El cuento de la criada, publicada por Margaret Atwood en 1985, es una de esas novelas que no terminan cuando cerramos el libro. Su verdadera inquietud aparece después, cuando empezamos a preguntarnos hasta dónde puede llegar un poder que decide sobre el cuerpo, la identidad y la vida de las personas.
Atwood construye en Gilead una sociedad teocrática en la que las mujeres han perdido sus derechos, su nombre, su trabajo, su dinero y hasta la posibilidad de decidir sobre su propio cuerpo. Las Criadas existen para una única función: reproducirse.
La novela es una distopía, pero su fuerza no reside solo en imaginar un futuro totalitario. Lo perturbador es que Gilead no aparece de repente. Se construye a partir de elementos reconocibles: el miedo, el fanatismo, la pérdida progresiva de derechos, el control de la información y la aceptación de pequeñas restricciones que terminan convirtiéndose en una estructura de dominación.
Leí El cuento de la criada hace años y fue una novela que me hizo pensar. Después vi la adaptación televisiva y también me interesó, aunque la serie y el libro recorren caminos diferentes. Lo que más me inquieta de la historia sigue siendo la misma cuestión: qué puede ocurrir cuando una sociedad cree que determinados derechos están tan asentados que ya no es necesario defenderlos.
Gilead y la construcción del poder
En Gilead, el poder no se limita a castigar la desobediencia. Su objetivo es mucho más profundo: conseguir que las personas acepten como natural el orden establecido.
Las mujeres son clasificadas según su función dentro de la sociedad. Las Criadas visten de rojo; las Esposas de los Comandantes, de azul; las Marthas, de verde. La ropa deja de ser una elección personal y se convierte en una marca de identidad impuesta por el Estado.
El cuerpo también pertenece al sistema.
La llamada Ceremonia convierte la violación de una mujer en un ritual legitimado por la religión y el poder político. La violencia deja de presentarse como violencia porque el régimen ha creado un lenguaje capaz de ocultarla. Esa transformación resulta fundamental: Gilead no necesita convencer a todos de que la crueldad es buena. Le basta con conseguir que deje de llamarse crueldad.
Aquí resulta útil establecer un diálogo con Michel Foucault y sus análisis sobre la disciplina y el control de los cuerpos. En Vigilar y castigar, Foucault estudió formas de poder que no dependen solo de la fuerza física, sino también de la vigilancia, las normas y la interiorización del control.
Atwood lleva esa idea al terreno del cuerpo femenino. En Gilead, controlar a las mujeres significa controlar su sexualidad, su capacidad reproductiva, su aspecto, sus desplazamientos y hasta la forma en que pueden relacionarse con los demás.
El poder no se limita a vigilar desde fuera. Poco a poco consigue instalarse dentro de la persona.
La religión como legitimación del poder
Gilead utiliza la religión para construir una apariencia de legitimidad. Los textos bíblicos son seleccionados, reinterpretados y utilizados para justificar una sociedad profundamente desigual.
Este mecanismo resulta más inquietante que una simple prohibición. El régimen no dice únicamente «esto está prohibido». Afirma que el orden establecido es correcto, necesario y querido por Dios.
La religión se convierte en un instrumento político.
La referencia a Marx puede ayudarnos a comprender esta dimensión, aunque conviene evitar una simplificación de su pensamiento. Cuando Marx habló de la religión como «opio del pueblo», no estaba formulando únicamente una crítica a la fe religiosa, sino analizando su relación con el sufrimiento y con las condiciones sociales que la producen.
En Gilead, la religión funciona como una estructura ideológica que permite presentar la desigualdad como un orden natural. La opresión deja de parecer una decisión política y se transforma en una supuesta obligación moral.
Ese es uno de los mecanismos más eficaces del poder: conseguir que sus víctimas terminen creyendo que no existe alternativa.
Offred y la resistencia
La protagonista de la novela, Offred, no es una heroína convencional. No lidera una revolución. No posee armas. No controla los acontecimientos. Su margen de acción es mínimo. Y precisamente por eso su resistencia resulta tan interesante. Offred conserva aquello que Gilead intenta destruir: la memoria, el pensamiento y la capacidad de contar.
Recuerda a su hija, a Luke, a Moira y la vida que existía antes del régimen. Recuerda su propio nombre. Recuerda que hubo un mundo diferente. Recordar se convierte en una forma de resistencia.
También lo es narrar. Offred cuenta su experiencia desde una posición de fragilidad y de incertidumbre, pero al hacerlo recupera una parcela de poder. Gilead puede controlar su cuerpo, pero no puede controlar por completo la historia que ella construye en su interior.
