Tenía pendiente Los silencios de Hugo desde que Inma Chacón publicó Tierra sin hombres, así que cuando llegó esta novela a mis manos me lancé a su lectura con bastante expectación. Y volvió a convencerme.
La historia comienza en noviembre de 1996. Hugo está ingresado en un hospital, entre la vida y la muerte, mientras su hermana Olalla ha desaparecido. Han pasado doce horas y nadie sabe dónde está. Su ausencia resulta todavía más inquietante porque Hugo espera un tratamiento experimental que podría salvarle la vida.
A partir de esta situación, Inma Chacón reconstruye el pasado de los personajes y nos lleva hasta los años setenta, ochenta y noventa. El presente sirve como punto de partida para descubrir qué ha ocurrido y, sobre todo, qué han estado callando durante años.
Y el silencio es el gran eje de la novela.
Los secretos que intentamos guardar
Hugo lleva años ocultando su enfermedad. Olalla también ha aprendido a convivir con sus propias circunstancias sin convertirlas en motivo de queja. Manuel, Helena y Josep están unidos a los protagonistas por relaciones en las que también existen cosas que no se dicen. Cada personaje tiene sus razones para callar.
A veces el silencio nace del miedo; otras, del deseo de proteger a alguien o es una manera de evitar enfrentarse a una verdad demasiado dolorosa.Pero los secretos no desaparecen porque no se pronuncien. Se quedan ahí y terminan afectando a quienes los guardan y a quienes viven a su alrededor.
Ese es uno de los aspectos que más me interesaron de la novela. Chacón no utiliza el secreto solo como recurso para mantener la intriga. Lo convierte en una parte esencial de las relaciones entre los personajes.
Una época marcada por el miedo
La novela recorre varias décadas de la historia reciente de España y, al hacerlo, recupera también una época que forma parte de mi propia memoria.
Los años setenta, ochenta y noventa aparecen integrados en la vida de los personajes: los cambios sociales, las inquietudes políticas, las relaciones personales y una sociedad que estaba atravesando transformaciones profundas.
Pero hay un elemento que termina adquiriendo un peso especial: el sida.
Hoy podemos acercarnos a aquella enfermedad desde una perspectiva diferente, pero durante los años ochenta y noventa el miedo y el desconocimiento estaban muy presentes. El estigma condicionaba la vida de quienes habían contraído el VIH y también la de las personas que los rodeaban.
En Los silencios de Hugo, la enfermedad no funciona como un simple elemento argumental. El miedo al rechazo, la necesidad de ocultarla y las consecuencias de ese silencio forman parte del conflicto de los personajes.
Y es difícil leer algunas de esas situaciones sin recordar el miedo que provocó el sida en aquella época.
Una novela de emociones
Los personajes están bien construidos y sus relaciones tienen suficiente peso para sostener la historia. Sin embargo, no creo que esta sea, sobre todo, una novela de personajes. Es una novela de emociones.
Hugo y Olalla ocupan el centro de la narración, pero lo que importa no es solo lo que les sucede, sino cómo aquello que viven modifica sus relaciones con los demás.
La relación entre los hermanos constituye uno de los pilares de la historia. Hugo siente que debe proteger a Olalla, mientras ella ha construido su propia manera de enfrentarse a las dificultades. A su alrededor aparecen Manuel, Helena y Josep, cada uno con su propia relación con los protagonistas y con los secretos que terminan saliendo a la luz.
El amor, la amistad, la culpa, el miedo y la necesidad de proteger a quienes queremos se mezclan durante toda la novela. Y ahí es donde la historia consigue llegar al lector.
Una estructura que favorece el ritmo
La novela está dividida en tres partes y cuenta con capítulos cortos. Entre ellos aparecen unos versos que funcionan como pequeñas piezas de transición y resumen, en pocas líneas, lo que acabamos de leer.
Es una estructura que favorece la agilidad de la lectura.
Chacón alterna el presente de 1996 con distintos momentos del pasado y va proporcionando la información poco a poco. Sabemos desde el principio que existen preguntas que necesitan respuesta: qué le ha ocurrido a Hugo, por qué ha desaparecido Olalla y qué ha sucedido entre los personajes para llegar hasta ese momento.
La autora no lo explica todo de golpe. Va reconstruyendo la historia mientras avanzamos.
La prosa es sencilla y fluida, sin necesidad de cargar las escenas de recursos innecesarios. En una novela en la que el componente emocional tiene tanto peso, esa claridad juega a su favor.
El silencio como forma de protección
Hay una idea que recorre toda la novela y que me parece muy interesante: la diferencia entre ocultar algo para proteger a alguien y las consecuencias que puede tener ese silencio.
Hugo se aleja de Manuel sin darle explicaciones después de compartir con él una etapa de militancia y juventud. También huye de Helena, amiga de Olalla, pese a que ambos están enamorados. Con Olalla mantiene una relación marcada por la necesidad de protegerla.
Pero proteger a alguien sin permitirle conocer la verdad también significa decidir por esa persona. La novela plantea así una cuestión que va más allá de la enfermedad que constituye su eje argumental: ¿hasta dónde podemos llegar para evitar el sufrimiento de quienes queremos?
No hay respuestas fáciles, y por eso funciona.
Una historia que emociona
Los silencios de Hugo es una novela dura. Recuerdo haberme emocionado y haber llorado durante su lectura, pero no creo que la novela busque la lágrima fácil. La emoción procede de las situaciones que viven los personajes y de las relaciones que se van construyendo entre ellos.
También hay una mirada hacia una generación que tuvo que enfrentarse a una enfermedad desconocida, al miedo y al rechazo. Una generación que aprendió a convivir con una realidad que cambió muchas vidas. Y, por encima de todo, hay una historia sobre la capacidad de seguir adelante.
Conclusión
Los silencios de Hugo habla de secretos, silencios, enfermedad, miedo, amor y soledad. Pero también habla de la necesidad de enfrentarnos a aquello que ocultamos y de la posibilidad de continuar incluso cuando la vida nos coloca delante situaciones que parecen imposibles de superar.
Es una novela que me emocionó y que, además, consiguió devolverme a una época que recuerdo cercana. Chacón construye una historia íntima alrededor de unos personajes cuyas vidas están condicionadas por aquello que dicen, pero también por todo lo que deciden callar.
Una novela sobre el miedo y sus consecuencias, pero también sobre el amor y la capacidad de seguir adelante.
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