Hay algo que empieza a resultar curioso en la lectura de algunas novelas recientes. No porque estén escritas por inteligencia artificial, sino porque, siendo obras humanas, producen una sensación parecida a la que dejan ciertos textos generados por una máquina: todo está en su sitio y, sin embargo, falta algo.

La gramática funciona, las frases son correctas, la narración avanza, los personajes expresan lo que tienen que expresar y las emociones aparecen identificadas. No hay grandes errores que señalar. Tampoco hay, en muchos casos, una torpeza evidente. Lo que falta es otra cosa: una voz.

La cuestión resulta más interesante si cambiamos la pregunta. En lugar de preguntarnos cómo detectar si una novela ha sido escrita con inteligencia artificial, quizá deberíamos preguntarnos por qué una novela escrita por una persona puede llegar a sonar como si hubiera sido producida por una máquina.

La respuesta no está solo en la tecnología. De hecho, la inteligencia artificial no ha inventado la prosa neutra. Ha aprendido a reproducirla porque esa forma de escribir ya estaba ahí.

La obsesión por escribir correctamente

Durante años se ha insistido en que un texto debe estar bien escrito. Parece una afirmación difícil de discutir, pero contiene una trampa: escribir bien no significa escribir de una determinada manera.

Una novela puede estar llena de frases impecables y resultar literariamente irrelevante. También puede contener una sintaxis incómoda, una elección léxica poco convencional o una estructura que se aparte de lo esperado y, sin embargo, poseer una voz poderosa.

El problema aparece cuando la corrección se convierte en el objetivo principal.

Hay escritores que parecen revisar cada frase hasta eliminar de ella cualquier posibilidad de riesgo. Las palabras demasiado personales desaparecen, las construcciones que podrían sonar extrañas se sustituyen por otras más convencionales y las imágenes demasiado atrevidas se descartan. El texto queda limpio, ordenado y comprensible. Pero también queda domesticado.

Una prosa limpia no es necesariamente una prosa fría. La contención puede convertirse en un recurso literario de enorme fuerza. Annie Ernaux, por ejemplo, demuestra que una escritura sobria y de apariencia sencilla puede tener una personalidad inconfundible. La diferencia está en que detrás de esa sencillez existe una mirada. No hay que confundir precisión con asepsia.

La prosa neutra no carece de palabras, carece de decisiones

Quizá esta sea una de las diferencias más importantes.

Cuando leemos a un escritor con una voz reconocible, podemos encontrar frases sencillas, incluso frases que aisladas no llamarían nuestra atención. Sin embargo, existe una determinada manera de seleccionar los detalles, de ordenar una escena, de describir un cuerpo, una habitación o un paisaje. El escritor está tomando decisiones continuamente.

Eso es la voz.

No consiste en utilizar palabras extravagantes ni en construir metáforas sorprendentes a cada página. Tampoco consiste en escribir de forma barroca para demostrar personalidad. Una voz literaria puede ser austera, seca, delicada, violenta, humorística o casi transparente.

Lo importante es que detrás de la frase exista una manera particular de mirar.

Cuando esa mirada desaparece, la escritura empieza a volverse intercambiable. Podríamos cambiar el nombre del autor y el texto seguiría funcionando de la misma manera. Ahí es donde aparece esa extraña sensación que hoy asociamos con la inteligencia artificial.

El problema de las emociones ya preparadas

Hay otro fenómeno que contribuye a esa neutralidad: la utilización de un repertorio emocional que todos reconocemos: los corazones se rompen, las miradas dicen más que las palabras, los silencios están cargados de significado, las lágrimas resbalan por las mejillas y los personajes sienten un vacío en el pecho cuando sufren una pérdida.

El problema no está en ninguna de esas expresiones por separado. El lenguaje literario trabaja también con lugares comunes. El problema aparece cuando la emoción de un personaje queda reducida a una fórmula que el lector ya conoce.

La literatura no necesita inventar una manera nueva de describir cada sentimiento. Pero sí necesita conseguir que ese sentimiento pertenezca a ese personaje, a esa situación y a ese mundo narrativo. Decir que un personaje está destrozado es mucho menos interesante que conseguir que el lector perciba su devastación sin necesidad de nombrarla.

Y aquí volvemos a encontrarnos con una diferencia fundamental entre explicar y narrar.

Cuando el escritor no se fía del lector

Una de las características más frecuentes de esta prosa neutra es la necesidad de explicarlo todo.

El personaje siente tristeza y el narrador nos informa de que está triste. Después explica por qué está triste. Luego describe sus pensamientos para que no quede ninguna duda sobre esa tristeza. Si el personaje mantiene silencio, el narrador nos aclara qué significa ese silencio. El lector recibe todas las respuestas.

El problema es que la literatura necesita cierta participación por parte de quien lee. Una novela no debería funcionar como un formulario en el que todas las casillas aparecen rellenadas.

La ambigüedad, la contradicción y el silencio forman parte de la experiencia literaria. Un personaje puede decir que está bien mientras todo en la escena demuestra lo contrario. Una relación puede resultar incómoda sin que el narrador explique por qué. Un gesto puede tener varios significados y no todos necesitan resolverse.

Confiar en el lector no significa escribir de manera confusa. Significa permitirle descubrir. En cambio, la sobreexplicación convierte la narración en una especie de guía de lectura incorporada al propio libro.