La novela plantea aquí una cuestión fundamental: ¿puede existir libertad cuando todas las posibilidades de elección han sido eliminadas?
La respuesta de Atwood no es sencilla. Offred no dispone de una libertad plena. Su resistencia es contradictoria, limitada y, en ocasiones, ambigua. Tiene miedo. Comete errores. Busca sobrevivir. Y eso la hace más humana.
La libertad cuando elegir deja de ser posible
Una de las cuestiones filosóficas más interesantes de El cuento de la criada es precisamente la relación entre libertad y elección. En Gilead, las mujeres pierden la capacidad de decidir sobre aspectos esenciales de su existencia. El Estado determina qué pueden hacer, dónde pueden ir, cómo deben vestirse y cuál será su función social.
La novela obliga a pensar en algo que solemos olvidar cuando hablamos de libertad: no basta con que una persona no esté encerrada entre cuatro paredes. También necesita disponer de posibilidades reales para decidir sobre su propia vida.
Desde una perspectiva existencialista, podríamos establecer un diálogo con Jean-Paul Sartre y su concepción de la libertad como condición inseparable de la existencia humana. Pero Gilead pretende eliminar esa capacidad de elección. Sustituye la responsabilidad individual por una estructura rígida en la que cada persona debe ocupar el lugar que le ha sido asignado.
Sin embargo, Atwood muestra que incluso en ese escenario quedan pequeñas grietas. Un pensamiento secreto. Un recuerdo. Una palabra. Una mirada. Un encuentro. Son gestos mínimos, pero permiten conservar una identidad que el régimen pretende borrar.
Por eso la narración de Offred posee tanta importancia. Contar lo sucedido significa afirmar: «yo estuve aquí». Significa recuperar una voz allí donde el sistema ha impuesto el silencio.
Sobrevivir también tiene un precio
La novela no presenta la resistencia como un camino limpio. Los personajes deben tomar decisiones dentro de un sistema diseñado para destruir cualquier posibilidad de elección. Colaborar puede significar sobrevivir. Callar puede evitar un castigo. Mentir puede salvar una vida.
¿Hasta dónde puede juzgarse a una persona que intenta sobrevivir dentro de una dictadura? Esta es una de las preguntas más incómodas de la novela.
La literatura sobre los sistemas totalitarios ha mostrado muchas veces que las categorías de héroe y traidor no siempre funcionan cuando una persona vive bajo una amenaza permanente. Primo Levi reflexionó sobre estas zonas grises al analizar la experiencia de los campos de concentración y la complejidad moral de quienes tuvieron que sobrevivir dentro de ellos.
En Gilead también existen zonas grises. No todos los personajes participan del sistema por las mismas razones. Algunos creen en él. Otros se benefician de él. Algunos sienten miedo. Otros colaboran porque no encuentran otra forma de mantenerse con vida.
La novela evita así una división sencilla entre buenos y malos.El mal necesita estructuras, pero también necesita personas dispuestas a obedecerlas.
La banalidad del mal y la obediencia
La relación con Hannah Arendt resulta interesante en este punto. La idea de que el mal puede instalarse en la vida cotidiana mediante la obediencia y la renuncia al pensamiento crítico también aparece en otros contextos literarios contemporáneos. En «La banalidad del mal en la literatura contemporánea«, abordo esta cuestión desde una perspectiva más amplia y analizo cómo el concepto de Arendt ha pasado de los grandes crímenes históricos a las formas de violencia integradas en la vida cotidiana.
Arendt desarrolló el concepto de «banalidad del mal» a partir de su análisis del juicio de Adolf Eichmann y de la responsabilidad de quienes participan en sistemas criminales sin percibirse a sí mismos como monstruos. La cuestión central no era afirmar que el mal carece de gravedad, sino explorar cómo personas corrientes pueden participar en estructuras terribles cuando renuncian a pensar de forma crítica sobre sus propios actos.
Gilead funciona también gracias a esa normalización.
No necesita que todos sus habitantes sean fanáticos. Necesita funcionarios, soldados, criadas, esposas, tías y ciudadanos que acepten cumplir determinadas funciones.
La violencia se vuelve cotidiana. Y cuando la violencia forma parte de la rutina, resulta más difícil reconocerla como violencia. Esta es una de las ideas más inquietantes de la novela. Gilead no se sostiene únicamente por la fuerza de los Comandantes. Se sostiene porque todo un entramado social termina reproduciendo sus reglas.
Las mujeres contra las mujeres
Uno de los aspectos más interesantes de El cuento de la criada es que Atwood no reduce el conflicto a hombres opresores frente a mujeres oprimidas.
