Ese verano a oscuras es una de esas lecturas breves que dejan una sensación difícil de explicar. Me gustó por la atmósfera que construye Mariana Enríquez y por la forma en que varios elementos terminan provocando un escalofrío: la fascinación adolescente por los asesinos, los apagones que sumergen el verano en la oscuridad y las ilustraciones de Helia Toledo, que acompañan el relato y refuerzan su tono inquietante.

Publicada por Páginas de Espuma, esta nouvelle apenas supera las setenta páginas, pero concentra varios de los temas que recorren la narrativa de la autora argentina. La adolescencia, la violencia cercana, la memoria de un país marcado por la crisis y la aparición de lo siniestro en espacios cotidianos se reúnen en una historia pequeña en extensión, aunque cargada de inquietud.

La edición es uno de sus grandes atractivos. El cuidado del volumen y el trabajo de Helia Toledo convierten el libro en un objeto especial. Sin embargo, la belleza de las ilustraciones no suaviza el relato. Sus imágenes añaden una dimensión perturbadora y contribuyen a que la lectura conserve ese extraño escalofrío que permanece cuando se llega a la última página.

Un verano marcado por los apagones

La historia transcurre durante el verano de 1989 en Argentina, en un periodo marcado por la hiperinflación, la crisis económica y los cortes de electricidad. El calor, la falta de luz y el aburrimiento forman parte del paisaje cotidiano de dos adolescentes que pasan los días encerradas en casa y buscan una forma de escapar de la monotonía.

Las dos amigas sienten fascinación por los asesinos en serie. Leen sobre crímenes, hablan de ellos y se acercan a esas historias con la curiosidad propia de una edad en la que el miedo también puede convertirse en una forma de entretenimiento. El interés por la violencia parece, al principio, una obsesión adolescente alimentada por los libros y la imaginación.

Pero el horror deja de ser algo lejano cuando un vecino comete un crimen dentro del edificio. A partir de ese momento, la violencia ya no pertenece a los relatos que las muchachas leen ni a los nombres de asesinos conocidos. Está al otro lado del rellano y forma parte del lugar en el que viven.

Ese desplazamiento es uno de los aspectos más inquietantes de la obra. Las protagonistas buscan el miedo en historias ajenas mientras la amenaza se encuentra mucho más cerca de lo que imaginan. Mariana Enríquez no necesita recurrir a presencias sobrenaturales para alterar la percepción de lo cotidiano. Le basta con mostrar cómo un espacio conocido puede transformarse cuando la violencia rompe la apariencia de normalidad.

La oscuridad como escenario

Los apagones tienen un papel esencial en el relato. La falta de electricidad no es solo un elemento histórico vinculado a la crisis argentina de finales de los años ochenta. La oscuridad modifica la forma de vivir el verano y condiciona la mirada de las protagonistas.

Cuando desaparece la luz, el edificio cambia. Los pasillos, las escaleras y las viviendas dejan de ser lugares familiares. La imaginación ocupa los espacios que la vista no alcanza y cualquier ruido adquiere una presencia distinta. La oscuridad favorece la incertidumbre y convierte lo cotidiano en algo difícil de reconocer.

Ese ambiente fue uno de los aspectos que más me gustaron. Hay una sensación de amenaza que se construye sin necesidad de grandes escenas. El calor, el aburrimiento, los cortes de luz y la curiosidad de las adolescentes crean un escenario cerrado en el que el miedo parece crecer poco a poco.

La historia también refleja una época de incertidumbre. La crisis económica y social forma parte del fondo, pero no aparece como una explicación ajena a los personajes. Se percibe en la falta de expectativas, en el deterioro del entorno y en la sensación de que el futuro se encuentra suspendido.

El horror vive cerca

En Ese verano a oscuras, la violencia no irrumpe desde un lugar desconocido. Está relacionada con la familia, los vecinos y las personas que forman parte de la vida diaria. El edificio se convierte en un pequeño universo donde las tensiones sociales y familiares adquieren una dimensión inquietante.

