Mariano Sánchez Soler es un autor difícil de encasillar en una sola faceta. Periodista, escritor, poeta y ensayista, su trayectoria está marcada por una mirada crítica hacia la sociedad y por una preocupación constante por la realidad que le ha tocado vivir. Esa mirada también está presente en su poesía, aunque en No es amor sino fiebre encontramos una dimensión más íntima de su escritura.

El libro reúne una selección de poemas escritos entre 1972 y 2023. Más de cinco décadas de poesía condensadas en un volumen que permite recorrer distintas etapas de la vida y de la trayectoria literaria del autor. El amor es el punto de partida, pero pronto comprobamos que el concepto es mucho más amplio de lo que podría sugerir una primera aproximación al libro.

Porque en Sánchez Soler el amor no vive separado del resto de la existencia. Está unido al deseo, a la pérdida, a la memoria, al paso del tiempo, a la conciencia política y a la propia fragilidad humana. No encontramos una poesía amorosa complaciente ni entregada a la idealización del sentimiento. Hay pasión, pero también dolor; hay deseo, pero también incertidumbre; hay recuerdos luminosos junto a otros que aparecen atravesados por la derrota.

Una selección que recorre más de cincuenta años

Uno de los principales atractivos de No es amor sino fiebre es su recorrido temporal. Los poemas abarcan desde 1972 hasta 2023, lo que convierte el libro en una especie de mapa de la evolución personal y literaria de Mariano Sánchez Soler.

No estamos ante una colección concebida como una obra cerrada escrita en un periodo concreto. La selección permite observar cómo determinados temas sobreviven al paso de los años y cómo cambia la manera de expresarlos. El lector se encuentra con distintas etapas, diferentes tonos y variadas formas de aproximarse al amor, pero también con una serie de elementos que funcionan como nexos entre los poemas.

La presencia de textos inéditos junto a otros pertenecientes a libros anteriores aporta además una perspectiva interesante. No se trata solo de recuperar una obra dispersa, sino de volver sobre ella desde el presente. El poeta revisa su propio recorrido y ofrece al lector una selección que puede leerse como conjunto.

Ese carácter unitario resulta especialmente importante en un libro que reúne poemas escritos durante un periodo tan extenso. Las décadas transcurren, pero determinadas obsesiones permanecen.

El mar como paisaje y como identidad

Esther Abellán Rodes firma el prólogo de No es amor sino fiebre y ayuda a situar la selección dentro de la trayectoria del autor. Entre los elementos que destaca se encuentra la relación de Sánchez Soler con el mar, una presencia que atraviesa buena parte de su imaginario.

El mar adquiere en estos poemas una dimensión que va más allá del paisaje. Es memoria, territorio, identidad y espacio emocional. Forma parte de la biografía del poeta y acaba convirtiéndose en una extensión de su propia mirada.

Esta relación con el entorno permite entender también una de las características de su poesía: la utilización de imágenes concretas para expresar estados emocionales. Sánchez Soler no necesita recurrir a grandes abstracciones cuando puede convertir un paisaje, un objeto o una situación en el reflejo de una experiencia interior.

El mar, el humo, los trenes, la noche, la sangre o el cuerpo adquieren así un valor simbólico sin perder su dimensión material. Son imágenes que se pueden tocar y que, al mismo tiempo, remiten a emociones difíciles de nombrar.

Una poesía que no renuncia al conflicto

Si algo caracteriza No es amor sino fiebre es la ausencia de complacencia. Incluso cuando el tema es el amor, el autor no parece interesado en construir una poesía sentimental en el sentido más convencional del término.

El amor aparece contaminado por la vida. Y la vida, en la poesía de Sánchez Soler, está llena de conflictos.

El individuo no existe al margen de la sociedad ni de su tiempo. Las experiencias personales conviven con la conciencia de la injusticia, la violencia, la lucha y la muerte. Por eso algunos poemas pueden leerse desde una dimensión íntima y, al mismo tiempo, política.

Esta mezcla es uno de los aspectos más interesantes del libro. El poeta no necesita abandonar lo personal para hablar de la realidad colectiva. Al contrario: convierte la experiencia individual en una vía para aproximarse a ella.

En ese sentido, la poesía de Sánchez Soler mantiene una actitud de resistencia. El amor no aparece como refugio frente al mundo, sino como otra forma de enfrentarse a él.

Del soneto al blues

La variedad formal constituye otro de los elementos que enriquecen el libro. Mariano Sánchez Soler no parece dispuesto a someter su poesía a una única estructura. En sus páginas conviven distintas formas poéticas y aparecen influencias procedentes de la música popular.

El blues, el rock and roll, la habanera o determinadas formas de la canción dejan su huella en el ritmo y en la construcción de algunos textos. El resultado es una poesía que en ocasiones parece pedir ser escuchada además de leída.

No es extraño que la música tenga tanto peso en una obra donde el ritmo resulta fundamental. Sánchez Soler trabaja con imágenes contundentes, pero también con una cadencia que aproxima algunos poemas a la canción.

