No suelo leer novelas bélicas. La guerra, como escenario literario, no suele estar entre mis preferencias y por eso suelo pasar este tipo de historias. Con Stuka, sin embargo, hice una excepción. No fue tanto porque la novela hubiera obtenido el Premio Letras del Mediterráneo 2020 de Novela Histórica, aunque el reconocimiento despertó mi interés, sino porque ya conocía a Carlos Fidalgo y había leído algunas de sus entrevistas y artículos publicados. Aquellos textos me hicieron pensar que detrás de una novela sobre un avión de combate podía haber algo bastante más interesante que una sucesión de batallas. Y lo hay.
Stuka utiliza la historia de un avión de la Luftwaffe y de uno de sus pilotos para acercarse a la Guerra Civil española y a la Segunda Guerra Mundial, pero Carlos Fidalgo no escribe una novela bélica al uso. La guerra está presente en toda la historia, pero no constituye un espectáculo. Lo que le interesa son sus consecuencias, especialmente sobre quienes no han elegido participar en ella y terminan pagando sus consecuencias. Entre esas víctimas aparecen de manera muy clara las mujeres, cuya vulnerabilidad aumenta en un contexto en el que la violencia se convierte en una herramienta más de la guerra. Ese enfoque fue lo que hizo que la novela me interesara más de lo que esperaba.
Un avión como punto de partida
El Stuka es una máquina diseñada para matar y su presencia sobrevuela toda la novela como una amenaza. Fidalgo aprovecha sus características y su papel histórico para construir alrededor de él una narración que conecta distintos momentos y escenarios de la Europa en guerra. El avión no es únicamente un elemento militar; termina adquiriendo una dimensión simbólica, porque representa una forma de entender la guerra desde el aire, donde quienes reciben las bombas se convierten en cifras y objetivos.
La novela nos lleva hasta el Berlín de los Juegos Olímpicos de 1936, un momento en el que el régimen nazi intentó mostrar al mundo una Alemania moderna, poderosa y ordenada. La presencia de Jesse Owens, con sus cuatro medallas de oro, introduce una de esas contradicciones históricas que resultan difíciles de ignorar: mientras el régimen utiliza los Juegos como escaparate, la realidad política y social que hay detrás de esa imagen resulta muy distinta. Fidalgo sabe aprovechar ese contraste sin necesidad de convertir la novela en una lección de historia.
Después, la historia se desplaza hacia la Guerra Civil española y los bombardeos de la Legión Cóndor sobre el Alto Maestrazgo. Allí la guerra adquiere otra dimensión porque deja de ser una cuestión de estrategias militares y se convierte en una experiencia cotidiana para la población civil. Los bombardeos no distinguen entre quienes combaten y quienes simplemente intentan sobrevivir.
Y esa es una de las cuestiones que más me han interesado de Stuka: la mirada hacia quienes quedan atrapados en medio de conflictos que no han provocado.
Heiko Weber, un personaje lleno de contradicciones
Heiko Weber es uno de los personajes centrales de la novela y, también, uno de los más complejos. Es un piloto alemán y un nazi convencido, alguien que cree en el destino de Alemania y en los valores que defiende el régimen. Pero Fidalgo introduce en él una contradicción que resulta fundamental para comprender al personaje y que tiene que ver con su propia identidad.
No estamos ante un personaje construido para que el lector pueda situarlo con comodidad entre los buenos y los malos. Weber pertenece al régimen y participa en la maquinaria de guerra, pero al mismo tiempo existen en él dudas y conflictos personales que van adquiriendo importancia a medida que avanza la historia.
Esa ambivalencia me parece uno de los aciertos de la novela. No porque convierta al personaje en alguien justificable, sino porque evita que quede reducido a una caricatura del nazi perverso. Una persona puede formar parte de una ideología criminal y, al mismo tiempo, vivir sus propias contradicciones. Fidalgo utiliza esa tensión para explorar la identidad sexual en un régimen que perseguía cualquier comportamiento que se apartara de sus normas.
La guerra vista desde quienes no tienen poder
Aunque el Stuka y su piloto ocupan un lugar importante, la novela no se queda en ellos. Hay otras miradas que permiten comprender mejor las consecuencias de la guerra y, sobre todo, el lugar que ocupan las víctimas civiles.
