Hay formas de violencia que no dejan marcas visibles. No necesitan gritos, amenazas ni golpes. Pueden instalarse en una oficina, esconderse detrás de un correo electrónico, de una reunión a la que alguien deja de ser invitado o de una decisión que parece administrativa pero que, repetida una y otra vez, acaba destruyendo a quien la recibe.
Las horas subterráneas, de Delphine de Vigan, habla de esa violencia silenciosa. De la que se ejerce dentro del mundo laboral y que puede llegar a convertir el trabajo en un territorio hostil del que resulta cada vez más difícil escapar. Pero la novela no se limita al acoso laboral. También habla de la soledad, de las relaciones de pareja, de la incomunicación y de esas vidas que continúan avanzando por fuera mientras por dentro empiezan a romperse.
Es una novela que me ha gustado, aunque no sea una lectura cómoda. Y quizá ahí reside parte de su fuerza.
Dos vidas que avanzan hacia el mismo punto
La novela sigue las historias de dos personajes cuyas vidas transcurren en paralelo. Mathilde trabaja en una gran empresa y durante años ha construido allí su vida profesional. Es competente, responsable y ha alcanzado una posición que debería proporcionarle cierta seguridad. Sin embargo, algo empieza a cambiar.
No se trata de un conflicto laboral convencional. Lo que sucede resulta mucho más difícil de combatir porque las agresiones no siempre pueden señalarse con facilidad. Hay silencios, decisiones, exclusiones y pequeños gestos que, considerados de forma aislada, podrían parecer irrelevantes. El problema es que todos apuntan en la misma dirección.
Mathilde comienza a quedar apartada, a perder espacio y a comprobar que las reglas que antes parecían claras ya no funcionan para ella. Y lo más inquietante es precisamente esa progresión. El lector asiste a una pérdida de poder que no ocurre de golpe, sino que avanza poco a poco hasta convertir el lugar de trabajo en un espacio de amenaza.
Al mismo tiempo conocemos a Thibault, un hombre atrapado en una relación sentimental que tampoco le proporciona refugio. Su historia introduce otra forma de dependencia y de desgaste. La pareja se ha convertido en un lugar donde tampoco encuentra la respuesta que necesita.
Las dos historias tienen diferencias evidentes, pero comparten algo esencial: ambos personajes están atrapados en situaciones que parecen difíciles de modificar.
Y esa sensación de estar atrapado recorre toda la novela.
El acoso laboral y la impotencia
Uno de los aspectos que más me ha hecho pensar de Las horas subterráneas es la impotencia que provoca la situación de Mathilde.
El acoso laboral puede resultar perverso cuando quien lo sufre no consigue demostrar con facilidad aquello que está ocurriendo. Una humillación aislada puede parecer un malentendido. Una exclusión puede presentarse como una decisión organizativa. Un cambio de funciones puede justificarse con argumentos empresariales. Pero cuando todas esas acciones se acumulan, dejan de ser hechos aislados.
Delphine de Vigan consigue que el lector perciba ese proceso desde dentro. No hace falta recurrir a grandes escenas de violencia. La autora trabaja con algo mucho más cotidiano: el desgaste.
Y ese desgaste provoca una reacción incómoda. Como lector, uno quiere que Mathilde encuentre una salida, que alguien intervenga, que alguien vea lo que está sucediendo. Pero la novela obliga a convivir con la ausencia de respuestas.
Esa impotencia me ha recordado a Amado amo, de Rosa Montero. Ambas novelas muestran el mundo laboral como un espacio donde las relaciones de poder pueden terminar condicionando la vida entera de una persona. No son novelas idénticas ni abordan el problema desde el mismo lugar, pero existe entre ellas un punto de conexión: la sensación de que el individuo puede quedar atrapado dentro de una maquinaria que resulta difícil de combatir.
En Las horas subterráneas, esa maquinaria no necesita mostrarse como algo monstruoso porque si parece normal resulta más inquietante.
Cuando el trabajo ocupa toda la vida
La novela también plantea una cuestión que va más allá del acoso: ¿hasta qué punto nuestro trabajo determina quiénes somos?
