Víctor del Árbol es conocido sobre todo por sus novelas, entre ellas La tristeza del samurái, Un millón de gotas, El hijo del padre o Nadie en esta tierra. Su narrativa ha explorado de forma recurrente la memoria, la culpa, la violencia, las heridas personales y las consecuencias que el pasado deja en quienes intentan seguir adelante. En 2026 ha cerrado además con Las buenas intenciones la trilogía protagonizada por el sicario sin nombre.
Pero antes de que Mientras el mundo dice no llegara a las librerías en 2023, la poesía ya llevaba mucho tiempo formando parte de su escritura. El propio planteamiento del libro resulta revelador: no estamos ante un novelista que decide probar un género diferente, sino ante una faceta literaria que había permanecido en privado durante años. El poemario reúne textos escritos a lo largo de más de quince años y pertenecientes a distintos momentos vitales.
Por eso, más que hablar de una ruptura con su narrativa, resulta interesante observar qué permanece cuando desaparecen la trama, los personajes y la estructura de una novela.
De qué trata Mientras el mundo dice no
Publicado por Espasa en 2023, Mientras el mundo dice no es el primer poemario publicado de Víctor del Árbol. El libro está dividido en dos partes, «Tierra adentro» y «Desde la orilla», que marcan también dos formas de mirar. La primera se adentra en la memoria, en las experiencias personales y en aquello que permanece ligado a la propia biografía. La segunda abre la mirada hacia el exterior y permite que aparezcan con mayor fuerza la crítica, la observación social y la relación del individuo con el mundo que lo rodea.
La infancia, el amor, la pérdida, la memoria, la culpa, el miedo y la necesidad de resistir aparecen a lo largo del conjunto. No son temas tratados desde una única perspectiva ni forman un relato continuo. Son fragmentos de vida que van construyendo una mirada sobre el paso del tiempo y sobre la dificultad de permanecer en pie cuando la realidad no responde a nuestras expectativas.
El propio título contiene buena parte de la tensión del libro. Frente a un mundo que dice «no», los poemas buscan otras posibilidades: recordar, resistir, aceptar, rebelarse, amar o sencillamente continuar.
Una poesía nacida de la memoria
Uno de los aspectos que más me interesa del poemario es precisamente su carácter memorístico. Saber que los poemas proceden de más de quince años de escritura modifica la forma de acercarse a ellos. No existe la sensación de estar ante una obra construida alrededor de una única idea poética, sino ante un conjunto que recoge diferentes edades, experiencias y estados emocionales del autor.
Eso explica también cierta variedad en el tono. Hay poemas íntimos y otros más abiertos hacia la realidad exterior; algunos se acercan al recuerdo personal y otros recurren a personajes, imágenes o situaciones que permiten hablar de cuestiones más amplias.
En «Un hombre valiente», por ejemplo, la memoria personal se convierte en una forma de recuperar a alguien ausente. El poema no necesita construir una historia completa: unos pocos detalles físicos y recuerdos bastan para devolver al lector una presencia. Esa capacidad para contar sin desarrollar una narración extensa conecta con una de las características que encontramos también en su obra narrativa: la importancia de lo que el pasado deja detrás.
En «El rinoceronte blanco» la memoria adopta otra forma. El poema reconstruye una época y una experiencia juvenil mediante imágenes concretas, referencias culturales y recuerdos aparentemente dispersos. La acumulación termina creando un territorio reconocible: el de una juventud que pertenece ya al pasado y que, al ser recordada, aparece inevitablemente transformada por el tiempo.
La fragilidad como punto de encuentro con su narrativa
Es aquí donde encuentro una de las conexiones más interesantes entre el poeta y el novelista.
En sus novelas, Víctor del Árbol suele colocar a sus personajes ante las consecuencias de aquello que han vivido. La culpa, la pérdida, la violencia y la memoria no funcionan como simples elementos argumentales, sino como fuerzas que condicionan sus decisiones.
En Mientras el mundo dice no desaparece la arquitectura narrativa, pero permanece esa preocupación por lo que hacemos con nuestras heridas.
El poema «El pintor» resulta especialmente significativo. La pintura aparece vinculada a la necesidad de representar aquello que está roto: las cosas incompletas, las vidas que no encajan en una idea de perfección. La belleza no procede aquí de lo impecable, sino de aquello que conserva las marcas de su fragilidad.
Es una idea que encaja bien con el universo literario del autor. Sus personajes tampoco suelen ser figuras perfectas ni fácilmente clasificables. Están llenos de contradicciones, heridas y decisiones equivocadas. En la poesía, esa misma mirada se concentra en unas pocas imágenes.
