Hay una idea que se ha instalado con tanta naturalidad en el mundo de la lectura que apenas nos detenemos a cuestionarla: los libros que debemos leer son las novedades y, después, los clásicos. Entre ambos extremos parece quedar un territorio enorme de libros que, una vez pasado su momento de lanzamiento, desaparecen de la conversación.
No porque hayan dejado de ser buenos. Ni porque hayan perdido interés. Sencillamente, porque han dejado de ser novedad.
El problema es que un libro no funciona como un yogur. No tiene una fecha de caducidad que coincida con el momento en que deja de ocupar las mesas de las librerías o de aparecer en las recomendaciones de las redes sociales.
Sin embargo, buena parte del mercado editorial parece funcionar con esa lógica.
La vida corta de una novedad
Una novedad editorial llega acompañada de una campaña de promoción, entrevistas, reseñas, presentaciones y publicaciones en redes. Durante unas semanas ocupa un lugar privilegiado en las librerías y en las conversaciones entre lectores. Algunas obras consiguen mantenerse durante meses; otras desaparecen con una rapidez sorprendente.
En las bibliotecas el fenómeno resulta aún más visible. Conseguir determinadas novedades puede convertirse en una carrera contra el tiempo. Los ejemplares se prestan una y otra vez durante los primeros meses y, cuando baja la demanda, el libro deja de tener la misma presencia. La biblioteca tiene que atender a muchos lectores y dispone de un espacio limitado. Las novedades entran, circulan y dejan paso a otras.
Y así se produce una paradoja.
Tenemos acceso a más libros que nunca, pero cada vez parece más difícil conceder tiempo a los libros que no están de actualidad.
Un título publicado hace seis meses puede parecer antiguo para una conversación literaria, mientras que otro publicado hace cincuenta años conserva toda su vigencia porque ha entrado en la categoría de clásico. Entre ambos queda una zona intermedia que corre el riesgo de convertirse en un enorme cementerio de libros olvidados.
¿Quién decide qué merece nuestra atención?
No hay nada malo en leer novedades. Al contrario. Descubrir autores, seguir las tendencias literarias, conocer qué están publicando las editoriales o participar en las conversaciones del momento forma parte de la experiencia lectora.
El problema aparece cuando confundimos visibilidad con calidad.
Que un libro aparezca en todas partes significa que está siendo promocionado. No demuestra que sea mejor que otro que apenas aparece en ningún sitio.
Tampoco ocurre lo contrario. Un libro desconocido no es por definición una joya escondida. Hay libros olvidados que no merecen ser recuperados y novedades extraordinarias que conviene leer cuanto antes.
La cuestión está en otra parte: ¿cuánto de nuestra elección como lectores depende de lo que nos ponen delante?
Las redes sociales han multiplicado las posibilidades de descubrir libros, pero también han creado nuevas formas de uniformidad. Vemos las mismas portadas, los mismos títulos, las mismas recomendaciones y, a veces, las mismas opiniones repetidas de una cuenta a otra.
El algoritmo sabe qué libros tienen visibilidad. No sabe cuáles necesitamos leer.
Y esa diferencia importa.
Los libros que quedan fuera de la conversación
Hay novelas que tuvieron una buena acogida cuando se publicaron y después desaparecieron. Hay autores con varias obras publicadas que nunca llegaron a convertirse en nombres conocidos. Hay editoriales pequeñas que sacan libros excelentes sin disponer de los recursos necesarios para mantenerlos durante meses en el escaparate.
También hay libros que no encajan bien en las categorías comerciales del momento. Demasiado raros para el gran público. Demasiado inclasificables para una campaña. Demasiado antiguos para ser novedad y demasiado recientes para ser clásicos.
Son libros que quedan en tierra de nadie.
Y, sin embargo, algunos pueden sorprendernos mucho más que la siguiente novela que aparece en todas partes. or eso merece la pena recuperar el placer de buscar.
Entrar en una biblioteca sin saber qué vamos a sacar. Revisar un catálogo antiguo. Preguntar a un librero por un autor que no conocemos. Mirar qué publicó una editorial hace diez años. Recuperar una novela que alguien nos recomendó hace tiempo y que quedó enterrada bajo todas las recomendaciones posteriores.
Leer también consiste en desviarse.
