El miedo no necesita criaturas sobrenaturales. No necesita casas encantadas, fantasmas que atraviesen paredes ni seres que aparezcan desde un lugar que no pertenece a este mundo. A veces basta con una calle conocida, un edificio abandonado, un barrio que hemos recorrido cientos de veces o una habitación en la que hemos dormido durante años. Basta con que algo se desplace un poco de su sitio para que aquello que reconocíamos como seguro deje de serlo.

Esa es una de las grandes fuerzas de la narrativa de Mariana Enríquez. La autora argentina no necesita construir mundos alejados de nuestra experiencia para provocar inquietud. Le basta con mirar alrededor y preguntarse qué puede esconderse detrás de aquello que consideramos normal. En sus relatos, el horror suele crecer dentro de lo cotidiano hasta que resulta imposible separar una cosa de la otra.

Enríquez ha construido buena parte de su literatura sobre esa frontera inestable entre la realidad y aquello que se encuentra debajo de ella. Sus cuentos pueden incorporar fantasmas, apariciones, maldiciones o elementos sobrenaturales, pero el miedo no depende de su existencia. El verdadero terror suele estar antes: en la violencia, en la pobreza, en la culpa, en la soledad, en la infancia, en las relaciones familiares o en la sensación de que vivimos rodeados de lugares que preferimos no mirar.

El miedo está en la calle

Uno de los rasgos más reconocibles de la literatura de Mariana Enríquez es su relación con los espacios urbanos. Buenos Aires no aparece en sus cuentos como un simple escenario. Es un territorio vivo, lleno de heridas, edificios deteriorados, descampados, barrios donde conviven la riqueza y la miseria, casas que guardan historias y lugares que parecen haber quedado fuera del tiempo.

La ciudad adquiere una dimensión inquietante porque resulta reconocible. No estamos ante un castillo perdido en una montaña ni ante un bosque habitado por criaturas desconocidas. Estamos en una calle. Hay coches, vecinos, comercios, niños, edificios y personas que hacen su vida. El horror aparece en medio de todo eso.

En «El chico sucio», uno de los relatos de Las cosas que perdimos en el fuego, esa proximidad resulta fundamental. La narradora vive en un barrio acomodado, pero entra en contacto con una realidad que suele quedar fuera de su mirada. El chico que da título al cuento, su madre y el entorno en el que sobreviven introducen una violencia que no necesita ningún elemento sobrenatural para resultar perturbadora.

El lector sabe que ese mundo existe. No pertenece a la fantasía. Está ahí, en la misma ciudad. Y esa certeza hace que el relato resulte más incómodo.

Enríquez utiliza con frecuencia esa estrategia: acercar aquello que preferiríamos mantener a distancia. El terror aparece cuando la realidad deja de ser una abstracción y adquiere un rostro, una dirección, una habitación o un nombre.

La infancia tampoco es un refugio

Otro de los territorios habituales de Enríquez es la infancia. En muchas narraciones de terror tradicional, los niños representan la inocencia amenazada por fuerzas externas. En sus cuentos, esa relación puede ser mucho más compleja.

La infancia aparece como un periodo en el que todavía no se comprenden todas las reglas del mundo, pero se perciben sus peligros. Los niños saben que hay lugares donde no deben entrar, personas de las que deben desconfiar y conversaciones que los adultos interrumpen cuando ellos aparecen. También saben que los mayores pueden mentir.

En «El patio del vecino», por ejemplo, lo cotidiano se transforma a partir de un espacio que parece pertenecer a la vida doméstica. La proximidad del vecino, el edificio, el patio y aquello que se encuentra al otro lado de una frontera física crean una sensación de amenaza que crece sin necesidad de grandes explicaciones.

Enríquez sabe que el miedo funciona mejor cuando no se explica todo. El lector completa los huecos y, al hacerlo, introduce sus propios temores en la historia.

Ese mecanismo aparece una y otra vez en su narrativa. El monstruo puede existir, pero lo decisivo es lo que imaginamos antes de verlo.

Casas que dejan de ser casas

El espacio doméstico debería representar protección. Una casa es, en principio, el lugar al que regresamos para sentirnos a salvo. En la literatura de Enríquez, esa seguridad puede desaparecer con facilidad.

Una habitación puede contener un secreto. Un sótano puede convertirse en una amenaza. Un jardín puede ocultar algo que nadie quiere nombrar. Una casa familiar puede conservar la memoria de una violencia que sus habitantes han aprendido a ignorar.

La autora trabaja con una idea muy eficaz: el horror no siempre necesita entrar en casa porque puede haber estado allí desde el principio.

Esta concepción resulta especialmente poderosa en relatos donde el pasado familiar pesa sobre el presente. Las casas conservan rastros de quienes vivieron en ellas y, en la narrativa de Enríquez, la memoria no es un elemento decorativo. Puede convertirse en una forma de condena.

Por eso sus escenarios producen inquietud incluso cuando no sucede nada extraordinario. Una habitación vacía puede resultar más amenazadora que una aparición si sabemos que alguien estuvo allí y que su historia no ha terminado.

El cuerpo como territorio del miedo

El terror cotidiano de Mariana Enríquez también pasa por el cuerpo. La enfermedad, la transformación física, la adolescencia, la sexualidad, la violencia y la muerte aparecen vinculadas a una sensación de pérdida de control.

El cuerpo es algo que creemos conocer, pero cambia. Enferma, envejece, sangra, siente deseo, siente dolor y acaba desapareciendo. Esa condición convierte el cuerpo en uno de los espacios más vulnerables de su narrativa.

