No suelo acercarme demasiado a las novelas bélicas, y quizá por eso, El agujero de Helmand, la primera novela de Carlos Fidalgo, me parece una lectura interesante. Aunque la guerra de Afganistán constituye el escenario de la historia, Fidalgo no está interesado en construir una novela militar al uso. Las armas, los soldados y el paisaje forman parte de la narración, pero el verdadero interés está en la sensación de amenaza que va creciendo poco a poco y en esa frontera cada vez más difícil de distinguir entre lo que ocurre y lo que creemos que ocurre.
Publicada por Menoscuarto y ganadora del V Premio Tristana de Literatura Fantástica en 2010, El agujero de Helmand es una novela breve que consigue mucho con muy pocas páginas. El jurado destacó su clima de ansiedad, incertidumbre y terror, además de su concisión y eficacia narrativa.
La historia se sitúa en Afganistán, después de los atentados del 11 de septiembre, y tiene como protagonistas a un grupo de marines destinados en una zona aislada. Allí, mientras cumplen con una rutina marcada por el calor, el polvo, la vigilancia y el miedo a un enemigo que puede aparecer en cualquier momento, empiezan a percibir que hay algo más que no encaja en aquel paisaje.
Y es ahí donde comienza lo interesante.
Un paisaje que acaba formando parte de la amenaza
Fidalgo consigue que el paisaje afgano tenga una presencia casi física. El calor, la aridez, el viento, las montañas y el río Helmand no son simples elementos de ambientación, sino que contribuyen a crear una sensación de aislamiento muy poderosa. Los soldados están lejos de cualquier lugar conocido y esa distancia hace que el territorio se convierta poco a poco en una fuente más de inquietud.
El río tiene además una importancia especial. El Helmand no es solamente el lugar donde transcurre la historia, sino uno de los elementos que conectan distintos tiempos y permiten que la novela vaya más allá del conflicto contemporáneo.
Porque en ese mismo territorio estuvo Alejandro Magno.
Y Fidalgo utiliza esa presencia histórica para introducir una de las ideas fundamentales de la novela: la posibilidad de que el tiempo no avance siempre en línea recta.
La circularidad del tiempo
Uno de los aspectos que más me han interesado de El agujero de Helmand es precisamente esa concepción circular del tiempo. El Afganistán de los soldados estadounidenses se conecta con el pasado de Alejandro Magno y con una historia que parece repetirse de distintas maneras a través de los siglos.
No se trata de hacer una comparación histórica entre dos conflictos ni de establecer paralelismos fáciles. Lo que propone Fidalgo es algo más inquietante: la sensación de que determinados lugares conservan aquello que ha ocurrido en ellos y que, de alguna manera, el pasado puede seguir presente.
Esta idea encaja muy bien con la forma de entender la literatura que ha mostrado el autor a lo largo de su trayectoria. En su propia presentación de la obra reconoce su interés por las historias circulares, por el paso del tiempo y por los relatos ambiguos.
En El agujero de Helmand, esa concepción del tiempo se convierte en una fuente de inquietud.
Cuando la realidad empieza a resquebrajarse
La novela funciona especialmente bien cuando Fidalgo deja de ofrecer al lector una explicación clara y empieza a introducir pequeños elementos que hacen tambalear lo que parecía seguro.
Los soldados se encuentran con señales difíciles de interpretar y con una presencia que no termina de encajar en la realidad que conocen. A partir de ahí, la historia se mueve en una zona deliberadamente ambigua donde el lector tiene que decidir hasta qué punto puede confiar en lo que está viendo.
No voy a explicar qué hay detrás de esa amenaza porque sería quitarle buena parte de su interés a la novela. En este caso, creo que merece la pena llegar a ella sin demasiada información previa.
Lo que sí puedo decir es que Fidalgo entiende bien uno de los mecanismos esenciales del fantástico: el miedo funciona mejor cuando la explicación racional no desaparece por completo, sino que permanece al lado de otra posibilidad que resulta mucho más perturbadora.
La guerra sin épica
Aunque la novela está ambientada en un conflicto armado, no hay una voluntad de convertir la guerra en una aventura heroica. Los soldados están cansados, vigilan, esperan y conviven con la posibilidad permanente de morir. La rutina tiene tanto peso como la acción. Eso me ha parecido un acierto.
Fidalgo no necesita grandes batallas para transmitir la violencia del escenario. La amenaza está presente incluso durante los momentos de aparente calma y consigue que el lector comparta esa sensación de espera que forma parte de la vida de los personajes.
