Santiago Posteguillo es un autor sobradamente conocido por sus novelas históricas, en especial por las trilogías dedicadas a Escipión, a Trajano y a Julia. Sin embargo, si hay una parte de su obra que me interesa de forma especial es la que dedica a la historia de la literatura.

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, La sangre de los libros y El séptimo círculo del infierno forman una trilogía de relatos y episodios sobre escritores, libros y circunstancias que, en muchos casos, quedaron fuera de los grandes relatos de la literatura. En este último volumen, Posteguillo dirige la mirada hacia quienes tuvieron que enfrentarse a alguno de los muchos infiernos que pueden rodear la creación literaria: la guerra, la censura, la persecución política, el exilio, la enfermedad, el hambre, la discriminación o la pérdida de un ser querido.

Y aquí está, para mí, una de las grandes virtudes de El séptimo círculo del infierno: no se limita a hablar de grandes escritores, sino que recupera también nombres que han quedado en segundo plano por razones que nada tienen que ver con su talento.

Una historia de la literatura escrita desde sus infiernos

El planteamiento de Posteguillo parte de una idea muy atractiva: detrás de muchos libros que hoy consideramos imprescindibles hubo vidas marcadas por circunstancias terribles.

Rudyard Kipling tuvo que enfrentarse a la muerte de su hija Josephine. Imre Kertész sufrió el horror del Holocausto y la experiencia de ser rechazado por parte de quienes deberían haber entendido su obra. Carson McCullers tuvo que luchar contra los prejuicios de una sociedad que menospreciaba a las mujeres escritoras.

Son solo algunos de los nombres que aparecen en un recorrido que atraviesa épocas, países y circunstancias muy distintas. El autor convierte cada episodio en una pequeña puerta de entrada a la vida y a la obra de un escritor.

Y eso hace que el libro tenga un efecto que agradezco mucho como lectora: después de cerrar algunas de sus páginas dan ganas de buscar esos nombres, recuperar sus libros y descubrir qué había detrás de ellos.

Escritores olvidados por razones que no tenían que ver con su talento

Considero El séptimo círculo del infierno el mejor de los tres libros de esta serie y una de las razones es precisamente esa mirada hacia escritores que han quedado fuera del canon o han recibido menos reconocimiento del que merecían.

Mujeres, escritores perseguidos por su orientación sexual, autores racializados, escritores censurados o perseguidos por razones políticas aparecen en estas páginas junto a figuras mucho más conocidas.

Posteguillo no pretende construir una historia alternativa de la literatura, pero sí poner el foco sobre aquellos autores cuya trayectoria permite entender hasta qué punto las circunstancias personales, sociales y políticas pueden condicionar la recepción de una obra.

En ese sentido, el libro tiene algo de reivindicación literaria. No basta con preguntarse qué autores hemos leído. También conviene preguntarse cuáles no hemos leído y por qué.

Un libro que amplía las lecturas

Hay otro motivo por el que este tercer volumen me ha gustado más que los anteriores: esta vez Posteguillo consiguió llevarme hacia autores que yo no conocía.

Ese es, para mí, uno de los mayores elogios que se le pueden hacer a un libro sobre literatura. Una obra que habla de otros libros puede quedarse en una sucesión de nombres y referencias, pero El séptimo círculo del infierno consigue despertar curiosidad.

Mientras lo leía me encontré pensando en esos autores y buscando sus obras. Algunas historias despertaron recuerdos; otras me llevaron hacia lecturas que no estaban en mi horizonte.

Entre ellas hay dos que tenían para mí un interés especial.

Una es la dedicada a Pearl S. Buck, una escritora a la que tengo un cariño especial. Posteguillo habló de ella en la conferencia que ofreció antes de la cena de El sabor de las palabras, y volver a encontrar su historia en este libro me hizo disfrutar todavía más del capítulo.

La otra es Carson McCullers. Su nombre me resultaba familiar, aunque en aquel momento no recordaba bien de dónde. Después recordé que había aparecido en otra conferencia y que, tras asistir a ella, busqué sus obras. También descubrí que algunas de sus historias me resultaban conocidas por sus adaptaciones cinematográficas.

