¿Qué buscamos cuando pensamos en esa persona con la que compartir nuestra vida? ¿Alguien que esté a nuestro lado cuando todo vaya bien o alguien que permanezca cuando el mundo se nos venga abajo?

El título de la primera novela de Cayetana Cabezas, Una persona para el fin del mundo, parece plantear una historia de amor, pero su lectura va por otros caminos. La novela habla de las relaciones, sí, pero también de la soledad dentro de una pareja, de las expectativas que ponemos en el amor y de lo difícil que puede resultar reconocer que la persona que tenemos al lado no es aquella con la que querríamos llegar hasta el final.

La historia transcurre durante la pandemia, un periodo en el que el mundo se detuvo y muchas personas tuvieron que enfrentarse a una convivencia forzada. Para la protagonista, ese encierro supone también quedarse frente a frente con su relación y con una realidad que no resulta fácil de aceptar.

Cuando estar acompañado no significa no estar solo

La protagonista cuenta en primera persona cómo es su relación de pareja. Y lo que vamos descubriendo no es precisamente la historia de amor que cualquiera desearía vivir.

Su pareja la trata de una manera que va dejando al descubierto una relación tóxica. El confinamiento, además, hace que sea más difícil tomar distancia. Cuando no existen las posibilidades habituales de salir, distraerse, encontrarse con otras personas o refugiarse en la rutina, aquello que ocurre dentro de casa adquiere otra dimensión.

Hay algo que me ha interesado en esta parte de la novela: la diferencia entre estar acompañado y sentirse acompañado.

Porque la protagonista tiene pareja. No está sola en el sentido literal de la palabra. Y, sin embargo, existe una soledad que pesa mucho más cuando se comparte la vida con alguien que no nos hace sentir queridos, respetados o seguros.

La pandemia se convierte así en mucho más que el contexto temporal de la historia. Es una especie de lupa que amplía lo que ya estaba ahí.

Los recuerdos de otras generaciones

Mientras la protagonista vive su presente, la novela mira también hacia atrás.

A través de sus recuerdos conocemos historias de sus antepasados y, sobre todo, historias de amor. Son relaciones que pertenecen a otra época y que ella observa desde su propia experiencia.

Ese contraste me ha parecido uno de los aspectos más interesantes de la novela.

Por un lado está la relación que ella vive, marcada por el desencanto y por una forma de tratarla que no se corresponde con lo que espera del amor. Por otro, las historias familiares que recuerda y en las que parece encontrar otra idea de lo que significa compartir la vida con alguien.

No se trata de presentar el pasado como un tiempo perfecto ni de decir que aquellas relaciones fueron mejores. Lo interesante está en lo que esas historias despiertan en la protagonista.

Porque mientras recuerda a quienes estuvieron antes que ella, no puede evitar preguntarse qué ha ocurrido con su propia vida.

¿Por qué ella no tiene a esa persona que querría a su lado?

Una persona para el fin del mundo

El título va adquiriendo significado a medida que avanzamos en la historia.

Todos podemos entender qué significa encontrar a alguien con quien compartir la vida. Pero ¿qué significa encontrar a alguien para el fin del mundo?

Para mí, no tiene tanto que ver con el amor romántico como con la confianza. Con saber que, cuando las cosas se pongan difíciles, esa persona seguirá siendo un lugar al que regresar.

Y ahí está la contradicción que vive la protagonista: tiene una pareja, pero no tiene esa persona. Puede parecer una diferencia pequeña, pero no lo es.

Una relación no garantiza compañía. Tampoco garantiza cariño, comprensión ni respeto. Y quizá uno de los problemas más difíciles de afrontar sea descubrir que la persona con la que habíamos imaginado nuestro futuro no es aquella con la que queremos enfrentarnos al presente.

La primera persona acerca la historia

Cayetana Cabezas opta por contar la historia en primera persona, una elección que encaja con el carácter íntimo de la novela.

Estamos junto a la protagonista mientras recuerda, observa su relación y se enfrenta a sus propias dudas. No tenemos la distancia de un narrador que pueda explicarnos lo que ocurre desde fuera. Todo pasa por su mirada.

Eso hace que la lectura tenga un componente cercano. Conocemos la relación desde el lugar de quien la está viviendo y no desde una mirada externa que pueda juzgarla.

Y esto es importante porque las relaciones tóxicas no siempre son fáciles de reconocer desde dentro. Hay afecto, costumbre, recuerdos y expectativas. También existe esa tendencia tan humana a pensar que quizá las cosas cambien.

La novela se detiene en esa zona incómoda en la que sabemos que algo no funciona, pero todavía no sabemos qué hacer con ello.

El amor que imaginamos y el amor que encontramos

Una de las cosas que más me ha hecho pensar Una persona para el fin del mundo es la distancia entre el amor que imaginamos y el amor que terminamos viviendo.

Todos tenemos una idea, más o menos consciente, de cómo debería ser una relación. Después llega la realidad y las cosas no siempre encajan.

La protagonista mira las historias de sus antepasados y parece buscar en ellas una respuesta. Quizá también busca una explicación para su propia situación. Si otras personas encontraron una manera de permanecer juntas, ¿por qué ella ha acabado en una relación que la hace sentirse sola?

Pero la novela no ofrece una respuesta sencilla. Y creo que ahí está parte de su interés.

Porque el amor no consiste solo en encontrar a alguien. También consiste en saber reconocer cómo queremos que nos quieran.

Mi opinión

Me ha gustado Una persona para el fin del mundo, sobre todo por esa combinación entre la historia personal de la protagonista, el contexto de la pandemia y los recuerdos familiares.

La pandemia podría haberse quedado en un simple telón de fondo, pero aquí sirve para encerrar a la protagonista con una relación que ya presenta problemas y obligarla, de alguna manera, a mirar de frente lo que está viviendo.

También me ha gustado el juego entre presente y pasado. Las historias de sus antepasados no están ahí solo para completar una historia familiar; funcionan como contraste y hacen que la protagonista se pregunte qué clase de amor quiere para su propia vida.

Y, sobre todo, me quedo con esa idea que recorre la novela: no basta con tener a alguien al lado. La persona que queremos para el fin del mundo debería ser aquella con la que podamos sentirnos acompañados incluso cuando todo lo demás desaparece.

Porque hay soledades que se llevan mucho peor cuando se comparten.

Una persona para el fin del mundo es una novela sobre el amor, pero también sobre la soledad, las relaciones que hacen daño, la memoria familiar y la necesidad de encontrar nuestro propio camino. Una lectura que me ha gustado y que deja una pregunta dando vueltas cuando cerramos el libro: ¿quién sería esa persona que querríamos tener a nuestro lado si de verdad llegara el fin del mundo?


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