Pilar Pedraza tiene una capacidad poco frecuente para mirar aquello que solemos apartar de nuestra vista. Sus libros se detienen en los monstruos, los cuerpos extraños, las criaturas marginales y las figuras que la cultura ha convertido en símbolos del miedo o de la diferencia. Pero su interés no reside solo en el monstruo. Lo que le interesa es la mirada que lo construye.

En El salvaje interior y la mujer barbuda, publicado por Antipersona, Pedraza vuelve sobre una de sus obsesiones intelectuales: la representación de lo diferente y la necesidad humana de establecer fronteras entre lo normal y aquello que queda fuera de la norma.

Es un ensayo breve, apenas un centenar de páginas, pero su contenido abre muchas más cuestiones de las que permite desarrollar su extensión. Pedraza recorre la figura del salvaje y, en la segunda parte, se detiene en un caso mucho más concreto y perturbador: las mujeres cuyo cuerpo se apartaba del modelo femenino y que fueron convertidas en curiosidad, espectáculo y monstruo.

El salvaje que llevamos dentro

La primera parte del ensayo gira alrededor de la figura del salvaje en el imaginario europeo. El salvaje representa aquello que queda fuera de la civilización, de las reglas y de los límites que una sociedad establece para definirse a sí misma.

No es una figura inocente.

Para que exista un «civilizado» tiene que existir un «salvaje». Para definir aquello que consideramos normal necesitamos señalar aquello que no lo es. Pedraza muestra cómo esa oposición ha atravesado siglos de cultura europea y ha servido para construir una imagen del otro como alguien inferior, peligroso, primitivo o ajeno a nuestra comunidad.

El monstruo cumple una función parecida. No solo provoca miedo. También tranquiliza. Si conseguimos colocar la diferencia fuera de nosotros, podemos convencernos de que nosotros somos los normales.

Y ahí aparece una de las ideas más interesantes del ensayo: el salvaje también puede estar dentro de nosotros.

Lo que llamamos monstruoso no siempre procede de un territorio lejano ni pertenece a criaturas imaginarias. Puede aparecer en un cuerpo humano, en una conducta que se aparta de la norma o en aquello que una sociedad decide que debe ser ocultado.

La monstruosidad, por tanto, depende también de quién mira.

La mujer barbuda: cuando el cuerpo se convierte en espectáculo

La segunda parte del ensayo resulta aún más perturbadora porque Pedraza abandona en buena medida el terreno de las criaturas imaginarias para ocuparse de mujeres reales.

La mujer barbuda es una figura que durante siglos ha provocado fascinación, rechazo y curiosidad. Su cuerpo rompe una de las asociaciones más arraigadas de nuestra cultura: la identificación entre feminidad y ausencia de vello facial.

Una mujer con barba deja de encajar en el modelo establecido.

Y cuando un cuerpo no encaja, la sociedad puede intentar corregirlo, esconderlo o convertirlo en espectáculo.

Pedraza recupera historias de mujeres que fueron exhibidas por sus características físicas. Entre ellas aparece Julia Pastrana, uno de los casos más conocidos y terribles. Su cuerpo fue presentado ante el público como una rareza durante su vida y continuó siendo objeto de exhibición después de su muerte.

Lo verdaderamente inquietante no es que existieran personas con características físicas poco frecuentes. Lo inquietante es la mirada de quienes encontraron en esas diferencias una oportunidad para convertirlas en espectáculo. El cuerpo deja entonces de pertenecer a quien lo habita y se convierte en mercancía.

La construcción de la diferencia

Uno de los grandes aciertos del ensayo consiste en mostrar que la diferencia no es suficiente para explicar la exclusión. Hace falta una mirada que la convierta en anomalía.

La historia de las mujeres barbudas permite observar con claridad ese mecanismo. Una característica corporal se transforma en identidad. La persona desaparece detrás de aquello que la hace diferente. Ya no tenemos delante a una mujer con barba. Tenemos a «la mujer barbuda». La etiqueta sustituye a la persona.

Ese procedimiento no pertenece solo al pasado. Cambian las formas, cambian los discursos y cambian los espectáculos, pero continúa existiendo una tendencia a convertir determinados cuerpos en objeto de observación, juicio o consumo.

Por eso el ensayo de Pedraza, aunque parte de materiales históricos y culturales, no queda encerrado en ellos: nos obliga a mirar nuestro propio presente.