Este tipo de conexiones son una de las cosas que más valoro en los libros que hablan de literatura: cuando una lectura no termina en la última página, sino que abre otras puertas.

Posteguillo también se moja

En los dos libros anteriores me gustó el recorrido por la historia literaria, pero en El séptimo círculo del infierno encontré algo que hace que el conjunto me resulte más personal: Posteguillo introduce con mayor claridad sus propias opiniones.

Eso se aprecia en distintos momentos del libro y, para mí, funciona especialmente bien porque evita que los relatos se conviertan en simples estampas biográficas.

El epílogo me parece uno de los mejores momentos del libro. También quiero destacar el capítulo dedicado a los perros. Además de ser un episodio necesario dentro del planteamiento de la obra, me pareció especialmente bonito.

Y hay una referencia que quienes hayan leído a Stephen King entenderán enseguida: yo también pensé en enviar a Cujo.

No voy a explicar más porque perdería parte de la gracia. Hay detalles que es mejor descubrir leyendo.

La censura y el derecho a leer

Otro de los episodios que más me llamó la atención es el relacionado con la censura y con El maestro del Prado, de Javier Sierra, novela publicada antes de que su autor obtuviera el Premio Planeta por El fuego invisible en 2017.

El episodio plantea una cuestión que sigue teniendo interés: la censura no siempre adopta las formas que asociamos con los regímenes del pasado. También puede aparecer bajo mecanismos más discretos, capaces de limitar el acceso a una obra o de condicionar la forma en que recibimos la cultura.

Posteguillo aborda este asunto desde su particular mirada sobre la literatura y los libros, y es uno de esos momentos en los que el ensayo deja de ser una sucesión de historias sobre escritores para plantear preguntas que van más allá de ellos.

Porque hablar de censura también significa hablar de quién decide qué podemos leer, qué se oculta y qué termina llegando al lector.

«No solo hay que leer aquello con lo que se está de acuerdo»

Hay una frase de El séptimo círculo del infierno que me quedé y que resume bastante bien una forma de entender la lectura:

«… no sólo hay que leer aquello con lo que se está de acuerdo».

Es una idea que comparto y que intento aplicar a mis propias lecturas.

Leer no consiste en buscar que cada libro confirme lo que ya pensamos. También consiste en enfrentarnos a otras ideas, a otras formas de entender el mundo y, en ocasiones, a planteamientos que nos incomodan.

En el libro, el fragmento que sigue a esta frase, en la página 182, desarrolla una reflexión que puede cambiar la percepción que tenemos de la cultura y de nuestra relación con ella. No voy a reproducirla aquí porque creo que merece la pena llegar hasta ella dentro del propio libro.

Un homenaje a quienes hicieron literatura desde la adversidad

El séptimo círculo del infierno es un homenaje a escritores y escritoras que tuvieron que crear mientras alrededor suyo ocurrían cosas capaces de destruir cualquier vocación literaria.

Pero también es un libro sobre la resistencia de los libros.

Porque, al final, eso es lo que queda. Una obra puede sobrevivir a la censura, a la persecución, al olvido y hasta a la muerte de quien la escribió. Puede atravesar décadas y llegar a lectores que ni siquiera habían nacido cuando fue publicada.

Y Posteguillo consigue que nos fijemos en algunos de esos escritores que estaban ahí, esperando que alguien volviera a contar sus historias.

Por todo ello, considero El séptimo círculo del infierno el mejor de los tres volúmenes de esta serie sobre la historia de la literatura. Y si alguien no ha leído los anteriores, recomiendo empezar por La noche en que Frankenstein leyó el Quijote y continuar con La sangre de los libros.

Además, creo que son libros que pueden funcionar muy bien como puerta de entrada a la literatura para lectores jóvenes. Si un profesor de Literatura consigue que alguno de sus alumnos deje el móvil durante un rato para buscar quién fue Carson McCullers, Pearl S. Buck, Imre Kertész o cualquiera de los autores que aparecen aquí, el libro ya habrá cumplido una de sus mejores funciones.

Porque una buena historia sobre libros no debería limitarse a hablarnos de literatura.

Debería conseguir que quisiéramos leer.


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