El crimen del vecino altera la forma en que las protagonistas observan su entorno. Lo que antes era una obsesión por los asesinos se convierte en una experiencia mucho más cercana. La distancia entre la curiosidad y el miedo desaparece.

Mariana Enríquez trabaja con una idea que aparece en otras obras de su narrativa: lo terrible puede encontrarse en espacios comunes y formar parte de una realidad que muchas veces se prefiere ignorar. El terror surge de aquello que se oculta detrás de las puertas, de las relaciones familiares y de las violencias que permanecen dentro del ámbito doméstico.

La autora no necesita explicar cada detalle ni convertir el relato en una historia de terror convencional. La inquietud nace de las sugerencias, de la atmósfera y de la conciencia de que la violencia no es una excepción lejana.

Las ilustraciones de Helia Toledo

El trabajo de Helia Toledo es fundamental para comprender el carácter de esta edición. Las ilustraciones no funcionan como un adorno ni se limitan a representar escenas del relato. Dialogan con el texto y aportan una mirada propia.

Las imágenes intensifican la sensación de extrañeza y acompañan la oscuridad que recorre la historia. Su presencia contribuye a que el libro se lea también desde lo visual. En algunos momentos, las ilustraciones parecen anticipar el malestar que provocan ciertas escenas; en otros, prolongan la inquietud después de que el texto haya avanzado.

La edición de Páginas de Espuma es muy bonita. El formato, el cuidado del volumen y la integración de las imágenes hacen que el libro tenga un valor especial como objeto. Pero esa belleza contiene una contradicción interesante: cuanto más atractivo resulta el conjunto, más perturbador puede parecer el relato.

La combinación entre una edición cuidada y una historia atravesada por la violencia, la oscuridad y el miedo produce un contraste que permanece en el recuerdo. En este caso, la parte visual no suaviza la dureza del texto. La refuerza.

Una obra breve dentro del universo de Mariana Enríquez

Ese verano a oscuras no tiene la extensión ni la ambición de algunas de las novelas más conocidas de Mariana Enríquez. Tampoco necesita tenerlas. En pocas páginas reúne varios elementos reconocibles de su obra: la adolescencia, la memoria de Argentina, la violencia social y familiar y la presencia de lo inquietante en lugares cotidianos.

La brevedad juega a favor del relato. La historia avanza sin desviarse de su núcleo y mantiene una tensión que no depende de grandes acontecimientos. El verano, los apagones y la vida en el edificio crean un marco suficiente para que la inquietud se instale.

Puede ser una buena puerta de entrada a la narrativa de la autora, aunque también resulta interesante para quienes ya conocen su obra. En sus páginas aparecen temas y ambientes que Mariana Enríquez desarrollará con mayor extensión en otros libros.

La novela demuestra que no hace falta una trama compleja para provocar una sensación de miedo. A veces basta con un edificio, un verano sin luz, dos adolescentes fascinadas por los asesinos y la certeza de que la violencia puede encontrarse mucho más cerca de lo esperado.

Una lectura breve que deja escalofrío

Disfruté de Ese verano a oscuras, aunque lo que más recuerdo es la sensación de escalofrío que me produjo la unión de varios elementos. Los asesinos, la oscuridad de los apagones y las ilustraciones crean una atmósfera que permanece más allá de la lectura.

Es un libro que se termina en poco tiempo, pero no se olvida con la misma rapidez. La historia deja imágenes y sensaciones que regresan después, sobre todo por la forma en que convierte un edificio corriente en un lugar amenazador.

La edición es hermosa y está cuidada con mucho detalle. Las ilustraciones de Helia Toledo aportan un valor añadido y hacen que la experiencia resulte distinta a la de una novela convencional. Hay algo inquietante en sostener un libro tan bonito mientras se avanza por una historia marcada por la violencia y la oscuridad.

Ese verano a oscuras es una pequeña pieza dentro de la obra de Mariana Enríquez, pero contiene muchos de los rasgos que han convertido a la autora en una de las voces más reconocibles de la literatura de terror contemporánea. Una lectura breve, sugerente y perturbadora que demuestra que el miedo puede esperar al otro lado de una puerta.


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