El baile del fuego, de Carlos Fidalgo se puede leer como novela histórica, como historia de amor, como relato de fantasmas y hasta como una novela con cierto aire cinematográfico, pero ninguna de esas etiquetas por separado termina de explicar lo que propone. Lo interesante está en la forma en que todas ellas se cruzan y consiguen que una historia situada en unos años convulsos de nuestra historia conserve una dimensión íntima y literaria.

La novela, publicada por La Esfera de los Libros en 2023, arranca en el Madrid de 1935, cuando la Segunda República vive sus últimos momentos y la ciudad todavía conserva una efervescencia cultural que pronto quedará destruida por la Guerra Civil. En la Casa de las Siete Chimeneas, sede entonces del Club Lyceum, Amalia Quiroga interpreta al piano un fragmento de El amor brujo, de Manuel de Falla. Allí la conoce Vicente Yebra, un joven que aspira a convertirse en fotógrafo y que quedará fascinado por aquella mujer. Ese encuentro es el punto de partida de una historia que se extenderá a lo largo de varios años y que tendrá como telón de fondo algunos de los momentos más turbulentos de la España del siglo XX.

La Casa de las Siete Chimeneas fue uno de los elementos que más me llamó la atención antes incluso de entrar en la historia. La había encontrado en La biblioteca de fuego, de María Zaragoza, y volver a ella en una novela diferente me produjo esa sensación tan agradable de reconocer un espacio literario y descubrirlo desde otra perspectiva. En este caso, además, el edificio está relacionado con el antiguo Club Lyceum, un lugar vinculado a la vida cultural y a las primeras asociaciones femeninas de aquellos años.

Una novela construida sobre el encuentro

La relación entre Amalia y Vicente es el centro emocional de la novela, pero lo que me interesa de ella no es tanto la historia romántica en sí como la manera en que el autor la hace convivir con el tiempo histórico. El amor aparece en un momento en que Madrid todavía está lleno de posibilidades y de proyectos, cuando la cultura, la política y los cambios sociales forman parte de una ciudad que parece avanzar hacia un futuro distinto. Después llegará la guerra y todo cambiará.

Fidalgo utiliza ese contexto sin permitir que la novela quede absorbida por la reconstrucción histórica. La relación entre los protagonistas sigue siendo el hilo que mantiene unida la narración y permite que los grandes acontecimientos se contemplen desde una perspectiva más personal. La historia no pretende contar la Guerra Civil, sino contar qué puede ocurrirle a unas personas cuando la guerra irrumpe en sus vidas.

Esa elección hace que El baile del fuego resulte más cercana de lo que podría parecer por su ambientación. Detrás de los acontecimientos históricos están las decisiones individuales, las separaciones, las esperas y la necesidad de seguir adelante cuando el mundo que se conocía ha desaparecido.

El título y la música

El título de la novela tiene su origen en la música de El amor brujo, de Manuel de Falla, y en la danza ritual del fuego que interpreta Amalia cuando Vicente la conoce. No es un detalle menor ni una simple referencia estética: la música está ligada desde el comienzo a la fascinación que ejerce Amalia y termina funcionando como una especie de motivo recurrente de la historia.

Me gusta esa elección porque introduce una dimensión casi mágica en una novela que se mueve entre acontecimientos históricos muy concretos. El fuego puede ser pasión, destrucción, memoria y también algo que permanece cuando todo lo demás ha cambiado.

Ahí entra uno de los elementos que más personalidad aportan al libro: lo fantástico. Fidalgo no construye una novela de fantasmas convencional. Lo sobrenatural aparece integrado en la historia y contribuye a crear una atmósfera en la que el pasado parece negarse a desaparecer. La frontera entre lo vivido, lo recordado y lo imaginado se vuelve menos precisa, y esa incertidumbre encaja bien con una novela preocupada por la memoria.

Madrid como personaje

Uno de los grandes atractivos de El baile del fuego es su Madrid. Fidalgo recorre una ciudad que cambia de manera radical a lo largo de la novela y utiliza sus espacios para mostrar también esa transformación.

Está el Madrid cultural de los últimos años de la República, con sus recitales, sus escritores, sus artistas y sus asociaciones. Está después el Madrid de la guerra, marcado por los bombardeos y la incertidumbre, y aparece finalmente una ciudad muy distinta, atravesada por la pobreza y la dureza de la posguerra, pero también por la vida nocturna y por el mundo del espectáculo.

La novela se mueve por lugares reconocibles, desde la Casa de las Siete Chimeneas hasta los cafés, hoteles y locales de la Gran Vía. Esa atención a los espacios aporta mucho a la narración porque permite que la ciudad no sea un simple decorado. Madrid cambia al mismo tiempo que sus personajes. Y hay una parte de ese Madrid que, como amante del cine y de la literatura, he disfrutado.

Escritores, artistas y estrellas de cine

Fidalgo introduce en la historia a personajes reales de la cultura española e internacional. Federico García Lorca, Salvador Dalí, Rafael Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández, Hemingway, Ava Gardner, Frank Sinatra o Luis Miguel Dominguín aparecen relacionados con los protagonistas y con los ambientes que recrea la novela.

Esta presencia de personajes históricos siempre entraña un riesgo. Cuando una novela incorpora figuras tan conocidas, pueden terminar robando protagonismo a los personajes de ficción o convertirse en simples apariciones destinadas a provocar reconocimiento en el lector.

