Hablar de Territorios de David Roas es adentrarse en un mapa narrativo donde lo cotidiano se resquebraja con precisión quirúrgica. Publicado por Páginas de Espuma en 2026, el libro no es solo una recopilación de relatos: es un territorio en sí mismo, un espacio que se recorre más que se lee.
Y aquí es donde la experiencia cambia: cuando entras en estas páginas lo haces como un forastero del oeste, alguien que llega a un lugar que no es el suyo, donde todo parece normal… hasta que deja de serlo. Hay algo incómodo en esa posición. No perteneces, no entiendes del todo y, sin embargo, sigues avanzando.
No estamos ante una simple colección: hay una clara voluntad de unidad. Cada relato funciona como una variación sobre una misma inquietud —la fragilidad de lo real—, pero sin caer en la repetición. Roas insiste, sí, pero sabe moverse dentro de su propio territorio, explorarlo desde distintos ángulos.
La clave está también en lo que el libro plantea como una especie de “agrohorror”: lo fantástico desplazado al entorno rural. Campos, pueblos, carreteras secundarias, espacios reconocibles que aquí se cargan de una inquietud sorda. No hay grandes estallidos: lo extraño se filtra, crece despacio, como si siempre hubiera estado ahí, esperando.
El estilo es sobrio, contenido, sin excesos. Y eso juega a su favor. Cuanto más limpia es la prosa, más desestabiliza lo que ocurre. Roas no necesita adornar: le basta con alterar un detalle para que todo se tambalee. El ritmo sigue esa misma lógica. Avanza despacio, sin prisa, construyendo una falsa sensación de normalidad. Y cuando algo se rompe, no lo hace con estridencia, sino con una sutileza que obliga al lector a recolocar todo lo leído.
Hay otro elemento que me ha resultado disfrutable: los guiños. Tanto en los títulos como dentro de los relatos aparecen referencias a autores, espacios y códigos del terror y lo fantástico. No son meros homenajes: son complicidades, pequeñas señales para el lector que conoce el género y que enriquecen mucho la lectura.
En cuanto a los temas, Roas vuelve sobre sus obsesiones habituales —la percepción, la identidad, la fragilidad de lo real—, pero aquí añade algo más: el territorio como espacio simbólico. No solo importa lo que ocurre, sino dónde ocurre y cómo ese espacio condiciona todo.
Hay quién diría que tiene puntos débiles ya que la coherencia del conjunto es tan fuerte que en algunos momentos puede generar sensación de reiteración. No estoy de acuerdo porque entiendo que forma parte del proyecto: explorar una misma grieta hasta el fondo.
En conjunto, Territorios es un libro sólido, inteligente y muy consciente de lo que hace. No busca reinventar lo fantástico, sino desplazarlo, llevarlo a lugares donde no siempre miramos (el ángulo del horror, como bien señala en su relato Cristina Fernández Cubas) y obligarnos a recorrerlos como lo que somos: forasteros en un mundo que creíamos conocer.
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