Mathilde no se enfrenta solo a un problema profesional. Lo que está en juego es su identidad, su seguridad y la percepción que tiene de sí misma. Cuando el lugar en el que has construido una parte importante de tu vida comienza a rechazarte, resulta difícil separar el problema laboral del resto de la existencia.
El trabajo deja de ser el escenario donde sucede la historia para convertirse en parte del conflicto. La oficina, los desplazamientos, las reuniones y los horarios adquieren un peso narrativo que transmite la sensación de encierro.
Y ahí aparece otra de las ideas que atraviesan el libro: no siempre necesitamos estar físicamente encerrados para sentir que no podemos escapar.
Las relaciones que también se desgastan
La historia de Thibault introduce otro tipo de desgaste. Su relación sentimental muestra cómo dos personas pueden permanecer juntas mientras, en realidad, cada una vive encerrada en su propia soledad. La incomunicación no aparece como un acontecimiento extraordinario, sino como una suma de pequeños desencuentros.
De Vigan evita presentar las relaciones de pareja como refugios perfectos frente a los problemas del exterior. El trabajo, el amor, la soledad y las decisiones personales forman parte de una misma red. Eso hace que las dos historias dialoguen entre sí.
Mientras Mathilde experimenta el deterioro de su posición dentro de la empresa, Thibault se encuentra atrapado en una relación que tampoco sabe cómo transformar. Los dos necesitan modificar algo de sus vidas, pero ninguno parece encontrar el momento ni la fuerza para hacerlo.
Una novela sobre la soledad
Quizá el tema que une todas estas piezas sea la soledad. No la soledad de quien vive aislado del mundo, sino la de quien está rodeado de personas y, aun así, no encuentra a nadie capaz de comprender lo que le sucede.
Esa soledad resulta especialmente dolorosa en el caso de Mathilde. Está dentro de una estructura laboral llena de personas, pero cada vez dispone de menos apoyos. Y cuanto más intenta entender lo que está pasando, más difícil parece encontrar una explicación que pueda compartir con los demás. La novela consigue transmitir esa sensación sin necesidad de subrayarla.
Delphine de Vigan confía en el lector y deja que sea él quien complete muchas de las emociones que atraviesan la historia.
Un final que no lo cierra todo
Las horas subterráneas tiene un final abierto. Y, en este caso, creo que esa elección funciona.
No estamos ante una historia que necesite resolver todos los conflictos para quedar cerrada. Al contrario: una conclusión demasiado rotunda habría restado fuerza a lo que la novela plantea.
El final obliga a seguir pensando en los personajes y en las posibilidades que quedan fuera de la página. No ofrece todas las respuestas y tampoco busca proporcionar al lector una sensación sencilla de justicia.
Puede resultar frustrante, sobre todo después de haber acompañado a Mathilde durante una situación que provoca tanta impotencia. Pero esa frustración forma parte de la experiencia de lectura. Porque el mundo que describe De Vigan tampoco ofrece siempre soluciones claras.
Una novela que deja huella
Una de las cosas que más me interesan de Delphine de Vigan es su capacidad para encontrar conflictos profundos en situaciones que, en apariencia, pertenecen a la vida cotidiana.
En Las horas subterráneas no necesita construir una historia extraordinaria para hablar de violencia, soledad o pérdida. Le basta con observar cómo una persona puede ir perdiendo su lugar dentro de una empresa o cómo una relación puede convertirse en un espacio del que tampoco resulta fácil salir.
Y quizá por eso la novela incomoda porque lo que cuenta no parece lejano. El acoso laboral, la presión profesional, el miedo a perder el trabajo, la dificultad para poner límites, la incomunicación dentro de una pareja o la sensación de que nuestra vida se ha quedado atrapada en un lugar que ya no reconocemos son situaciones que pertenecen a la realidad de muchas personas.
De Vigan convierte esas experiencias en literatura sin ofrecer un discurso cerrado sobre ellas. Y eso hace que Las horas subterráneas vaya más allá de una novela sobre el trabajo. Es una novela sobre el desgaste, sobre las relaciones de poder y sobre la dificultad de escapar de aquello que poco a poco nos va encerrando.
Una lectura que me ha gustado y que deja una sensación incómoda después de cerrar el libro. No porque la novela necesite buscar una respuesta, sino porque algunas preguntas continúan ahí.
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