En Las cosas que perdimos en el fuego, el cuerpo femenino ocupa un lugar central en varios relatos. La violencia contra las mujeres no aparece como una amenaza fantástica, sino como una realidad social. Cuando el horror sobrenatural se mezcla con esa violencia, no la sustituye: la amplifica.

En el relato que da título al libro, las mujeres que deciden quemarse el cuerpo para denunciar la violencia machista llevan el horror hasta un extremo difícil de olvidar. La imagen resulta terrible porque nace de una realidad reconocible. No hay que inventar una criatura para explicar el miedo de vivir en un mundo donde el cuerpo puede convertirse en objeto de violencia.

Enríquez no utiliza el terror para escapar de la realidad. Lo utiliza para mirarla de frente.

La violencia que aprendemos a no ver

Quizá uno de los aspectos más interesantes de su literatura sea la relación entre horror y desigualdad. Sus relatos están llenos de personajes que viven en los márgenes, de personas desaparecidas de la mirada social, de jóvenes que arrastran heridas, de familias rotas y de lugares que parecen abandonados.

El terror surge entonces de una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar?

Hay personajes que atraviesan espacios degradados sin detenerse. Ven personas que viven en condiciones terribles, pero siguen caminando. Escuchan historias que prefieren no conocer. Entran en contacto con una violencia que, hasta ese momento, parecía pertenecer a otra realidad.

El horror funciona como una grieta en esa indiferencia.

Por eso los fantasmas de Enríquez no siempre son lo más aterrador de sus relatos. En ocasiones, la aparición sobrenatural sirve para revelar algo que ya estaba allí: una injusticia, un crimen, un trauma o una memoria colectiva que nadie quiere afrontar.

El fantasma puede desaparecer. La violencia que lo ha creado permanece.

El pasado también puede dar miedo

La memoria histórica ocupa otro espacio importante en la obra de Enríquez. Argentina aparece marcada por las heridas de la dictadura, la desaparición, la violencia política y los conflictos que permanecen en la memoria colectiva.

El pasado no está cerrado porque una sociedad decida dejar de hablar de él. Puede reaparecer bajo otras formas. Puede quedar asociado a un edificio, una fotografía, una persona o una historia familiar.

En ese sentido, el terror sobrenatural permite representar algo difícil de explicar desde el realismo. Un fantasma puede convertirse en la imagen de aquello que no ha sido resuelto.

Pero Enríquez evita convertir sus cuentos en simples alegorías. Sus historias funcionan también como relatos de miedo. Hay algo inquietante en sus escenarios, en sus personajes y en las situaciones que plantea. La dimensión social no elimina el terror; lo vuelve más cercano.

El verdadero monstruo puede ser una persona

La literatura de Enríquez tampoco necesita convertir al monstruo en una criatura. Sus personajes pueden hacer cosas mucho más terribles que cualquier ser sobrenatural.

Un vecino puede resultar amenazador. Un desconocido puede esconder una historia terrible. Un familiar puede convertirse en una fuente de miedo. Una persona aparentemente corriente puede cruzar una frontera que el lector no esperaba.

Esto conecta a Enríquez con una tradición del terror en la que lo monstruoso no depende de la apariencia. El verdadero miedo aparece cuando descubrimos que aquello que parecía normal no lo era.

La autora juega con esa incertidumbre. Sus personajes pueden entrar en contacto con personas que parecen excéntricas, perturbadoras o extrañas, pero rara vez sabemos desde el principio qué papel tendrán en la historia. El lector avanza con la sensación de que algo está a punto de suceder, aunque no siempre pueda determinar qué.

Y esa espera es una de las herramientas más eficaces del terror.

Cuando lo cotidiano deja de ser seguro

La gran virtud de Mariana Enríquez consiste en conseguir que el lector mire de otra manera aquello que conoce.

Después de leer algunos de sus cuentos, una casa abandonada deja de ser una casa abandonada. Un descampado puede esconder una historia. Un edificio antiguo puede convertirse en un lugar inquietante. Una persona que camina sola de noche puede recordar a alguno de sus personajes.

Ese efecto permanece porque Enríquez no construye el miedo desde lo extraordinario, sino desde lo posible.

El terror cotidiano funciona porque nos obliga a reconocer el escenario. No podemos decir que aquello solo ocurre en un lugar remoto o en un universo fantástico. Puede suceder en nuestro barrio, en nuestra ciudad o incluso dentro de nuestra propia casa.

Y ahí está una de las claves de su literatura.

Mariana Enríquez entiende que el miedo no necesita aparecer desde la oscuridad. A veces basta con encender la luz y descubrir que aquello que nos rodea ya contenía todo lo necesario para asustarnos.

Sus fantasmas, sus casas, sus niños, sus mujeres heridas, sus barrios y sus muertos forman parte de una misma concepción del terror: la realidad puede ser mucho más inquietante cuando dejamos de apartar la mirada.

Por eso sus relatos no terminan cuando cerramos el libro. Algunos continúan en nuestra memoria. Se quedan asociados a un lugar conocido, a una calle que hemos recorrido, a una casa que hemos visto o a una situación que hasta entonces parecía inofensiva.

El miedo de Mariana Enríquez no necesita criaturas sobrenaturales porque conoce una verdad más incómoda: los monstruos no siempre tienen que venir de otro mundo. A veces viven en el nuestro.


Descubre más desde El baúl de Xandris

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.