Hay películas que olvidamos a los pocos días de haberlas visto y otras que permanecen durante años, aunque ya no recordemos todos sus diálogos. Algunas imágenes se quedan ahí, en algún lugar de la memoria, esperando que la vida les dé un sentido diferente. Porque quizá eso sea lo que hacemos con las películas: aprender de ellas, imitar sus gestos, esperar que nuestra historia se parezca a alguna de las que hemos visto en la pantalla. María José Navia parte de esa idea en Todo lo que aprendimos de las películas, un libro de diez relatos en el que el cine funciona como espejo, como memoria y también como engaño.

Publicado por Páginas de Espuma en 2023 y finalista del Premio Ribera del Duero, el libro confirma el dominio de Navia sobre el cuento y su capacidad para construir historias que parecen sencillas hasta que algo empieza a desplazarse bajo ellas.

Las películas siempre nos mienten

El primer relato, «Mal de ojo», establece desde el comienzo algunas de las claves que después recorren el conjunto. Una mujer acude a una consulta oftalmológica y allí establece una relación peculiar con un hombre y su hijo. La mirada, la enfermedad y el deseo de pertenecer se convierten en elementos narrativos que van mucho más allá de la anécdota.

La elección de este cuento para abrir el volumen no parece casual. La visión será una de las preocupaciones que atraviesan el libro, pero también lo será la dificultad para interpretar aquello que tenemos delante. Ver no significa comprender. Y las películas, como la propia literatura, pueden ofrecernos una versión de la realidad que necesitamos creer.

Navia juega con esa distancia entre lo que esperamos y lo que ocurre. El cine nos ha acostumbrado a determinadas estructuras: sabemos que determinados personajes terminarán juntos, que después de la tragedia llegará la reparación, que las historias tienen un principio, un conflicto y un desenlace. La vida, por supuesto, no funciona así.

Y ahí aparece una de las grandes ironías del libro: hemos aprendido mucho de las películas, pero quizá algunas de las cosas que aprendimos eran mentira.

Diez relatos que parecen formar una sola historia

Aunque Todo lo que aprendimos de las películas se presenta como un libro de relatos, existe una continuidad entre las historias que hace que la lectura pueda percibirse como algo más que una simple sucesión de cuentos independientes. Distintos críticos han señalado esa sensación de unidad e incluso han leído el volumen como una novela fragmentaria.

Los relatos comparten preocupaciones, atmósferas y personajes que parecen cambiar de papel de una historia a otra. Es como si Navia hubiera construido una película dividida en secuencias y hubiera decidido que algunos rostros reaparecieran interpretando personajes distintos.

Ese procedimiento resulta interesante porque refuerza la relación entre literatura y cine que propone el título. En una película reconocemos a un actor aunque interprete a otra persona. Aquí sucede algo parecido con los nombres, las situaciones y determinados conflictos. Algo nos resulta familiar, pero nunca termina de ser lo mismo.

El efecto es inquietante. También obliga al lector a permanecer atento, porque el libro no entrega todas sus conexiones de manera evidente.

Mujeres frente a la pérdida

Uno de los grandes ejes del libro es la experiencia femenina. Las protagonistas se enfrentan a pérdidas, deseos frustrados, maternidades imposibles, relaciones familiares complejas y cuerpos que dejan de responder a aquello que se esperaba de ellos.

Pero Navia no convierte estos conflictos en discursos. Los introduce en las historias y deja que sean los personajes quienes soporten su peso.

La maternidad aparece relacionada con el deseo, pero también con la imposibilidad. El embarazo, la gestación, la pérdida y el cuerpo adquieren una dimensión que desborda lo individual. Son experiencias íntimas, pero también están atravesadas por las expectativas sociales y por esa idea tan arraigada de que determinadas etapas de la vida deberían suceder de una forma concreta.

Aquí la escritora resulta especialmente eficaz porque evita explicar demasiado. Sus personajes no necesitan convertirse en portavoces de una tesis. Les basta con vivir aquello que les ocurre.

El cuerpo como territorio extraño

En estos cuentos el cuerpo tampoco es un espacio seguro. La visión puede deteriorarse, el embarazo puede no llegar a término, la enfermedad puede alterar la percepción de la realidad y aquello que debería ser familiar puede convertirse en algo extraño.

