Después de su recorrido por la novela, Nuria Labari regresa al cuento, género con el que comenzó su trayectoria literaria y que le valió el VII Premio de Narrativa Caja Madrid por Los borrachos de mi vida (2009). En No se van a ordenar solas las cosas, la autora reúne una serie de relatos que exploran las tensiones de la vida contemporánea a través de personajes enfrentados a situaciones que, aunque distintas, comparten una misma sensación de fragilidad.
La condescendencia de una mujer hacia su servicio doméstico, la espera ante la muerte, la obsesión por el cuerpo o una relación amorosa entre una mujer mayor y un hombre joven sirven a Labari para abordar cuestiones como la desigualdad, el envejecimiento, los prejuicios, el deseo y la necesidad de sentirse aceptado. Son conflictos que nacen de situaciones reconocibles y que permiten a la autora observar las contradicciones de una sociedad que ha cambiado, pero que conserva muchas de sus viejas formas de exclusión.
Una mirada incómoda sobre nuestras inseguridades
No se van a ordenar solas las cosas me ha parecido una recopilación de relatos muy interesante, sobre todo por la forma en que Nuria Labari construye a sus personajes. Era la primera vez que leía a la autora y el descubrimiento ha sido positivo. Hay en estos cuentos una mirada atenta hacia las debilidades humanas, pero también una voluntad de no convertirlas en simples defectos.
Sus protagonistas tienen carencias, contradicciones, deseos y miedos. No son personajes diseñados para resultar ejemplares ni para despertar una empatía fácil. En muchos casos, sus decisiones pueden incomodar al lector, pero esa incomodidad forma parte del interés de los relatos. Labari no necesita presentar personajes perfectos para hablar de cuestiones que nos afectan a todos.
La inseguridad aparece así como uno de los hilos que atraviesan el libro. No se trata solo del miedo a equivocarse o de la necesidad de ser aceptado. También aparece vinculada al cuerpo, a la edad, a la posición social, al deseo y a la mirada de los demás. La identidad de cada personaje parece depender, en parte, de la forma en que es percibido por quienes lo rodean.
Y ahí es donde los relatos adquieren una dimensión social. Lo íntimo nunca permanece del todo separado de las circunstancias que rodean a los protagonistas.
El cuerpo como territorio de conflicto
El cuerpo ocupa un lugar central en buena parte de los relatos. Labari se acerca a cuerpos que envejecen, que sufren, que son deseados o despreciados y que se convierten en motivo de inseguridad. No estamos ante una presencia puramente física: el cuerpo funciona como un espacio donde se manifiestan el poder, el deseo, el rechazo y las convenciones sociales.
La autora presta atención a aquello que suele quedar fuera de los discursos sobre el cuerpo perfecto. La edad, el deterioro, las diferencias físicas o la percepción que cada persona tiene de sí misma adquieren una dimensión literaria que conecta lo individual con lo colectivo.
El cuerpo deja de ser entonces un simple rasgo de los personajes para convertirse en una forma de explicar su relación con el mundo. Lo que cada uno piensa de sí mismo está condicionado por la mirada ajena y por unas normas sociales que determinan qué cuerpos merecen ser admirados, deseados o aceptados.
Las voces de una sociedad desigual
Uno de los aspectos que más me han interesado del libro es la variedad de voces que utiliza Labari. Los relatos recurren a la primera, la segunda y la tercera persona, y cada elección modifica la relación que establecemos con quien cuenta o protagoniza la historia.
Esta variedad permite acercarse a personajes muy distintos sin imponer una única perspectiva sobre ellos. También contribuye a que el libro tenga una dimensión coral. Aunque cada cuento funciona como una pieza independiente, el conjunto termina componiendo una imagen fragmentada de la sociedad contemporánea.
El lenguaje tiene también un peso importante. Labari diferencia las voces de sus personajes y utiliza registros vinculados a sus circunstancias y procedencias. El ídish, distintas variantes del bereber y diferentes formas del español contribuyen a construir identidades que no son intercambiables. La lengua se convierte así en otra forma de mostrar las diferencias sociales y culturales que atraviesan el libro.
No es un recurso ornamental. La manera de hablar de cada personaje forma parte de su identidad y de la posición que ocupa frente a los demás.