Una biblioteca no debería ser una sala de espera para las novedades
Las bibliotecas desempeñan aquí un papel esencial.
No son solo lugares donde conseguir los libros que están de moda. Son una de las pocas instituciones capaces de conservar una memoria lectora que el mercado no siempre tiene interés en mantener.
Una librería necesita vender. Una editorial necesita publicar. Un medio necesita generar contenidos. Las redes necesitan movimiento. La biblioteca, en cambio, puede permitirnos detenernos.
En sus estanterías conviven libros publicados hace unos meses con otros que llevan décadas esperando a que alguien los descubra. Allí podemos encontrar una novela de la que nadie habla y que, sin embargo, nos acompañará durante mucho tiempo.
Por eso resulta tan interesante recorrer sus fondos sin buscar solo aquello que hemos visto anunciado.
Quizá el libro que necesitamos no esté en la mesa de novedades.
Quizá lleve quince años esperando en una estantería.
Leer sin obedecer al calendario editorial
Durante mucho tiempo hemos asociado la actualidad con el interés. Si algo acaba de publicarse, parece que tenemos que leerlo ahora porque después llegará otra cosa y ocupará su lugar.
Ese ritmo puede convertir la lectura en una carrera.
Una carrera por estar al día. Por conocer los títulos de los que todo el mundo habla. Por terminar una novela antes de que aparezca la siguiente. Por publicar una reseña cuando todavía existe conversación alrededor del libro.
Pero la literatura no necesita que corramos.
Una novela puede llegar a nosotros cuando le corresponde, aunque hayan pasado cinco, diez o veinte años desde su publicación. Incluso puede que necesitemos ser otros lectores para entenderla.
Hay libros que no funcionan a los veinte años y sí a los cuarenta. Libros que nos parecen menores en una primera lectura y extraordinarios cuando regresamos a ellos. Libros que descubrimos gracias a una persona, una película, una noticia o una conversación mucho tiempo después de su publicación.
La fecha de edición no determina la fecha de lectura.
Recuperar la curiosidad
Quizá una de las mejores formas de escapar de esta dinámica sea recuperar una palabra que parece sencilla pero que tiene mucho que ver con la literatura: curiosidad.
Curiosidad por los autores que no conocemos. Por las editoriales pequeñas. Por los libros que no aparecen entre los más vendidos. Por las obras que han quedado fuera de las conversaciones literarias. Por ese título extraño que encontramos en una estantería y del que nunca habíamos oído hablar.
Leer por curiosidad implica aceptar la posibilidad de equivocarse.
Podemos empezar un libro y abandonarlo. Podemos descubrir que aquel título del que nadie habla era mediocre. Podemos encontrar una novela extraordinaria publicada hace treinta años. Podemos leer a un autor desconocido y preguntarnos por qué no habíamos oído hablar de él antes.
Ese riesgo forma parte del placer de leer.
Porque si solo elegimos entre aquello que ya ha sido filtrado por el mercado, las redes y las listas de recomendaciones, dejamos una parte importante de nuestra experiencia lectora en manos de otros.
No se trata de leer menos novedades
No creo que la solución sea dejar de leer novedades. Tampoco tiene sentido establecer una competición entre libros nuevos y libros antiguos.
Se trata de ampliar el campo de juego.
Una novedad puede ser magnífica. Un clásico puede resultar imprescindible. Y entre ambos hay miles de libros publicados en los últimos años que merecen una segunda oportunidad, una primera lectura tardía o, sencillamente, que alguien vuelva a hablar de ellos.
Tal vez esa sea una de las tareas de quienes escribimos sobre libros.
No limitarse a señalar qué acaba de llegar, sino mirar también hacia los estantes que han quedado en silencio.
Porque un libro no deja de tener valor cuando deja de aparecer en las mesas de novedades. Tampoco necesita convertirse en un clásico para justificar que alguien lo lea.
A veces basta con que un lector lo encuentre.
Y quizá ahí esté una de las grandes libertades de la lectura: no tenemos por qué leer lo que toca.
Podemos leer el libro que nos llama desde una estantería, el que alguien nos recomendó hace años, el que encontramos por casualidad en una biblioteca o ese título del que nunca habíamos oído hablar.
Los libros no caducan a los tres meses.
Lo que caduca mucho antes es nuestra atención.
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