Aquí, en general, creo que Fidalgo consigue integrarlos dentro de su propuesta. No pretende escribir una biografía novelada de ninguno de ellos, sino utilizarlos para reconstruir un ambiente cultural y social concreto. El lector tiene la oportunidad de encontrarse con personajes que pertenecen a la historia mientras sigue una trama que continúa siendo fundamentalmente una obra de ficción. Y eso enlaza con una de las cuestiones más interesantes de la novela: la relación entre verdad y ficción.

Cuando la ficción se apodera de la historia

Vicente Yebra es narrador y también protagonista, y su manera de contar los acontecimientos introduce desde el principio una cierta desconfianza. No estamos ante una voz completamente transparente que se limite a transmitir lo ocurrido; hay imaginación, recuerdos y reconstrucción.

Esa elección permite a Fidalgo jugar con algo que me parece muy atractivo en la novela histórica: el punto en que los hechos documentados dejan paso a la ficción y, sin embargo, ambas cosas terminan pareciendo verdaderas. Porque la literatura también fabrica memoria.

Cuando alguien cuenta una historia una y otra vez, determinados detalles terminan adquiriendo una consistencia que ya no depende de que hayan sucedido así. Y ese juego entre lo que ocurrió y lo que podría haber ocurrido recorre El baile del fuego de una manera bastante natural.

Una novela con espíritu cinematográfico

La relación de Carlos Fidalgo con el periodismo y su conocimiento del mundo del cine se perciben en la construcción de la novela. Hay escenas que parecen pensadas visualmente y una atención especial a los espacios, los ambientes y los personajes que recuerda al lenguaje cinematográfico.

En este sentido, el Madrid nocturno tiene un atractivo particular. Los cabarets, los hoteles, los cafés y las estrellas que circulan por la ciudad permiten que la novela adquiera por momentos un aire casi de película.

Es difícil no pensar en Cabaret cuando aparece ese Berlín convertido en espectáculo, pero aquí estamos en otro lugar y en otro contexto: el Madrid de la posguerra, con sus propias contradicciones, sus miserias y sus momentos de brillo. La comparación me sirve más como sensación que como referencia directa, porque lo que hace Fidalgo es construir su propio escenario cinematográfico.

Y quizá ahí esté uno de los encantos de la novela: mientras la historia avanza por territorios dolorosos, el autor consigue mantener cierta fascinación por una época en la que convivieron la cultura, la pobreza, la guerra, el deseo y el espectáculo.

Una historia de amor atravesada por la historia

No diría que El baile del fuego sea una novela histórica en el sentido más tradicional del género. Su interés no reside tanto en reconstruir con exhaustividad una época como en utilizarla para contar una historia de personajes.

Tampoco es solo una novela romántica. El amor entre Amalia y Vicente funciona como eje narrativo, pero está condicionado continuamente por aquello que sucede a su alrededor.

Y tampoco es una novela fantástica convencional, aunque los fantasmas tengan su espacio.

Precisamente por eso me parece acertado hablar de una novela híbrida. Los diferentes elementos no están colocados unos junto a otros como piezas independientes, sino que se necesitan entre sí para que la historia funcione. La historia de amor aporta emoción; la reconstrucción histórica aporta contexto; los personajes reales aportan una dimensión documental y cultural, y el elemento fantástico introduce esa sensación de que el pasado puede permanecer vivo de una manera que no siempre sabemos explicar.

Una lectura ágil y con mucho ambiente

Uno de los aspectos que más destacaría es el ritmo. El baile del fuego se lee con facilidad y mantiene el interés gracias a una narración que avanza sin detenerse demasiado en explicaciones innecesarias. Fidalgo sabe introducir la información histórica dentro de la acción y evita que la documentación termine convirtiéndose en un lastre.

Eso no significa que todo tenga la misma intensidad. En algunos momentos, la abundancia de personajes reales y referencias históricas puede hacer que la narración se disperse un poco, sobre todo para quien busque una historia centrada de principio a fin en los protagonistas. Sin embargo, esa amplitud también forma parte de la propuesta y contribuye a crear la sensación de estar recorriendo una época completa.

Lo que permanece después de la lectura es, sobre todo, la imagen de una ciudad y de unos personajes intentando vivir mientras la Historia, con mayúsculas, decide por ellos.

Una novela para volver a un tiempo que no fue mejor

El baile del fuego me ha gustado por esa capacidad para recuperar una época que conocemos a través de fotografías, nombres y acontecimientos históricos y convertirla en algo más cercano. Fidalgo consigue que por sus páginas circulen escritores, músicos, periodistas, actores y personajes que forman parte de nuestra memoria cultural sin que la novela pierda su condición de ficción.

También me ha gustado que el autor no caiga en esa nostalgia tan frecuente cuando se recrea el pasado. Podemos sentir fascinación por el Madrid de Lorca, por los cafés, los cabarets o las noches de las estrellas de Hollywood, pero sabemos que detrás de esa imagen había una sociedad atravesada por la desigualdad, la violencia y la guerra. Ningún tiempo pasado fue mejor para quienes tuvieron que sufrirlo.

Quizá esa sea una de las ideas que mejor quedan después de cerrar el libro: podemos sentir nostalgia por una época que no vivimos, imaginar cómo habría sido conocer a Lorca, coincidir con Hemingway o encontrarnos con Ava Gardner en una noche madrileña, pero la literatura nos permite mirar también aquello que queda fuera de la fotografía.

El baile del fuego es una novela histórica con una importante dimensión romántica y fantástica, pero sobre todo es una historia sobre el paso del tiempo, la memoria y la capacidad de la ficción para reconstruir aquello que la historia dejó atrás. Una lectura ágil, entretenida y con una ambientación muy cuidada que me ha permitido volver a unos años convulsos de nuestra historia desde una perspectiva cercana y muy literaria.


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