El 2 de enero de 1920 nació Isaac Asimov, uno de los escritores que más contribuyeron a convertir la ciencia ficción en un territorio capaz de hablar de política, historia, tecnología, ética y del propio futuro de la humanidad. Su obra abarca novelas, relatos, ensayos y libros de divulgación científica, pero reducirlo a la imagen del escritor que imaginó robots y civilizaciones galácticas sería quedarse en la superficie. Asimov fue, sobre todo, un hombre fascinado por el conocimiento y por la posibilidad de compartirlo con los demás.
En mi caso, además, fue el primer escritor de ciencia ficción que marcó mi vida como lectora. Recuerdo el momento en que lo descubrí. Yo tenía unos once años y estaba en un aeropuerto con mi madre. Mientras paseábamos, me detuve frente a un expositor de libros. No buscaba nada en particular, pero entre las portadas y los títulos hubo uno que consiguió llamar mi atención. Era un pequeño libro de bolsillo, gris, de la editorial Bruguera. Se titulaba Fundación. Mi madre vio que me había interesado y me lo compró.
Aquel gesto, que en aquel momento no podía tener ninguna trascendencia para ella, terminó siendo uno de esos pequeños acontecimientos que cambian una vida sin que nadie lo sepa. Yo todavía no podía imaginar que aquel libro iba a abrirme la puerta de un género que seguiría acompañándome durante décadas. Tampoco podía saber que Isaac Asimov acabaría ocupando un lugar especial entre mis escritores favoritos.
Hay libros que recordamos por su argumento, otros por sus personajes y algunos por una frase concreta. También existen los libros que recordamos por el momento en que llegaron a nuestras manos y ese fue el caso de Fundación. Cuando pienso en Asimov, regreso a aquel aeropuerto y a aquella niña que todavía no sabía que acababa de encontrar una de las grandes pasiones de su vida.
Isaac Asimov, un escritor nacido de la curiosidad
Isaac Asimov nació en Petróvichi, en la entonces República Socialista Federativa Soviética de Rusia, el 2 de enero de 1920. Su familia emigró a Estados Unidos cuando él era todavía muy pequeño y terminó instalándose en Brooklyn, Nueva York, donde pasó buena parte de su infancia y juventud.
Su contacto temprano con las revistas de ciencia ficción resultó decisivo. La familia tenía una tienda de dulces y revistas y Asimov pudo acercarse desde muy joven a las publicaciones que alimentaron su imaginación. No tardó en convertirse en lector voraz y después en escritor.
Su formación, sin embargo, no fue literaria. Estudió Química en la Universidad de Columbia y obtuvo un doctorado en Bioquímica en 1948. Durante un periodo de su vida trabajó en el ámbito académico y ejerció como profesor en la Universidad de Boston. La ciencia formaba parte de su preparación y de su manera de entender el mundo, pero la literatura fue adquiriendo cada vez más espacio hasta convertirse en el centro de su actividad.
Esa doble condición de científico y escritor ayuda a comprender su obra. Asimov no utilizaba la ciencia como simple decoración para construir escenarios futuristas. La ciencia era el punto de partida de muchas de sus historias y, al mismo tiempo, una forma de preguntarse qué podía ocurrir cuando el conocimiento humano se enfrentara a sus propias consecuencias.
En sus libros aparecen robots, viajes espaciales, imperios galácticos, viajes en el tiempo y tecnologías que todavía estaban lejos de existir. Pero debajo de esos elementos siempre encontramos preguntas sobre las personas. ¿Qué hacemos con aquello que inventamos? ¿Podemos controlar las consecuencias de nuestros descubrimientos? ¿Es posible prever el comportamiento de una sociedad? ¿Hasta qué punto podemos intervenir en nuestro propio futuro?
Ahí es donde la ciencia ficción de Asimov sigue encontrando lectores.
Fundación, una historia sobre el futuro de la humanidad
Para mí, todo empieza con Fundación. Para muchos lectores de ciencia ficción, también.
