lógica donde el beneficio termina justificando decisiones que tienen consecuencias colectivas. La responsabilidad individual se mezcla con un sistema que convierte la corrupción en una práctica normalizada.
En Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, la violencia estructural resulta todavía más inquietante porque quienes la padecen han interiorizado las reglas del mundo en el que viven. La ausencia de una rebelión convencional no elimina la violencia; muestra hasta qué punto un sistema puede imponer sus límites cuando consigue que sus víctimas los perciban como inevitables.
En El adversario, Emmanuel Carrère aborda un caso real en el que la mentira construye una identidad entera. La fuerza del relato no reside solo en el crimen, sino en la capacidad de una persona para sostener durante años una ficción y mantener relaciones sociales mientras oculta una realidad monstruosa.
En La vegetariana, Han Kang desplaza el conflicto hacia el ámbito familiar y corporal. La violencia no procede de un único acto, sino de la presión ejercida sobre quien se aparta de las normas aceptadas. La familia y el entorno social intentan devolver a la protagonista al lugar que consideran apropiado.
Incluso Stoner, de John Williams, puede leerse desde otra perspectiva como una novela sobre la erosión que producen la indiferencia, los silencios y determinadas decisiones cotidianas. No pertenece a la literatura sobre el mal en el mismo sentido que las obras anteriores, pero demuestra hasta qué punto la violencia humana puede adoptar formas menos visibles que la agresión directa.
El lenguaje que permite no mirar
Uno de los recursos más interesantes de esta literatura es el tratamiento del lenguaje.
El mal puede quedar oculto tras palabras administrativas, técnicas o cotidianas. Cuando una persona deja de llamar a las cosas por su nombre, también puede comenzar a establecer una distancia entre sus actos y sus consecuencias.
En La zona de interés, esta distancia adquiere una dimensión especialmente brutal. El lenguaje burocrático y la conversación cotidiana conviven con la maquinaria del exterminio. Esa coexistencia obliga al lector a enfrentarse a una contradicción difícil de soportar: mientras para las víctimas se desarrolla una tragedia absoluta, para quienes forman parte del sistema puede existir una jornada laboral, una conversación trivial o un problema doméstico.
La neutralidad narrativa desempeña aquí un papel decisivo. El narrador no necesita decirnos constantemente quién es bueno y quién es malo. La exposición de los hechos obliga al lector a establecer la relación moral entre ellos.
Esta estrategia resulta más perturbadora que una condena explícita porque impide refugiarse en una interpretación sencilla.
Cuando el mal necesita una justificación
Uno de los aspectos más inquietantes de esta narrativa es la capacidad humana para construir justificaciones.
Los individuos rara vez se presentan ante sí mismos como villanos. Pueden considerar que cumplen con su deber, que solo hacen su trabajo, que no tienen alternativa, que otros son responsables o que las consecuencias de sus actos no les corresponden.
La justificación permite mantener separadas dos imágenes incompatibles: la persona que creemos ser y aquello que estamos contribuyendo a hacer.
En ese sentido, la literatura resulta especialmente eficaz porque puede introducir al lector en la conciencia del personaje y mostrar el mecanismo desde dentro. No se limita a decir que alguien está equivocado. Permite comprender cómo consigue vivir con su propia conducta.
Y comprender no significa justificar. Esta distinción resulta esencial. La literatura puede explicar los mecanismos de la complicidad sin absolver a quienes participan en ellos.
La banalidad del mal como estructura narrativa
La literatura contemporánea ha convertido la banalidad del mal en una herramienta para observar el funcionamiento de determinadas formas de violencia.
El interés ya no reside únicamente en el acontecimiento extraordinario, sino en aquello que lo hace posible. ¿Qué mecanismos permiten que una injusticia se prolongue? ¿Qué papel desempeñan quienes obedecen? ¿Qué ocurre con quienes prefieren no saber? ¿En qué momento una conducta deja de parecer excepcional y se convierte en rutina?
Estas preguntas permiten conectar obras muy diferentes. No todas hablan del mismo tipo de mal ni pueden equipararse entre sí. La zona de interés aborda el exterminio nazi; Crematorio, la corrupción y la degradación producida por determinados modelos económicos; Nunca me abandones, una violencia estructural convertida en norma; La vegetariana, la presión ejercida sobre el individuo desde el entorno familiar y social.
Lo que comparten no es una misma forma de violencia, sino una preocupación: mostrar cómo las estructuras pueden condicionar la conducta individual y cómo las personas pueden terminar aceptando aquello que, contemplado desde fuera, resulta inaceptable.
El lector frente al espejo
La literatura del mal cotidiano incomoda porque elimina una coartada muy sencilla: pensar que el mal siempre pertenece a otros.
Los monstruos resultan fáciles de identificar. El funcionario que cumple una orden, el vecino que mira hacia otro lado, el profesional que antepone su beneficio, el familiar que impone sus normas o el ciudadano que acepta una injusticia porque no quiere complicarse la vida son figuras mucho más difíciles de colocar dentro de una categoría moral cómoda.
Ahí reside buena parte de la fuerza de estas novelas.
No nos preguntan solo quién comete el mal. También nos obligan a observar las condiciones que permiten que continúe.
Y quizá esa sea una de las razones por las que La zona de interés resulta tan perturbadora. Martin Amis no necesita convertir a sus personajes en criaturas sobrenaturales. Le basta con mostrar cómo pueden convivir con el horror y continuar ocupándose de sus asuntos.
El mal no necesita siempre una máscara monstruosa.
A veces necesita una oficina, una nómina, una familia, una rutina y una buena razón para convencerse de que uno no es responsable.
La pregunta que deja esta literatura no es cómoda: ¿hasta qué punto la participación en sistemas injustos procede de la crueldad y hasta qué punto de la capacidad humana para adaptarse, obedecer y encontrar argumentos que permitan seguir viviendo sin mirar demasiado de cerca las consecuencias?
Quizá la mayor amenaza no sea descubrir que existen personas capaces de hacer el mal, sino comprender que el mal puede integrarse en la vida cotidiana cuando dejamos de preguntarnos qué estamos haciendo y por qué.
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