El cuerpo femenino bajo vigilancia

Aquí aparece otra de las cuestiones que hacen interesante la lectura: el cuerpo femenino.

La mujer barbuda no supone únicamente una anomalía física. Su existencia cuestiona una determinada idea de feminidad. El pelo se convierte en un problema porque contradice una imagen cultural del cuerpo femenino.

La cuestión no es la barba. La cuestión es quién decide cómo debe ser una mujer.

Pedraza muestra cómo el cuerpo femenino ha sido observado, clasificado, corregido y convertido en objeto de representación. La mujer que se aparta del modelo puede ser presentada como monstruosa, enferma, exótica o grotesca.

El cuerpo que no responde a las expectativas deja de ser un cuerpo y se transforma en una categoría.

Esta parte del ensayo conecta con una tradición muy amplia de representación de la mujer monstruosa. La literatura fantástica, el cine de terror y la cultura popular han utilizado con frecuencia cuerpos femeninos diferentes para representar aquello que provoca temor o rechazo.

Pero existe una diferencia importante entre el monstruo imaginario y las mujeres que Pedraza recupera.

Estas mujeres existieron.

No fueron creadas para una novela ni para una película. Fueron personas que tuvieron que vivir bajo la mirada de quienes encontraban en sus cuerpos algo digno de ser mostrado.

Una mirada que también incomoda

El salvaje interior y la mujer barbuda no es un ensayo que busque proporcionar respuestas cómodas. Su valor está, en buena medida, en las preguntas que deja abiertas.

Pedraza obliga al lector a enfrentarse a algo incómodo: nuestra fascinación por lo diferente.

Nos gusta pensar que la sociedad contemporánea ha superado determinadas formas de mirar al otro. Sin embargo, seguimos sintiendo curiosidad por aquello que se aparta de la norma. Seguimos clasificando los cuerpos. Seguimos estableciendo cánones de belleza. Seguimos utilizando palabras que convierten a determinadas personas en excepciones. La diferencia continúa siendo rentable.

Antes podía llenar un recinto de curiosos. Hoy puede convertirse en contenido, imagen o espectáculo en otros espacios. La forma cambia. El mecanismo puede permanecer.

Y esta es, para mí, una de las razones por las que el ensayo de Pedraza conserva interés más allá de los ejemplos históricos que presenta.

Un ensayo breve con un tema enorme

Hay que señalar también su principal limitación. El salvaje interior y la mujer barbuda es un libro breve y no pretende convertirse en un estudio exhaustivo sobre la monstruosidad, la representación del salvaje o la historia de las mujeres con características físicas excepcionales.

En algunos momentos se tiene la sensación de que determinadas cuestiones podrían haber dado lugar a un desarrollo mayor. Pedraza abre caminos que el propio formato del libro obliga a dejar apenas esbozados.

Pero esa brevedad también tiene una ventaja: el ensayo funciona como una puerta de entrada.

No pretende decirlo todo, sino despertar el interés por aquello que se encuentra detrás de las historias que cuenta. Después de leerlo resulta difícil contemplar de la misma manera determinadas representaciones del monstruo, del salvaje o del cuerpo femenino.

Y quizá ese sea uno de los mayores méritos de un ensayo: conseguir que el lector continúe pensando cuando ha terminado el libro.

El monstruo está en los ojos de quien mira

Pilar Pedraza vuelve a demostrar que lo monstruoso puede ser mucho más interesante cuando dejamos de preguntarnos qué es un monstruo y comenzamos a preguntarnos quién lo ha llamado monstruo.

El salvaje interior y la mujer barbuda habla de cuerpos diferentes, de criaturas imaginarias, de espectáculos y de representaciones culturales, pero en el fondo habla de algo mucho más próximo: habla de nosotros.

De nuestra necesidad de establecer límites. De nuestra incomodidad ante aquello que no reconocemos como propio. De nuestra fascinación por mirar aquello que consideramos extraño. Y, sobre todo, de la facilidad con la que una persona puede desaparecer detrás de una etiqueta.

La mujer barbuda deja entonces de ser una curiosidad histórica y se convierte en un espejo. Y quizá lo que nos devuelve ese espejo sea más inquietante que cualquier monstruo. Porque el verdadero salvaje no siempre está al otro lado de la frontera. A veces está dentro de nosotros.


Descubre más desde El baúl de Xandris

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.