Vivir con un vampiro puede ser complicado. Vivir con varios, mucho más. Sobre todo cuando llevan siglos de existencia a sus espaldas, conservan las manías de otras épocas y siguen considerando perfectamente normal alimentarse de sangre humana. El problema no es que sean inmortales. El problema es compartir casa con ellos.
De esa premisa tan sencilla nace buena parte del humor de Lo que hacemos en las sombras, una de esas obras que consiguieron convertir al vampiro en algo distinto sin necesidad de abandonar ninguno de los elementos que lo han acompañado durante siglos. Hay sangre, colmillos, muertos vivientes y criaturas de la noche, pero también discusiones domésticas, frustraciones, rivalidades y una sorprendente incapacidad para desenvolverse en el mundo contemporáneo.
Pilar Pedraza se mete en ese territorio en Vampiros en la sombra, un ensayo publicado por Hermenaute en el que analiza el universo creado por Taika Waititi y Jemaine Clement. El libro recorre el cortometraje de 2005, la película de 2014 y las primeras temporadas de la serie, pero su interés va más allá de explicar por qué funciona una comedia de vampiros.
Porque para que un vampiro resulte ridículo primero tiene que haber algo reconocible detrás de la parodia.
Y ahí empieza lo interesante.
Pilar Pedraza frente al vampiro contemporáneo
Pilar Pedraza no necesita presentación entre quienes se han acercado al fantástico y al gótico en España. Su relación con el monstruo, lo siniestro y las zonas oscuras de la cultura popular atraviesa buena parte de su obra crítica y literaria.
Por eso resulta interesante que se ocupe de Lo que hacemos en las sombras. No estamos ante una autora que contemple el vampiro desde la distancia de quien reconoce unas referencias cinematográficas. Pedraza conoce la tradición que sostiene al monstruo y puede observar qué sucede cuando esa tradición se desmonta para volver a construirla de otra manera.
Y quizá esa sea una de las mayores virtudes del ensayo: entender que la parodia solo funciona cuando existe un conocimiento profundo de aquello que se está parodiando.
Los vampiros de Waititi y Clement pueden resultar absurdos, torpes, infantiles o directamente patéticos. Sin embargo, detrás de ellos continúa estando el vampiro tradicional. La capa, la sangre, la noche, la transformación, la seducción, la inmortalidad, los ataúdes, las criaturas de la noche y toda una iconografía reconocible siguen ahí.
Lo que cambia es la mirada. El monstruo ya no aparece desde fuera, observado por una víctima aterrorizada. Vive dentro de la casa. Discute con sus compañeros de piso. Se preocupa por asuntos domésticos. Tiene problemas de convivencia. Se aburre. El vampiro ha dejado de ser una presencia excepcional para convertirse en un vecino.
Cuando el monstruo deja de dar miedo
Una de las cosas que más me interesan de Lo que hacemos en las sombras es que su humor no consiste solo en convertir al vampiro en una caricatura.
El vampiro continúa siendo un monstruo. Mata. Bebe sangre. Es cruel. Tiene una relación normalizada con la violencia. Lo que cambia es nuestra posición frente a él. Durante siglos, el monstruo necesitaba mantener una cierta distancia. Su poder estaba relacionado con lo desconocido, con la oscuridad y con aquello que escapaba a las reglas de la vida cotidiana. Waititi y Clement hacen exactamente lo contrario: acercan al vampiro hasta convertirlo en alguien reconocible.
Y cuando un monstruo se vuelve reconocible, empieza a resultar incómodo de otra manera. Podemos reírnos de él porque vemos sus defectos. Podemos reconocer su vanidad, sus celos, su inseguridad o su necesidad de sentirse importante. La inmortalidad deja de ser un privilegio absoluto y se convierte también en una condena al aburrimiento.
Pedraza analiza esa combinación entre horror y comedia, una mezcla que constituye uno de los elementos fundamentales del universo creado por Waititi y Clement. El ensayo pretende desmontar sus tres piezas sin destruirlas y explicar las fuentes y los mecanismos que hacen posible su funcionamiento.
Y ahí está una de las claves del libro: comprender que para reírse de un género primero hay que conocer sus códigos.
La tradición está debajo de la parodia
El vampiro de Lo que hacemos en las sombras no aparece de la nada. Está construido sobre siglos de literatura, cine e imaginario popular. Pedraza permite reconocer esas capas que pueden pasar inadvertidas cuando nos dejamos llevar únicamente por el humor.
Eso hace que el ensayo pueda disfrutarse desde dos posiciones diferentes. Quien ya conoce la obra audiovisual encontrará una lectura que amplía aquello que ha visto. Quien conozca la tradición vampírica podrá descubrir hasta qué punto la parodia juega con ella.
Y para quien reúna ambas condiciones, el libro ofrece algo todavía más interesante: la posibilidad de comprobar cómo funciona una obra cuando conoce perfectamente las reglas del género y decide jugar con ellas.
No se trata de destruir al vampiro, se trata de ponerlo patas arriba. La diferencia es importante.
Una parodia superficial envejece cuando desaparece el objeto al que se dirige. Una buena parodia puede sobrevivir porque termina incorporándose a la propia tradición. Lo que hacemos en las sombras pertenece a ese segundo grupo. Su vampiro no sustituye al anterior. Se añade a él.
