Mucho se ha hablado de La península de las casas vacías, de David Uclés, y por fin he llegado a ella. Lo hago con esa mezcla de curiosidad y cautela que generan las novelas que vienen precedidas de tanto ruido, esperando encontrar algo distinto. Y lo es. Es una novela curiosa, innovadora, pero sobre todo es una historia que termina por instalarse muy dentro, que te alcanza sin necesidad de grandes aspavientos. Porque más allá de su planteamiento formal o de sus juegos narrativos, lo que hay aquí es una emoción muy reconocible, muy cercana.


Uclés se adentra en la Guerra Civil Española y en la sombra de la dictadura posterior, en esa memoria que sigue latiendo porque nunca ha terminado de cerrarse. No se trata solo de reconstruir un periodo, sino de mirar de frente el daño: las heridas abiertas, los silencios heredados, los muertos que aún no han podido enterrarse. Y desde ahí la novela levanta todo su andamiaje.

La península de las casas vacías (Siruela, 2024) se construye como un territorio narrativo donde historia, memoria y fantasía conviven sin jerarquías claras. No es tanto una novela que represente un pasado como una que lo reescribe, lo deforma y lo vuelve a levantar desde la palabra. Esa idea recorre todo el texto: la memoria no es fija, es un relato en constante transformación.

La técnica narrativa es clave en este sentido. La voz que articula la historia —ese narrador de cualidad casi mágica— no se limita a contar, sino que interviene, moldea y resignifica lo que ocurre. Hay una sensación constante de estar ante un relato que se está construyendo mientras se lee, lo que genera una implicación muy activa por parte del lector.

A esto se suma una dimensión metaliteraria muy bien integrada. La novela reflexiona sobre el acto de narrar sin perder en ningún momento su carga emocional. No es un ejercicio frío: al contrario, esa conciencia del relato hace que todo resulte más intenso, más consciente, más profundo.

La estructura fragmentaria refuerza esa idea de memoria quebrada. Hay saltos, hay superposición de planos, hay piezas que el lector tiene que encajar. Pero lejos de alejar, esto termina generando una lectura más rica, más participativa.

El ritmo avanza por oleadas, alternando momentos de gran intensidad emocional con pausas más contenidas. Y ahí es donde la novela golpea de verdad: en esa mezcla de rabia, dolor y pérdida que atraviesa todo el texto. No es una emoción impostada, es algo que se va filtrando poco a poco hasta quedarse.

Los personajes no están construidos desde un desarrollo tradicional, sino desde lo que arrastran. Son figuras marcadas por la ausencia, por el silencio, por aquello que no se ha podido decir ni cerrar. Funcionan casi como espacios de memoria, como esas “casas vacías” que dan título a la novela: lugares habitados por lo que ya no está, pero sigue pesando.

El lenguaje acompaña con una prosa cuidada, con momentos de gran belleza, pero siempre al servicio de lo que se quiere contar. Hay una intención clara de estilo, pero también un control que evita que la forma eclipse el fondo.

En conjunto, La península de las casas vacías es una novela que combina ambición formal y emoción de una manera muy sólida. No se limita a contar una historia sobre el pasado, sino que plantea cómo ese pasado sigue presente, cómo se transforma en relato y cómo nos afecta todavía.

Es de esas lecturas que incomodan, que remueven y que, sin darte cuenta, terminan por tocar algo muy hondo. Y ahí está su mayor logro.


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