¿Qué pasaría si hubiera un mundo que solo existiera si alguien lo pensase?
De esa pregunta nace Temblor, una novela publicada por Rosa Montero en 1990 que se mueve entre la fantasía, la literatura de anticipación y la distopía para construir un mundo extraño, decadente y sometido a unas reglas que nadie parece dispuesto a cuestionar. Hasta que Agua Fría empieza a hacerlo.
Agua Fría es todavía una niña cuando comienza su formación como sacerdotisa del culto del Cristal. Ha crecido aceptando como verdades incuestionables las normas que organizan aquella sociedad y determinan qué está permitido, qué debe creerse y quién tiene autoridad para establecerlo. La Ley no admite discusión. El poder tampoco.
Pero la entrada en la adolescencia supone para ella el comienzo de una transformación. A medida que conoce el mundo que existe más allá de aquello que le han enseñado, las certezas empiezan a resquebrajarse. Lo que parecía una verdad puede ser una construcción. Lo que se presenta como Ley puede responder a los intereses de quienes gobiernan. Y aquello que parecía inmutable comienza a revelar sus grietas.
Ahí empieza el verdadero viaje de Agua Fría.
Una distopía sobre el poder y la memoria
Rosa Montero construye en Temblor una sociedad jerarquizada, sometida al poder religioso y a unas normas que condicionan la vida de sus habitantes. No estamos ante una distopía tecnológica al uso. El mundo de la novela tiene una atmósfera legendaria, casi mítica, y combina elementos fantásticos con una sociedad que, pese a pertenecer a otro tiempo y otro espacio, resulta inquietantemente reconocible. La crítica de la novela gira alrededor del control, la obediencia y la manipulación de aquello que una comunidad acepta como verdad.
Y ahí está una de las virtudes de Temblor: Montero no necesita construir un futuro reconocible para hablar del presente.
El control de la información, la imposición de una verdad oficial, la persecución de quienes se apartan de la norma y el uso del miedo como instrumento de poder forman parte del funcionamiento de ese mundo. Son mecanismos que podemos reconocer fuera de la ficción, aunque aparezcan aquí transformados por la imaginación de la autora.
La novela fue publicada en 1990, pero algunas de sus preguntas continúan teniendo vigencia. ¿Quién decide qué debemos creer? ¿Qué ocurre cuando una sociedad deja de cuestionar las normas que la gobiernan? ¿Hasta dónde puede llegar el poder cuando consigue controlar el relato sobre la realidad?
Temblor no ofrece respuestas sencillas. Prefiere convertir esas preguntas en el motor de una aventura.
Agua Fría y el descubrimiento de un mundo diferente
Uno de los aspectos que más me han interesado de la novela es el recorrido de Agua Fría. No asistimos únicamente a una aventura fantástica: acompañamos también el proceso mediante el cual una muchacha deja atrás las certezas de la infancia y comienza a construir su propia mirada.
Su viaje es, en ese sentido, un viaje de iniciación.
Agua Fría se encuentra con personajes muy distintos, algunos capaces de ofrecerle ayuda y otros que representan nuevas amenazas. No todos responden a una división sencilla entre buenos y malos. Cada encuentro añade una pieza al conocimiento que está adquiriendo y contribuye a desmontar la visión del mundo con la que comenzó su recorrido.
La protagonista crece a medida que descubre que la realidad es mucho más compleja que las enseñanzas recibidas. Y esa evolución resulta esencial para que la novela no se convierta en una simple sucesión de aventuras dentro de un escenario imaginario.
El viaje exterior y el interior avanzan juntos.
El olvido como amenaza
Pero si hay una idea que atraviesa Temblor y termina convirtiéndose en su núcleo, es la del olvido.
En este mundo, la desaparición de los recuerdos está ligada a la propia desaparición de la realidad. Cuando alguien muere, sus recuerdos desaparecen con él y el mundo comienza a desvanecerse entre la niebla. La memoria deja de ser entonces una cuestión privada: recordar se convierte en una forma de conservar la existencia.
Me parece una de las ideas más sugerentes de la novela.
Montero convierte algo tan cotidiano como olvidar en una amenaza física. Lo que no se recuerda corre el riesgo de desaparecer. Personas, lugares y acontecimientos pueden perder consistencia hasta quedar borrados.
Y, al mismo tiempo, la novela plantea una paradoja interesante: queremos conservarlo todo porque tememos perderlo, pero el olvido también forma parte de nuestra experiencia. Vivimos rodeados de recuerdos que se transforman, se deforman y terminan desapareciendo.
Por eso Temblor no habla únicamente de una sociedad que lucha contra su propia desaparición. Habla también de nuestra relación con la memoria y de la necesidad de aceptar que no podemos conservar intacto todo aquello que hemos vivido.
Fantasía con una crítica que sigue funcionando
Lo que más me ha sorprendido al leer Temblor tantos años después de su publicación es comprobar que la distancia temporal no ha eliminado la fuerza de algunas de sus cuestiones.
La novela fue recibida en su momento como una incursión de Rosa Montero en la literatura de anticipación y el relato futurista, pero ya entonces se señalaba que su mundo fantástico servía para hablar de asuntos próximos al lector.
Esa es, precisamente, una de las características que hacen que la novela conserve interés.
Montero utiliza la fantasía para tomar distancia de nuestra realidad y, paradójicamente, conseguir que la miremos mejor. La sociedad de Temblor puede parecer remota, sus rituales y sus normas pertenecen a otro universo y sus personajes viven sometidos a unas circunstancias que no son las nuestras. Sin embargo, debajo de todo eso encontramos problemas perfectamente reconocibles: el miedo, la obediencia, la manipulación, la violencia ejercida contra quien se aparta de la norma y la necesidad de encontrar una identidad propia.
La fantasía no sirve aquí para escapar del mundo. Sirve para regresar a él con otra mirada.
Una novela que invita a mirar de otra manera
No quiero contar mucho más del argumento porque buena parte del placer de Temblor está en acompañar a Agua Fría en sus descubrimientos. La novela está construida como una aventura y revelar demasiado supondría quitarle parte de su recorrido.
Sí puedo decir que ha sido una lectura que he disfrutado mucho.
Hay imaginación, misterio, personajes peculiares, paisajes extraños y una atmósfera que mezcla lo legendario con lo inquietante. Pero, por encima de todo, hay una reflexión sobre aquello que creemos saber y sobre la facilidad con la que una sociedad puede convertir una determinada visión del mundo en una verdad incuestionable.
También me ha hecho pensar en algo mucho más sencillo: la importancia de las pequeñas cosas.
Quizá sea una de las paradojas más bonitas de Temblor. Una novela que utiliza el miedo al olvido como una de sus grandes amenazas termina recordándonos que la vida está formada precisamente por esos pequeños recuerdos, momentos y personas que creemos insignificantes y que, sin embargo, construyen nuestra percepción del mundo.
Temblor fue una de las primeras novelas de Rosa Montero y permite contemplar ya algunas de las preocupaciones que aparecerán en su literatura posterior: la identidad, la condición humana, el poder, la libertad y la necesidad de cuestionar aquello que se nos presenta como una verdad absoluta.
Treinta y seis años después de su publicación, su mundo sigue siendo extraño. Sus preguntas, bastante menos.
Y quizá ahí esté el verdadero temblor de esta novela.
Descubre más desde El baúl de Xandris
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