El lenguaje poético de Víctor del Árbol
La poesía de Víctor del Árbol no busca levantar una barrera entre el poema y el lector. Su lenguaje tiende a ser directo y comprensible, aunque eso no significa que carezca de imágenes o de ambición literaria.
Hay versos que funcionan casi como pequeñas escenas narrativas y otros en los que la imagen adquiere mayor protagonismo. Esa convivencia explica que algunos textos puedan acercarse a la prosa poética, mientras que otros poseen una construcción más claramente lírica.
Pero quizá lo más característico sea la voz. Del Árbol no parece interesado en esconder el sentimiento detrás de una complejidad formal innecesaria. La emoción está ahí, aunque no siempre se expresa de forma confesional. A veces aparece desplazada hacia un recuerdo, un personaje, un objeto o una imagen.
Esa elección tiene un riesgo: algunos poemas pueden resultar más explicativos que sugerentes y no todos alcanzan la misma intensidad. Pero también es parte de la personalidad del conjunto. Mientras el mundo dice no no pretende convertir al autor en un poeta hermético ni demostrar que puede escribir de una manera radicalmente distinta a la que conocemos en sus novelas.
Su apuesta está en otro lugar: encontrar una forma más concentrada de hablar de las mismas preguntas que atraviesan buena parte de su literatura.
Del mundo interior a la mirada exterior
La división entre «Tierra adentro» y «Desde la orilla» permite apreciar una evolución dentro del propio libro. En la primera parte pesa más la memoria personal, mientras que la segunda amplía el campo de observación y permite que aparezcan con mayor claridad la ironía, la crítica y la mirada hacia el exterior.
Ese desplazamiento resulta interesante porque evita que el poemario quede reducido a un ejercicio de intimidad.
Víctor del Árbol habla de sí mismo, pero también observa el mundo. Y ese mundo no aparece como un lugar especialmente amable. Hay espacio para la injusticia, la pérdida, la muerte, la violencia y el desencanto. Sin embargo, el libro tampoco se queda instalado en la desesperanza.
El «no» del título no es únicamente una negación. También plantea una resistencia. Si el mundo dice no, el poema puede convertirse en una forma de contestación.
Una poesía que no se aleja del escritor que conocemos
Quizá esa sea la principal virtud de Mientras el mundo dice no: después de leerlo, no parece que Víctor del Árbol haya abandonado al novelista para convertirse en otra persona literaria.
La poesía permite ver de cerca algunos de los materiales que en sus novelas aparecen desarrollados mediante personajes y argumentos. La memoria, las heridas, la culpa, la pérdida y la necesidad de encontrar algún sentido siguen presentes, pero ahora tienen que sostenerse en unas pocas páginas o incluso en unos pocos versos.
Eso obliga a una escritura distinta y, en algunos momentos, más desnuda.
No todos los poemas tienen la misma fuerza y el conjunto puede resultar irregular, algo comprensible si tenemos en cuenta que reúne textos escritos durante un periodo tan amplio. Pero esa diversidad también forma parte de su interés: estamos ante una obra que conserva las huellas de diferentes momentos de una trayectoria personal y literaria.
Mi valoración de Mientras el mundo dice no
Mientras el mundo dice no permite acercarse a otra faceta de Víctor del Árbol sin alejarse demasiado del escritor que conocemos por sus novelas. Al cambiar la trama y los personajes por versos, recuerdos e imágenes, siguen presentes algunas de sus preocupaciones habituales: la memoria, la pérdida, la culpa y las heridas que deja el pasado. La diferencia está en la forma de abordarlas, más concentrada y abierta a la interpretación del lector..
La memoria sigue siendo importante. También la culpa, la pérdida, las heridas y la dificultad de enfrentarse a un mundo que no siempre ofrece respuestas. Pero la novela necesita desarrollar esas cuestiones; el poema puede detenerse en una imagen, un recuerdo o una emoción y dejar que sea el lector quien complete el significado.
Para mí, esa es la mejor manera de acercarse al libro: no como una rareza dentro de la trayectoria de un novelista reconocido, sino como una pieza que permite conocer otra faceta de su escritura.
Mientras el mundo dice no es un poemario de lenguaje accesible, cargado de memoria y con una mirada que oscila entre la intimidad y la observación del mundo. No pretende revolucionar la poesía contemporánea ni necesita hacerlo. Su interés está en la voz de un escritor que utiliza el poema para decir de otra manera algunas de las cosas que lleva años preguntándose.
Y quizá por eso funciona mejor cuando no intenta explicar demasiado y deja que una imagen, un recuerdo o unos pocos versos hagan el trabajo que en una novela ocuparían páginas enteras.
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