Sanguínea, de Gabriela Ponce, es una novela que se mueve entre los extremos de la vida y la muerte, el placer y el dolor, el deseo y la pérdida. Publicada por Candaya en 2020, aunque apareció por primera vez en Ecuador en 2019, la novela recibió en 2021 el Premio Joaquín Gallegos Lara en la categoría de novela.

Sanguínea tiene un inicio de esos que provocan un «¿pero qué estoy leyendo?». Y reconozco que esa fue mi primera reacción. Hay algo extraño, incómodo y casi pesadillesco en esas primeras páginas que obliga a continuar para descubrir qué hay detrás de unas escenas que parecen escapar de cualquier lógica convencional.

Y merece la pena seguir.

Lo que encontramos es una novela compleja y, al mismo tiempo, cercana. Una historia de pérdidas, deseo, dolor y desconcierto narrada desde el cuerpo de una mujer que atraviesa una crisis vital. Gabriela Ponce no busca suavizarla ni convertirla en un relato cómodo. Su lenguaje es físico, visceral y por momentos perturbador. La narración parece surgir de las entrañas de la protagonista y arrastra al lector con ella.

Es una novela que me ha impactado y que recomendaría a quienes disfrutan de una literatura incómoda, corporal y alejada de las formas narrativas más convencionales. También puede interesar a quienes hayan disfrutado de la escritura de autoras como María Fernanda Ampuero, aunque Ponce tiene una voz propia y un territorio literario distinto.

El cuerpo como territorio narrativo

Desde las primeras páginas, Sanguínea sitúa el cuerpo en el centro del relato. La protagonista, una mujer cuyo nombre no conocemos, atraviesa la ruptura de su relación de pareja y una pérdida familiar que altera su percepción del mundo. El cuerpo se convierte entonces en el lugar donde se manifiestan el deseo, la angustia, el duelo y la incertidumbre.

La novela no contempla el cuerpo femenino desde fuera. Lo habita.

La menstruación, la sangre, los fluidos, el sexo, el embarazo y las transformaciones físicas aparecen sin la voluntad de embellecerlos. Ponce se enfrenta a aquello que durante tanto tiempo ha permanecido fuera de determinadas representaciones literarias porque resulta incómodo, desagradable o demasiado corporal.

La sangre adquiere una presencia constante y ambigua. Puede remitir a la vida, a la fertilidad, al deseo y también a la pérdida. No funciona como un símbolo cerrado, sino como una materia que acompaña las transformaciones de la protagonista.

Por eso el título resulta tan apropiado. Sanguínea es una novela atravesada por la sangre, pero también por aquello que la sangre representa: lo que nace, lo que se pierde y aquello que el cuerpo recuerda aunque la mente intente apartarlo.

Una narradora al borde del abismo

La novela está narrada en primera persona y utiliza el flujo de conciencia para acercarnos a una protagonista que no siempre consigue distinguir con claridad lo que ocurre en su interior de aquello que sucede fuera de ella.

Ponce no construye una narración lineal y transparente. La protagonista piensa, recuerda, imagina, desea y se contradice. La realidad aparece filtrada por su estado emocional y eso provoca una sensación de inestabilidad que forma parte de la propia experiencia de lectura.

La estructura fragmentaria contribuye a esa percepción.

Los episodios son breves y la narración avanza mediante asociaciones, recuerdos, sensaciones y escenas que pueden adquirir una cualidad casi onírica. El lector no recibe todas las respuestas. Tiene que aceptar la incertidumbre y entrar en la lógica particular de la protagonista.

Uno de los elementos que atraviesan el relato es la tripofobia, el miedo o rechazo hacia determinados patrones de agujeros o agrupaciones de pequeñas cavidades. En la novela, esta reacción adquiere una dimensión que supera la simple fobia y se integra en una percepción del cuerpo marcada por los huecos, las heridas, las aberturas y aquello que puede penetrarlo o abandonarlo.

La protagonista parece vivir rodeada de vacíos.

Y quizá esa sea una de las claves de Sanguínea: no tanto la búsqueda de una identidad como el intento de convivir con aquello que se ha perdido.

Sexo, deseo y dolor

La primera parte de la novela avanza como un torrente.

El sexo ocupa un lugar destacado, pero no aparece presentado como una experiencia liberadora en el sentido convencional. El deseo se mezcla con la necesidad de escapar, con la soledad y con una búsqueda que la propia protagonista parece incapaz de definir.

El cuerpo se convierte en una forma de conocimiento.

La protagonista experimenta con él, lo expone, lo lleva hasta situaciones incómodas y trata de encontrar en las sensaciones físicas algo que le permita soportar el desorden emocional en el que se encuentra.

Aquí la novela puede resultar incómoda para algunos lectores. Ponce no utiliza el cuerpo femenino para construir una imagen idealizada de la sensualidad. Hay fluidos, sangre, menstruación, sexo y dolor. El cuerpo aparece en toda su materialidad.

Y eso es importante.

La literatura ha representado durante siglos el cuerpo femenino desde la mirada del deseo, pero con frecuencia ha eliminado de esa representación todo aquello que recuerda que se trata de un organismo vivo. Ponce hace lo contrario. Devuelve al cuerpo su parte incómoda.