Las Tías participan en la educación y el control de las Criadas. Las Esposas forman parte de la estructura que las somete. Serena Joy, en particular, representa una contradicción fundamental: una mujer que ha contribuido a construir una ideología que termina limitando también su propia libertad.
Esto introduce una cuestión especialmente incómoda: ¿puede una persona contribuir a construir un sistema que después la perjudique? La respuesta de Atwood es afirmativa.
Los sistemas de dominación no siempre funcionan mediante una oposición clara entre quienes mandan y quienes obedecen. También necesitan personas que acepten determinadas reglas porque creen que obtendrán algo a cambio de ellas.
Gilead ofrece a algunas mujeres una posición de privilegio dentro de una estructura que, al mismo tiempo, las priva de derechos fundamentales. La novela muestra así que el poder puede crear jerarquías entre quienes comparten una misma condición de sometimiento.
El cuento de la criada y la serie de televisión
La adaptación televisiva estrenada en 2017 amplió de forma considerable el universo de Atwood.
La novela está construida alrededor de la experiencia de Offred y de una narración íntima, fragmentaria y llena de recuerdos. La serie, en cambio, necesitaba ampliar el mundo de Gilead y desarrollar personajes que en el libro tienen una presencia mucho más limitada.
Serena Joy, Nick, Moira, las Tías y otros personajes adquieren mayor profundidad y protagonismo. También se desarrolla con más amplitud la resistencia y se muestran acontecimientos posteriores a los narrados en la novela.
Esta diferencia cambia por completo la perspectiva.
En el libro, el lector permanece muy cerca de Offred. No sabe todo lo que sucede. No posee una visión completa de Gilead. Comparte con ella la incertidumbre.
La serie puede abrir el campo de visión y mostrar lo que ocurre lejos de ella. Eso permite construir una historia más amplia, pero también modifica una de las características esenciales de la novela: la sensación de encierro.
En la serie, además, la imagen adquiere un peso que el libro no necesita. Los colores de los vestidos, la arquitectura, los espacios cerrados y la composición de los encuadres convierten Gilead en un sistema visual reconocible.
Son dos formas distintas de contar la misma pesadilla.
La novela trabaja sobre todo con la voz, la memoria y la conciencia. La serie amplía ese universo mediante la acción y la construcción de personajes.
No creo que sea necesario elegir entre ambas. La adaptación televisiva puede disfrutarse por sí misma, pero la novela conserva una cualidad que la pantalla difícilmente puede reproducir: la intimidad de una mujer intentando conservar su identidad mientras el mundo que conocía desaparece.
Una distopía que sigue resultando incómoda
Lo más perturbador de El cuento de la criada no es imaginar una sociedad como Gilead. Es reconocer que ninguna sociedad está completamente a salvo de perder derechos que considera consolidados.
La novela apareció en 1985, pero continúa provocando debates porque su núcleo no pertenece a una época concreta. Habla del control de los cuerpos, del uso político de la religión, de la desigualdad, de la vigilancia, de la propaganda y de la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse a determinadas formas de violencia.
Por eso no considero El cuento de la criada una novela sobre un futuro imposible. Es una advertencia.
Atwood no necesita decirnos que Gilead vaya a existir como aparece en la novela. Lo que plantea es algo más inquietante: los derechos pueden perderse cuando dejamos de considerarlos irrenunciables.
La libertad no desaparece siempre de golpe. A veces se pierde mediante pequeñas renuncias, mediante discursos que convierten la desigualdad en necesidad y mediante la aceptación de medidas que, aisladas, parecen soportables.
Conclusión
El cuento de la criada sigue siendo una de las grandes distopías contemporáneas porque su verdadera materia no es el futuro, sino el poder.
Atwood muestra cómo un régimen puede apropiarse del cuerpo, del lenguaje, de la religión y de la memoria para construir una sociedad en la que la desigualdad parezca inevitable.
Pero también muestra algo más: mientras una persona pueda recordar quién fue, pensar que el sistema es injusto y contar su propia historia, el poder nunca habrá conseguido controlarlo todo.
Eso es lo que más me interesa de la novela. Las mujeres hemos avanzado mucho en derechos y autonomía, pero quizá el error consiste en pensar que aquello que hemos conseguido está garantizado para siempre. El cuento de la criada obliga a mirar esa posibilidad sin complacencia.
Y ahí reside su vigencia. No necesitamos imaginar un monstruo para comprender cómo funciona la opresión. Basta con observar qué sucede cuando una sociedad empieza a aceptar que algunas personas pueden tener menos libertad que otras. Gilead empieza ahí.
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