El humor como forma de desmontar el mito
Hay algo eficaz en convertir a una criatura inmortal en un personaje sometido a problemas cotidianos. El vampiro clásico podía representar la amenaza sexual, la enfermedad, la muerte, la transgresión o el miedo a lo desconocido. El vampiro contemporáneo puede seguir representando todo eso, pero ahora también puede representar algo mucho más prosaico: la incapacidad para convivir con los demás. Y eso lo vuelve muy humano.
Quizá por eso funciona tan bien el formato de falso documental. La cámara observa a los vampiros como si fueran individuos corrientes y convierte su existencia sobrenatural en una sucesión de situaciones domésticas. La distancia entre lo que son y la manera en que se comportan produce el humor.
El contraste está presente durante toda la obra. Son seres inmortales que tienen que enfrentarse a las dificultades de la vida cotidiana; depredadores capaces de resultar ridículos; criaturas sobrenaturales que discuten por asuntos tan corrientes como cualquier persona. Siguen siendo peligrosos, pero también muestran una faceta mezquina, insegura y, en ocasiones, bastante patética.
La comedia surge de enfrentar lo extraordinario con lo cotidiano, y Pedraza estudia esa naturaleza irreverente y la combinación de horror y humor que define el conjunto, pero también las fuentes que permiten entender por qué la propuesta funciona más allá de la simple ocurrencia cómica.
Un ensayo para mirar de otra manera lo que ya conocemos
Uno de los riesgos de los ensayos dedicados a obras cinematográficas o televisivas es que terminen funcionando como una explicación añadida a algo que ya conocemos. No creo que sea el caso de Vampiros en la sombra. Su interés está precisamente en ampliar la mirada.
Después de leer a Pedraza resulta más fácil entender que muchas de las situaciones absurdas de Lo que hacemos en las sombras funcionan porque están apoyadas sobre un conocimiento muy concreto del género. La gracia no procede solo de que un vampiro se comporte de manera ridícula. Procede de que sabemos cómo debería comportarse un vampiro. La ruptura de la expectativa es la que provoca la risa. Y eso exige tradición.
También explica por qué el ensayo puede interesar incluso a quienes no sean seguidores entusiastas de la serie. Pedraza utiliza el universo de Lo que hacemos en las sombras como puerta de entrada a cuestiones más amplias relacionadas con la representación del vampiro y con la evolución del fantástico.
El libro, por tanto, no se queda en el comentario de una franquicia. Utiliza esa franquicia para observar cómo un mito puede cambiar sin desaparecer.
El vampiro también puede ser cotidiano
Quizá lo más interesante de todo este proceso sea que el vampiro ha perdido parte de su excepcionalidad. Antes entraba en la casa desde fuera. Ahora vive en ella.
Esta transformación dice mucho sobre la evolución del terror. El monstruo contemporáneo ya no necesita permanecer completamente separado de nosotros. Puede compartir nuestros espacios, nuestros conflictos y hasta nuestros hábitos. La domesticación del monstruo no acaba con el miedo. Lo transforma y, al mismo tiempo, cambia nuestra relación con él.
Nos hemos acostumbrado tanto al vampiro que podemos permitirnos reírnos de él. Pero para que esa risa funcione necesitamos seguir reconociendo al monstruo que hay debajo.
Eso convierte a Lo que hacemos en las sombras en algo más que una comedia sobre vampiros. También explica el interés del acercamiento de Pilar Pedraza: detrás de la carcajada hay una tradición que merece ser observada.
Una mirada culta sin convertir el ensayo en una lección
Pedraza aporta a la crítica del fantástico algo que considero imprescindible: conocimiento. Pero conocer bien un género no basta para construir un buen ensayo. Si las referencias se acumulan sin establecer relaciones entre ellas, el análisis corre el riesgo de convertirse en un catálogo de nombres y obras.
En Vampiros en la sombra sucede lo contrario. Pedraza utiliza ese conocimiento para profundizar en una obra que, bajo su apariencia ligera, está construida sobre una tradición muy reconocible. No necesita desmontar el encanto de Lo que hacemos en las sombras para explicarlo; al contrario, su análisis permite descubrir mejor todo lo que hay detrás de su humor.
Por eso creo que este ensayo se disfruta más si se aborda como una nueva forma de mirar al vampiro que como una guía para entender una serie. Pedraza nos recuerda que esta criatura lleva mucho tiempo cambiando de aspecto y de significado. El castillo y la niebla han dejado paso a otros escenarios, y el vampiro puede aparecer ahora en una vivienda compartida, discutir con quienes viven con él o quedar en evidencia sin perder por ello su condición de criatura sobrenatural.
La parodia puede quitarle solemnidad, convertirlo en una figura ridícula e incluso dejarlo en una posición bastante poco digna. Lo que no consigue es hacerlo desaparecer. Bajo el humor siguen estando la muerte, la sangre y esa condición de criatura que pertenece a un mundo al que los vivos no deberían tener acceso.
Quizá esa sea una de las razones por las que el vampiro continúa funcionando después de tantos años. Puede cambiar de época, de apariencia y de género, pero seguimos reconociéndolo cuando aparece.
Y mientras eso ocurra, todavía habrá algo que observar en la sombra.
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