La pérdida y una maternidad inesperada

La aparición del embarazo modifica el recorrido de la novela.

Hasta ese momento, la protagonista parece avanzar sin un destino claro, arrastrada por sus impulsos y por la necesidad de encontrar una salida a su crisis. El embarazo introduce una nueva dimensión porque obliga a enfrentarse con una posibilidad que afecta de lleno a su relación con el cuerpo y con el futuro.

No es una maternidad presentada desde una visión idealizada.

La propia editorial define la novela como el relato de una mujer que intenta enfrentarse a «una inesperada e imposible maternidad» y a una pérdida que atraviesa toda la historia.

La maternidad aparece así vinculada a la incertidumbre, al miedo y a la autonomía. El cuerpo deja de ser solo el territorio de la protagonista para convertirse en el lugar donde aparece una decisión que no puede separar de todo lo que ha vivido.

La sangre adquiere entonces otro significado.

Aquello que antes pertenecía al ciclo menstrual desaparece y el cuerpo comienza a experimentar una transformación distinta. La novela no convierte este cambio en una respuesta sencilla. Al contrario, lo utiliza para profundizar en las contradicciones de una mujer que todavía intenta comprender qué quiere hacer con su propia vida.

Una novela de resistencia

Uno de los aspectos que más me interesan de Sanguínea es que no intenta construir un personaje femenino ejemplar.

La protagonista se equivoca, desea, huye, se contradice y toma decisiones que pueden incomodar al lector. No está ahí para representar una determinada idea de mujer ni para ofrecer una lección sobre cómo enfrentarse al dolor.

Está intentando sobrevivir.

Y esa supervivencia pasa por el cuerpo.

Candaya presentó la novela como una historia de resistencia «del cuerpo y contra el cuerpo». Esa definición me parece especialmente acertada porque la relación de la protagonista con su propio cuerpo está marcada por la contradicción. El cuerpo es fuente de placer, pero también de dolor. Es refugio y amenaza. Es aquello que permite experimentar y aquello que recuerda las pérdidas.

La novela tampoco ofrece una reconstrucción limpia después del desastre. El dolor no desaparece porque la protagonista haya comprendido algo sobre sí misma.

Lo que cambia es su relación con él.

Una escritura que incomoda

Gabriela Ponce escribe desde un lugar poco complaciente. Su prosa no pretende acompañar al lector de la mano. Lo introduce en una experiencia física y emocional que puede resultar desconcertante.

Esa incomodidad es uno de los mayores valores de Sanguínea.

La novela exige cierta disposición por parte del lector. No es una historia para quien busque una narración convencional, ordenada y con todas las piezas colocadas en su sitio. Su fuerza está en la experiencia, en la sensación de estar dentro de una conciencia que atraviesa una crisis y que no sabe muy bien hacia dónde dirigirse.

El resultado puede desconcertar, pero también deja huella.

En mi caso, ese comienzo que me hizo pensar «¿pero qué estoy leyendo?» terminó convirtiéndose en una de las razones por las que seguí leyendo. Porque detrás de las imágenes extrañas y de las escenas que parecen pertenecer a una pesadilla hay una historia reconocible: la de una mujer que intenta atravesar el duelo, el deseo, la soledad y la transformación de su propio cuerpo.

No es una lectura fácil.

Tampoco pretende serlo.

Sanguínea es una novela física, incómoda y profundamente corporal. Una novela sobre el deseo y la pérdida, pero también sobre la necesidad de reconstruirse cuando las certezas desaparecen.

Gabriela Ponce consigue convertir el cuerpo en espacio narrativo y hacer de la sangre una materia literaria. Y lo hace sin pedir permiso al lector para resultar desagradable, provocadora o incómoda.

A mí me ha dejado huella.

Y eso, cuando hablamos de literatura, no es poca cosa.

Gabriela Ponce

Gabriela Ponce Padilla nació en Quito en 1977. Es escritora, dramaturga, directora de teatro y docente de artes escénicas en la Universidad San Francisco de Quito. Su trayectoria está vinculada tanto a la literatura como a las artes escénicas y al trabajo de investigación y creación teatral.

En 2015 publicó Antropofaguitas, su primer libro de cuentos, ganador del Concurso Nacional de Proyectos para el Fomento y Circulación de las Artes 2013-2014.

En teatro destacan Cama, publicada dentro de la antología Penumbra, y Lugar, obra que obtuvo el Premio Joaquín Gallegos Lara en la categoría de teatro en 2017. También ha trabajado con el colectivo Mitómana/Artes Escénicas y es cofundadora de Casa Mitómana, espacio dedicado a la creación artística y cultural.

Sanguínea, publicada en Ecuador por Severo Editorial en 2019 y por Candaya en España en 2020, recibió el Premio Joaquín Gallegos Lara en la categoría de novela en 2021.

La obra de Ponce mantiene una relación estrecha con el cuerpo, el deseo, la sexualidad, la subjetividad femenina y las formas de representación de aquello que suele quedar fuera de los discursos convencionales. En Sanguínea, todos esos elementos encuentran una forma narrativa propia, incómoda y difícil de olvidar.


Descubre más desde El baúl de Xandris

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.