Un ritmo que parece diseñado

También existe una determinada regularidad que puede producir esa sensación de escritura artificial: frases de longitud parecida; párrafos de estructura semejante; diálogos que avanzan con demasiada eficacia; escenas que comienzan, desarrollan su conflicto y terminan sin dejar residuos. Todo funciona.

Y por eso puede no funcionar.

La literatura necesita ritmo, pero el ritmo no consiste en mantener una cadencia agradable de principio a fin. Una narración puede necesitar acelerarse, detenerse, desviarse, repetir una palabra, insistir en una imagen o dejar una escena suspendida. La irregularidad también puede ser musical.

Por eso una novela con un ritmo deliberadamente lento no tiene por qué ser plana. Una novela escrita con frases largas no tiene por qué resultar pesada. Una narración fragmentaria tampoco es más literaria.

La cuestión está en si esas decisiones responden a una intención estética o si son el resultado de una escritura que nunca encuentra su propia respiración.

La corrección también puede borrar una voz

Aquí hay un asunto que afecta de lleno al trabajo editorial. Corregir un texto no debería significar convertirlo en otro texto. Un corrector puede eliminar una incorrección sintáctica, detectar una repetición innecesaria, solucionar un problema de concordancia o señalar una construcción que dificulta la comprensión. Pero también debe saber distinguir entre un error y una elección estilística.

No todo lo que se aparta de la norma necesita ser corregido. A veces una frase incómoda es lo que el autor necesita. Una repetición puede tener una función rítmica. Una palabra sencilla puede resultar más precisa que un sinónimo elegante. Una estructura que no encaja en un manual de estilo puede formar parte de la personalidad de la obra.

El trabajo editorial debería ayudar a que una voz se escuche mejor, no sustituirla por una voz editorialmente correcta.

Y esto resulta importante ahora que la inteligencia artificial puede producir con facilidad textos gramaticalmente impecables. Si convertimos la corrección en una búsqueda obsesiva de la frase perfecta, corremos el riesgo de acercarnos justo al tipo de prosa que después nos parece artificial.

La IA no ha creado el problema

Tal vez esta sea la parte más incómoda de la cuestión.

Nos preocupa que la inteligencia artificial genere novelas sin voz, pero muchas novelas humanas ya utilizan estructuras narrativas, personajes, conflictos y expresiones emocionales que han sido repetidos hasta la saciedad. Que una máquina produzca textos previsibles cuando llevamos décadas fabricando literatura con fórmulas previsibles.

Nos preocupa que la IA imite nuestro estilo, pero quizá también deberíamos preguntarnos qué estilo le estamos proporcionando para que lo imite. La inteligencia artificial funciona, en buena medida, como un espejo. Devuelve una versión estadísticamente reconocible de aquello que encuentra en los textos humanos. Por eso algunas de sus producciones resultan tan familiares: porque utilizan recursos que ya conocemos.

La diferencia es que una máquina no tiene una experiencia personal desde la que mirar el mundo. Un escritor sí. Y esa experiencia, transformada en lenguaje, debería dejar alguna huella.

No hay que escribir raro para tener una voz

Existe otra confusión que conviene evitar.

Si una prosa neutra puede parecer artificial, alguien podría pensar que la solución consiste en escribir de manera extravagante. Llenar las páginas de metáforas, utilizar palabras poco frecuentes, romper la sintaxis o convertir cada frase en una demostración de estilo.

No. Eso también puede producir una escritura artificial.

Una voz literaria no se fabrica acumulando adornos. Tampoco aparece por obligación. Se construye a través de la mirada, de la experiencia, de las obsesiones del escritor y de sus decisiones sobre aquello que merece ser contado.

Por eso podemos reconocer a determinados autores después de leer unas pocas páginas, incluso aunque no sepamos explicar con precisión qué los hace diferentes. La voz está en todas partes y, al mismo tiempo, resulta difícil señalarla. Está en la forma de observar un paisaje, en el humor de un diálogo, en la manera de describir una muerte, en aquello que un personaje recuerda y en aquello que olvida. Está incluso en lo que el escritor decide no contar.

Escribir no consiste en sonar perfecto

Quizá la paradoja de nuestro tiempo sea esta: cuanto más herramientas tenemos para corregir, pulir, resumir, simplificar y perfeccionar un texto, mayor es la tentación de eliminar aquello que lo hacía reconocible.

Pero una novela no es un escaparate de frases perfectas. La literatura admite la duda, la contradicción, la rareza y hasta cierta imperfección. No porque los errores sean buenos por sí mismos, sino porque una obra literaria necesita algo más que corrección: necesita una mirada.

Por eso quizá la pregunta más interesante no sea si una novela parece escrita por inteligencia artificial. La pregunta es si, después de leerla, podemos reconocer que detrás de esas páginas había alguien mirando.

Alguien que eligió esa palabra y no otra. Que vio ese detalle y dejó fuera otro. Que se atrevió a mantener un silencio cuando habría sido más fácil explicarlo. Que escribió una frase que quizá no era perfecta, pero que solo podía haberla escrito esa persona.

La inteligencia artificial puede imitar una forma de escribir. Lo difícil sigue siendo tener algo propio que decir y encontrar la forma literaria de decirlo. Y quizá ahí esté, todavía, una de las diferencias fundamentales entre producir un texto y escribir literatura.


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