Una de ellas es la de una adolescente evacuada de Madrid durante la Guerra Civil. Su experiencia permite acercarse a una población que intenta escapar de los bombardeos y descubrir que en una guerra no siempre existe un lugar verdaderamente seguro. La otra corresponde a una joven extranjera trasladada a Alemania para trabajar en condiciones de explotación durante los últimos años del conflicto.
Son personajes que permiten que la novela abandone por momentos el punto de vista de quienes manejan las armas para fijarse en quienes sufren sus consecuencias. Y ahí es donde Stuka encuentra buena parte de su fuerza.
Fidalgo no necesita recrearse en la violencia para mostrar su brutalidad. De hecho, creo que la novela funciona mejor precisamente cuando evita convertir el sufrimiento en espectáculo. La guerra está ahí, con toda su crudeza, pero lo que permanece es la sensación de indefensión de quienes quedan atrapados dentro de ella.
Berlín entre el espectáculo y la destrucción
Uno de los escenarios que más he disfrutado es Berlín. El autor conoce bien el mundo del cine y esa experiencia se nota en la forma en que construye determinados ambientes, especialmente los relacionados con los cabarets y la vida nocturna de la ciudad.
Hay algo casi cinematográfico en esas escenas. Resulta inevitable pensar en Cabaret, una de mis películas preferidas, aunque aquí la mirada de Fidalgo nos lleva hacia un Berlín que convive con la propaganda, la tensión política y una sociedad que está cambiando a una velocidad vertiginosa.
Ese Berlín de 1936 contrasta con la ciudad destruida de 1945. El escenario que antes podía presentarse ante el mundo como símbolo de poder aparece ahora marcado por la derrota y la destrucción. La transformación de la ciudad funciona así como una imagen de la propia evolución del régimen: del esplendor propagandístico a su derrumbe.
Ese contraste está bien conseguido porque no depende solo de las grandes escenas históricas. También se percibe en los espacios, en la forma de vivir de los personajes y en la progresiva desaparición de cualquier sensación de normalidad.
Una novela con ritmo cinematográfico
La lectura resulta ágil. Los capítulos son breves y la alternancia de escenarios y personajes contribuye a mantener el interés. En algunos momentos tuve la sensación de estar ante un cruce entre una novela histórica, un buen reportaje y un guion cinematográfico, y creo que esa comparación tiene que ver con la manera en que Fidalgo construye las escenas.
Se nota que el autor procede también del periodismo. Hay una atención especial al contexto histórico y a los detalles que permiten situar al lector en cada momento, pero la documentación no pesa sobre la narración. El ritmo evita que la novela se convierta en una acumulación de datos.
También me ha gustado la presencia del cine como referencia cultural. No es un añadido decorativo, sino una parte de esa atmósfera que rodea al Berlín de la época y que permite establecer un contraste entre la imagen que una sociedad proyecta y aquello que ocurre detrás de esa imagen.
Una novela histórica que mira más allá de la guerra
Stuka me ha resultado una sorpresa precisamente porque partía de un género que no suelo frecuentar. Esperaba encontrar una novela centrada en aviones, batallas y movimientos militares y me he encontrado con una historia mucho más interesada en las personas que en las estrategias bélicas.
La guerra sirve como escenario, pero el verdadero interés está en lo que provoca en quienes la viven. La pérdida, el miedo, la identidad, la violencia contra las mujeres y la imposibilidad de mantenerse al margen de un conflicto atraviesan la novela y hacen que su lectura vaya más allá de la recreación histórica.
Carlos Fidalgo consigue además algo que no siempre es fácil en este tipo de narrativa: mantener el ritmo sin sacrificar el contexto. La novela avanza con rapidez, pero detrás de esa agilidad hay una investigación histórica que permite comprender los lugares y los acontecimientos que aparecen en sus páginas.
No sé si Stuka conseguiría hacerme cambiar de opinión sobre las novelas bélicas, porque sigo sin sentir una especial atracción por el género. Pero sí ha conseguido algo más importante: demostrarme que una novela ambientada en una guerra puede interesarme cuando decide mirar más allá de las armas y centrarse en las personas que quedan debajo de ellas.
Por eso me alegro de haber cedido a la curiosidad.
Stuka es una novela histórica ágil, bien documentada y con un marcado componente cinematográfico, pero sobre todo es una historia sobre las víctimas de la guerra y sobre las contradicciones de quienes participan en ella. Una lectura recomendable para quienes disfrutan de la novela histórica y también para quienes, como yo, normalmente prefieren mantener cierta distancia de las novelas bélicas.
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