Esta preocupación por el cuerpo conecta con una de las características más interesantes de la narrativa de Navia: la capacidad para introducir elementos inquietantes en situaciones cotidianas.

No necesita construir un terror convencional. Le basta con modificar ligeramente la realidad.

Una consulta médica puede convertirse en un lugar extraño. Una familia puede adquirir una dimensión amenazadora. Una habitación puede dejar de ser refugio. Una relación que parece normal puede revelar una grieta que estaba allí desde el principio.

Por eso algunos de estos cuentos se acercan al fantástico y a lo distópico sin necesidad de instalarse por completo en ninguno de esos territorios. La amenaza no siempre procede de algo sobrenatural. A veces procede de la propia vida.

El cine como estructura y como memoria

El título no funciona como una simple declaración de intenciones. El cine está presente en la estructura del libro, en los epígrafes y en la forma en que las historias parecen construirse mediante escenas, encuadres y cambios de perspectiva.

Navia sabe que el lector también lleva consigo una educación cinematográfica. Hemos aprendido a reconocer determinados códigos. Sabemos qué significa una puerta que se cierra, una habitación vacía, un personaje que observa desde lejos o una imagen que parece no tener importancia hasta que reaparece más adelante.

La autora utiliza esa memoria colectiva para jugar con nuestras expectativas.

Y lo hace sin convertir el libro en un catálogo de películas. Lo importante no es reconocer todas las referencias, sino comprender qué han dejado esas imágenes en nuestra forma de mirar.

Porque quizá aprendemos de las películas incluso cuando sabemos que nos están mintiendo.

Una literatura de atmósferas

Uno de los mayores aciertos del libro está en la atmósfera. María José Navia consigue que muchas de sus historias transmitan una sensación de amenaza sin necesidad de recurrir a grandes acontecimientos.

Hay algo que no termina de encajar.

Una incomodidad que crece.

Una realidad que parece a punto de romperse.

El resultado es una narrativa en la que lo cotidiano adquiere una tonalidad extraña. La escritora no necesita cargar las escenas de explicaciones para producir ese efecto. Su prosa es contenida y precisa, y precisamente por eso las imágenes adquieren fuerza.

La oscuridad de estos relatos tampoco es uniforme. Junto al dolor aparece el humor, junto a la pérdida aparece el deseo y junto a la sensación de desastre existe también la posibilidad de encontrar algún tipo de vínculo.

No estamos ante personajes que se limitan a sufrir. Son personas que intentan encontrar una manera de continuar.

Cuando los cuentos dejan un eco

Al cerrar el libro, algunas escenas continúan trabajando en la memoria. Las relaciones entre los cuentos empiezan a adquirir otro sentido y determinadas imágenes regresan.

Eso explica que pueda leerse como una especie de película mental formada por diferentes secuencias. La propia editorial habla de diez tramas que terminan componiendo un mismo largometraje, una idea que encaja con la estructura y las conexiones internas del volumen.

Navia no busca cerrar todas las historias con una explicación tranquilizadora. Al contrario, deja espacios para que el lector complete aquello que falta. Y ahí está buena parte de la fuerza del libro.

María José Navia y la extrañeza de lo cotidiano

Todo lo que aprendimos de las películas es un libro sobre el cine, pero sería quedarse en la superficie definirlo solo así. Es un libro sobre la memoria, sobre las expectativas que construimos a partir de las historias que hemos consumido, sobre las relaciones familiares, sobre el cuerpo y sobre la dificultad de aceptar que la vida no sigue el guion que imaginamos.

María José Navia utiliza el cine como punto de partida para hablar de otra cosa: de aquello que hacemos con nuestras pérdidas y con nuestros deseos cuando descubrimos que no existe un director que vaya a ordenar las escenas.

Por eso estos cuentos pueden resultar incómodos. No prometen una resolución limpia. Tampoco necesitan hacerlo. La vida continúa fuera de plano.

Y quizá eso sea lo que hemos aprendido de las películas: que esperamos que alguien nos diga cuándo empieza la historia, cuándo llega el momento decisivo y cuándo debemos interpretar que todo ha terminado. Navia nos recuerda que, en la vida real, la pantalla permanece encendida mucho después de los créditos.


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