Lo cotidiano también puede ser político
Uno de los aciertos del libro está en la capacidad de Labari para partir de situaciones cotidianas y llevarlas hacia conflictos de mayor alcance. Un objeto tan corriente como una lavadora rota puede adquirir una dimensión que supera el problema doméstico y revelar relaciones de poder, desigualdad o dependencia.
Ese desplazamiento desde lo cotidiano hacia lo social funciona bien porque evita que la crítica aparezca como un discurso impuesto desde fuera. La autora deja que sean las propias situaciones las que revelen las contradicciones de sus personajes y del entorno en el que viven.
La desigualdad de clase, el envejecimiento, la identidad sexual, las relaciones de poder o las diferencias culturales aparecen integrados en las historias. No se presentan como conceptos abstractos, sino como circunstancias que afectan a personas concretas.
Una narrativa de voces y contrastes
La prosa de Labari mantiene un ritmo que permite alternar momentos de tensión con otros más reflexivos. El cuento exige una construcción precisa porque dispone de menos espacio que la novela para desarrollar personajes y conflictos, y la autora sabe aprovechar esa concentración.
Los relatos no necesitan grandes acontecimientos para resultar inquietantes. Muchas veces basta una situación reconocible, una conversación o un gesto para mostrar aquello que los personajes intentan ocultar.
También me parece destacable la relación que se establece entre los diferentes cuentos. No forman una historia única, pero sí existe entre ellos una conversación temática. El lector pasa de una situación a otra y encuentra distintas formas de enfrentarse a la soledad, al deseo, al miedo, al envejecimiento o a la necesidad de reconocimiento.
El resultado es un mosaico humano en el que las diferencias entre los personajes terminan revelando algo que comparten: todos están intentando encontrar un lugar en un mundo que no siempre parece dispuesto a concedérselo.
Una autora a la que merece la pena descubrir
No se van a ordenar solas las cosas ha sido para mí una buena puerta de entrada a la obra de Nuria Labari. Me interesa su manera de observar a los personajes sin reducirlos a una única característica y, sobre todo, su capacidad para convertir sus inseguridades y contradicciones en materia literaria.
Los relatos hablan de un mundo globalizado e individualista, pero no lo hacen desde una mirada distante. Lo hacen a través de personas concretas, con sus cuerpos, sus miedos, sus deseos y sus carencias.
Quizá esa sea una de las ideas que permanecen después de la lectura: las cosas no se ordenan solas porque tampoco lo hacen nuestras vidas. Hay conflictos que no desaparecen por ignorarlos y prejuicios que sobreviven incluso cuando creemos haberlos superado.
Labari mira hacia esas grietas y coloca allí a sus personajes. Algunos intentan esconderlas, otros conviven con ellas y otros se enfrentan a la mirada de quienes los juzgan. El resultado es un conjunto de relatos que invita a pensar en nuestras propias inseguridades y en la forma en que miramos a los demás.
Para mí, el mayor interés del libro está ahí: en recordarnos que detrás de cada diferencia, de cada comportamiento que juzgamos y de cada cuerpo que observamos existe una persona que también intenta encontrar su lugar.
Sobre Nuria Labari
Nuria Labari nació en Santander en 1979. Es escritora y periodista. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad del País Vasco y Relaciones Internacionales en el Instituto Universitario Ortega y Gasset.
Su trayectoria literaria comenzó con el libro de cuentos Los borrachos de mi vida, publicado en 2009 y galardonado con el VII Premio de Narrativa Caja Madrid. Posteriormente publicó las novelas Cosas que brillan cuando están rotas (2016) y La mejor madre del mundo (2019), antes de regresar al género del cuento con No se van a ordenar solas las cosas.
Además de su actividad literaria, ha desarrollado una trayectoria periodística y ha colaborado como columnista en El País. Su obra ha sido traducida a varios idiomas.
Valoración personal: No se van a ordenar solas las cosas es un libro de cuentos que destaca por sus personajes, la variedad de voces y su capacidad para convertir situaciones cotidianas en conflictos humanos y sociales. Una lectura recomendable para quienes buscan narrativa contemporánea centrada en las contradicciones de la vida cotidiana y en las zonas más incómodas de la identidad.
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