El cine forma parte de ese mismo universo cultural. Su trayectoria como periodista y escritor está vinculada a una mirada que observa la realidad desde distintos lenguajes artísticos. La poesía no permanece aislada de esas influencias, sino que las incorpora y las transforma.

La crudeza de las imágenes

Una de las características que más destacan en estos poemas es la fuerza de algunas imágenes. Sánchez Soler no busca suavizar la experiencia. Cuando habla del dolor, la pérdida o la muerte, utiliza un lenguaje que puede resultar incómodo.

En «Walking Blues», por ejemplo, aparece la imagen de un sujeto que se vuelve transparente, casi invisible, mientras avanza hacia su destino cotidiano. Esa transparencia funciona como metáfora de la vulnerabilidad y de la sensación de insignificancia que puede experimentar el individuo.

La imagen de la agonía adquiere una dimensión física y descarnada. No hay intención de convertir el sufrimiento en algo hermoso. La poesía nace de la confrontación con aquello que duele.

En «Lejanía» encontramos otra perspectiva. El poema se construye alrededor de la distancia, la pérdida y la imposibilidad de recuperar un pasado que ya no está. El tren se convierte en una imagen poderosa del tránsito entre aquello que se ha vivido y aquello que se escapa.

«Como el humo» profundiza en esa sensación de desaparición. El humo representa aquello que se desvanece, que pierde su forma mientras permanece un instante en el aire. La atmósfera del poema introduce además una sensación de derrota y deterioro que vuelve a situar al lector ante la fragilidad de la existencia.

Son imágenes que no buscan adornar el poema. Su función es otra: provocar una reacción.

Amor, memoria y paso del tiempo

La selección adquiere una dimensión especial al saber que abarca más de cincuenta años de escritura. El lector no solo contempla distintas formas de entender el amor, sino también distintas formas de enfrentarse al paso del tiempo.

La memoria tiene aquí un peso evidente. Recordar significa recuperar una parte de lo vivido, pero también comprobar que aquello ya no puede regresar. El amor está unido a esa conciencia de pérdida.

De ahí que el título, No es amor sino fiebre, resulte tan apropiado. La fiebre remite a una intensidad que altera la percepción, que modifica el cuerpo y que no puede mantenerse de forma indefinida. El amor entendido desde esta perspectiva no es sosiego, sino estado de alteración.

Hay algo de urgencia en estos poemas. Una necesidad de atrapar aquello que desaparece antes de que sea demasiado tarde.

Una poesía comprometida con la vida

La poesía de Mariano Sánchez Soler no se limita a mirar hacia dentro. Incluso en los poemas más íntimos aparece una conciencia del mundo exterior.

El compromiso social que ha acompañado su trayectoria también forma parte de esta obra. Pero no se presenta como un discurso añadido a los poemas de amor. Está integrado en la propia concepción del ser humano que recorre el libro.

El poeta ama desde un tiempo concreto, desde una sociedad concreta y desde una experiencia determinada. No existe, por tanto, un amor abstracto. El sentimiento está atravesado por la historia personal y colectiva.

La referencia a Trotsky y a la idea de que «la vida es hermosa», presente en el prólogo, ayuda a comprender esa tensión entre la dureza de la existencia y la necesidad de seguir apostando por ella. Incluso cuando los poemas hablan de pérdida, derrota o muerte, permanece una voluntad de vida.

Mi valoración

No es amor sino fiebre permite descubrir una faceta de Mariano Sánchez Soler que quizá quede menos visible cuando se piensa en su trayectoria como periodista, escritor y autor de novela negra. Aquí encontramos a un poeta que vuelve sobre su propia obra y la contempla desde una perspectiva que abarca más de cinco décadas.

Lo más interesante del libro es que no ofrece una visión edulcorada del amor. Hay deseo y pasión, pero también heridas, memoria, desencanto y conciencia de la muerte. El sentimiento aparece unido a la experiencia de estar vivo y, por tanto, a todo aquello que esa experiencia lleva consigo.

La variedad de registros y la presencia de la música enriquecen una escritura que no pretende quedar encerrada en una tradición poética concreta. Sánchez Soler utiliza el soneto, se acerca a la canción, incorpora ritmos populares y trabaja con imágenes de gran fuerza visual.

Pero, por encima de todo, destaca la honestidad de una poesía que no intenta esconder sus heridas. El poeta mira hacia atrás, recupera versos escritos en diferentes momentos de su vida y los coloca junto a otros más recientes. El resultado es también un diálogo entre el hombre que escribió aquellos primeros poemas y el que los recupera décadas después.

No es amor sino fiebre es un libro sobre el amor, sí, pero también sobre el tiempo, la memoria, la pérdida, la identidad y la necesidad de seguir viviendo pese a todo. Una poesía que no busca refugiarse de la realidad, sino enfrentarse a ella.

Y quizá esa sea la mejor manera de entender el título: el amor como fiebre, como estado de intensidad, como herida y como impulso. Una fiebre que puede desaparecer, pero que deja huella.


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