La expresión “la banalidad del mal”, acuñada por Hannah Arendt, ha sido repetida hasta el desgaste, a menudo despojada de su filo crítico. Sin embargo, en la literatura actual adquiere una nueva densidad cuando se desplaza desde los grandes crímenes históricos hacia lo cotidiano. Ya no hablamos de figuras excepcionales ni de villanos reconocibles, sino de sujetos normales —empleados, padres, vecinos— que ejecutan o sostienen formas de violencia estructural sin una conciencia clara de ello. Este desplazamiento no solo redefine el mal: lo vuelve inquietante y cercano.


La narrativa contemporánea ha ido abandonando poco a poco la construcción del antagonista clásico. El mal ya no necesita una psicología extrema ni una voluntad explícita de destrucción. Al contrario, se encarna en personajes anodinos, incluso mediocres, cuya principal característica es su capacidad de adaptación. Son individuos que no cuestionan, que no interrumpen el curso de las cosas, que asumen como naturales dinámicas injustas. El mal, en este contexto, no irrumpe: se integra.

Un ejemplo claro lo encontramos en Sumisión de Michel Houellebecq. Su protagonista no es un ideólogo ni un fanático, sino un académico desganado que acepta sin resistencia un cambio político radical. No hay en él una intención de dañar, pero su pasividad lo convierte en pieza funcional de un sistema que transforma las reglas del juego. La violencia no se ejerce desde él, sino a través de él. Esa es la clave.

Este tipo de personaje se repite con variaciones en distintas obras. En Crematorio, de Rafael Chirbes, el mal adopta la forma de corrupción sistémica. Los personajes no se perciben como culpables; operan dentro de una lógica donde el beneficio económico justifica cualquier decisión. La degradación del entorno, la explotación, el abuso de poder… todo queda diluido en una normalidad que lo absorbe. Nadie se declara responsable, pero el daño es real y acumulativo.

Algo similar ocurre en Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Aunque el marco es distópico, lo perturbador es la aceptación generalizada del sistema. Los personajes interiorizan su función dentro de una estructura injusta sin plantearse su legitimidad. No hay rebelión, no hay cuestionamiento. La violencia estructural se sostiene gracias a esa aceptación silenciosa.

En estos relatos, el mal no se presenta como una anomalía, sino como una consecuencia lógica de determinadas condiciones sociales, económicas o culturales. La responsabilidad individual se diluye en una red de decisiones mínimas: pequeñas concesiones, omisiones, rutinas. Es ahí donde la banalidad del mal alcanza su dimensión más incómoda. No en el acto extremo, sino en la suma de gestos que parecen insignificantes.

La literatura actual ha sabido captar esta transformación y traducirla en términos formales. Predomina una narrativa contenida, sin subrayados morales evidentes. El narrador evita juzgar, se limita a exponer. Esta estrategia no es neutral: obliga al lector a posicionarse. Sin un villano claro, sin una condena explícita, la interpretación recae sobre quien lee. Y eso genera una incomodidad productiva.

El lenguaje juega un papel decisivo en este proceso. La violencia estructural rara vez se nombra de forma directa; aparece encubierta bajo discursos técnicos, administrativos o cotidianos. En El adversario, de Emmanuel Carrère, lo inquietante no es solo el crimen final, sino la normalidad del relato previo: una vida construida sobre la mentira, sostenida por la inercia y la incapacidad de confrontación. El lenguaje no denuncia; describe. Y en esa descripción se filtra el horror.

En el ámbito de lo íntimo, La vegetariana, de Han Kang, muestra cómo la violencia puede operar en registros que aparentan ser inofensivos. La presión familiar, las expectativas sociales, la imposición de una norma… nada de esto se presenta como violencia explícita, pero el efecto es devastador. Los personajes actúan convencidos de su legitimidad. Nadie se reconoce como agresor.

Incluso en relatos donde no hay una estructura de poder evidente, la banalidad del mal se filtra en las relaciones personales. En Stoner, de John Williams, la vida académica se convierte en un espacio de pequeñas crueldades, silencios y decisiones mezquinas que configuran una existencia marcada por la renuncia. No hay grandes conflictos, pero sí una acumulación de gestos que erosionan al personaje.

El patrón es consistente: la literatura contemporánea desactiva la espectacularidad del mal para mostrar su funcionamiento real. Lo sitúa en la oficina, en la familia, en la escuela, en el lenguaje. Lo convierte en rutina. Y al hacerlo, elimina la distancia moral que separaba al lector del objeto narrado. Ya no se trata de observar a un “otro” distinto, sino de reconocer dinámicas que forman parte de la vida común.

Este enfoque tiene implicaciones éticas claras. Si el mal no es una excepción, sino una posibilidad latente en cualquier individuo, entonces la responsabilidad no puede externalizarse. La literatura, en este sentido, deja de ser un espacio de evasión para convertirse en un dispositivo de interrogación. No ofrece respuestas, pero formula preguntas incómodas: ¿hasta qué punto participamos, por acción u omisión, en sistemas injustos? ¿Qué papel juega nuestra pasividad?

Ahora bien, no toda la narrativa que aborda este tema lo hace con la misma eficacia. Existe un riesgo evidente de convertir la banalidad del mal en un recurso estético vacío: personajes grises, atmósferas apagadas, conflictos mínimos… sin una verdadera indagación ética. Cuando esto ocurre, el texto pierde densidad y se limita a reproducir una apariencia de profundidad. La clave está en la precisión: en la capacidad de mostrar sin subrayar, de sugerir sin simplificar.

Las obras más logradas —Chirbes, Ishiguro, Carrère— comparten esa cualidad. No ofrecen consuelo ni resolución, pero tampoco caen en la afectación. Construyen un espacio de ambigüedad donde el lector se ve obligado a pensar. Y ahí reside su potencia.

En definitiva, la literatura actual que explora la banalidad del mal desde lo cotidiano no busca redefinir el mal como concepto abstracto, sino mostrar su funcionamiento concreto. Lo sitúa en los márgenes de la conciencia, en los automatismos, en la comodidad de lo habitual. Y al hacerlo, plantea una idea incómoda pero necesaria: que el mal, en muchas ocasiones, no tiene rostro porque podría tener el nuestro.


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