En este sentido, El agujero de Helmand se acerca más a una novela de atmósfera que a una narración bélica convencional. La guerra proporciona el contexto, pero el verdadero conflicto se encuentra en otro lugar.
Una narración seca y precisa
La forma de escribir de Fidalgo también contribuye a crear esa sensación. La novela utiliza una prosa contenida, con escenas breves y una narración que avanza sin recrearse en explicaciones. Ricardo Senabre (el filólogo y crítico literario, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada) señaló el carácter escueto de la narración y su construcción mediante secuencias breves, casi como sucesivos destellos.
Puede gustar más o menos este tipo de escritura, porque deja poco espacio para el desarrollo psicológico tradicional de los personajes. No estamos ante una novela que pretenda detenerse demasiado en sus protagonistas y explicar sus vidas, sus relaciones o sus conflictos interiores. Fidalgo parece más interesado en colocarlos dentro de una situación límite y observar qué ocurre cuando la realidad comienza a resultar incomprensible.
En mi caso, creo que esa contención beneficia a la historia. Si la novela se hubiera extendido demasiado o hubiera explicado cada elemento extraño, habría perdido parte de la tensión que consigue mantener.
Alejandro Magno y el eco del pasado
La incorporación de la expedición de Alejandro Magno podría haber resultado un simple recurso decorativo, pero cumple una función mucho más importante. El pasado y el presente terminan reflejándose entre sí y el paisaje se convierte en el punto de encuentro entre dos épocas.
Me gusta esa manera de utilizar la historia. No hace falta convertir a Alejandro Magno en protagonista ni ofrecer una reconstrucción histórica extensa. Basta con su sombra, con la idea de que otros hombres atravesaron aquel territorio miles de años antes y dejaron allí una huella que todavía parece tener consecuencias.
El pasado deja de ser algo terminado.
Y cuando una novela fantástica consigue que pensemos que un lugar puede conservar la memoria de quienes lo atravesaron, el paisaje adquiere otra dimensión.
Una novela breve que no necesita más páginas
El agujero de Helmand tiene una extensión reducida y, precisamente por eso, creo que conviene leerla como lo que es: una novela corta de atmósfera, no como una narración que pretende desarrollar durante cientos de páginas la guerra de Afganistán o la psicología de un grupo de soldados.
Su brevedad es una de sus virtudes.
Fidalgo plantea una situación, introduce progresivamente la extrañeza y conduce al lector hacia una zona en la que las certezas empiezan a desaparecer. No necesita explicar cada detalle ni resolver todas las preguntas. La inquietud procede en buena medida de aquello que queda sin respuesta.
Y esa ambigüedad es importante, porque permite que la historia continúe después de haber terminado la lectura.
El comienzo de una trayectoria
Vista ahora dentro de la trayectoria de Carlos Fidalgo, El agujero de Helmand permite reconocer algunas preocupaciones que reaparecerán en sus libros posteriores. La guerra volverá a aparecer en La Sombra Blanca, ambientada en la Primera Guerra Mundial, y más adelante en Stuka, aunque desde una perspectiva muy diferente. También encontraremos en su obra la relación entre historia y fantasía, la presencia de personajes atrapados en situaciones límite y ese interés por los lugares que parecen guardar memoria de lo sucedido.
Por eso me parece interesante recuperar esta primera novela y no acercarse a ella únicamente como el libro con el que Fidalgo ganó el Premio Tristana. Es, además, una obra que permite entender de dónde vienen algunas de las constantes de su narrativa.
El agujero de Helmand es una novela breve, inquietante y bien construida, que utiliza la guerra de Afganistán como punto de partida para adentrarse en un territorio mucho más ambiguo. No busca impresionar mediante la violencia ni explicar hasta el último detalle aquello que sucede, sino crear una atmósfera en la que el paisaje, el pasado y la amenaza terminan formando parte de una misma historia.
No es una novela bélica al uso, y quizá por eso me ha interesado especialmente. Lo que queda después de leerla no son tanto las escenas de combate como la sensación de haber estado en un lugar donde el tiempo parece comportarse de otra manera y donde el pasado todavía puede hacer sentir su presencia.
Una novela recomendable para quienes disfrutan de la literatura fantástica que prefiere sugerir antes que explicarlo todo y, también, para quienes quieran descubrir los comienzos literarios de Carlos Fidalgo.
Descubre más desde El baúl de Xandris
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