La novela nació a partir de una idea poderosa: ¿qué sucedería si una civilización gigantesca supiera que está destinada a desaparecer? Asimov imaginó un Imperio Galáctico que lleva miles de años dominando el espacio y que, pese a su aparente estabilidad, se encuentra al borde del colapso.
Hari Seldon, matemático y creador de la psicohistoria, ha conseguido desarrollar una disciplina capaz de estudiar el comportamiento de grandes masas de población y establecer predicciones sobre su evolución. No puede prever lo que hará un individuo concreto, pero sí determinados movimientos colectivos.
Seldon sabe que el Imperio caerá. Lo que intenta conseguir no es evitar lo inevitable, sino reducir el periodo de barbarie que seguirá a la caída. Para ello crea la Fundación, una comunidad destinada a conservar el conocimiento y preparar el nacimiento de una nueva civilización.
La idea resulta fascinante porque Asimov convierte la historia en una especie de protagonista. No estamos ante una novela centrada en un héroe que debe derrotar a un enemigo concreto. Lo que está en juego es el destino de una sociedad entera.
Cuando leí Fundación siendo niña no tenía herramientas para analizar todas esas cuestiones. Lo que encontré fue una historia que me llevaba a un lugar desconocido y que me hacía imaginar un universo mucho más grande del que había conocido hasta entonces. Con los años, al volver a Asimov, la lectura adquiere otros matices. La caída de los imperios, la conservación del conocimiento, la manipulación política, el poder de la religión y la economía adquieren una dimensión que probablemente no podía percibir a los once años.
Eso es algo que agradezco a determinados libros. No se agotan cuando crecemos. Cambiamos nosotros y, al regresar a ellos, encontramos preguntas diferentes.
La trilogía original de Fundación, formada por Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación, se convirtió en una de las grandes obras de la ciencia ficción del siglo XX. Décadas después, Asimov regresó al universo de la Fundación y escribió nuevas novelas relacionadas con la saga.
Pero para mí siempre existirá aquella primera Fundación, la del pequeño libro gris que encontré en un aeropuerto.
Los robots de Asimov y las preguntas que todavía plantean
Si Fundación representa su visión de la historia y las civilizaciones, los robots muestran otra de sus grandes preocupaciones: la relación entre los seres humanos y la tecnología.
Antes de Asimov, la ciencia ficción ya había presentado máquinas y autómatas. Sin embargo, el escritor introdujo un cambio importante. Sus robots no tenían por qué ser criaturas malvadas que acababan rebelándose contra sus creadores. El problema podía ser mucho más complejo.
Una máquina podía estar programada para obedecer determinadas reglas y, aun así, encontrarse ante una situación en la que esas reglas entraran en conflicto.
De ahí surgieron las famosas Tres Leyes de la Robótica, formuladas por Asimov en sus relatos y convertidas después en uno de los conceptos más conocidos de la ciencia ficción. La primera establece que un robot no puede dañar a un ser humano ni permitir que un ser humano sufra daño por su inacción. Las siguientes leyes establecen la obligación de obedecer las órdenes humanas y de proteger la propia existencia, siempre dentro de la jerarquía establecida por las anteriores.
Lo interesante está en las contradicciones: ¿Qué ocurre si un robot tiene que elegir entre obedecer una orden y proteger a una persona? ¿Qué sucede cuando una instrucción sencilla puede interpretarse de varias maneras? ¿Puede una máquina actuar según sus reglas y provocar, sin embargo, un resultado que los seres humanos consideran desastroso? Asimov convirtió esas preguntas en historias.
Yo, robot, publicado en 1950, reúne relatos que exploran distintas situaciones relacionadas con los robots y las leyes que los gobiernan. Muchos de aquellos problemas siguen resultando reconocibles en una época en la que hablamos a diario de inteligencia artificial, algoritmos y máquinas capaces de tomar decisiones.
No significa que Asimov predijera la inteligencia artificial tal como existe hoy. Su valor está en otro lugar. Imaginó conflictos antes de que algunas de las tecnologías que los hacen posibles formaran parte de nuestra vida cotidiana. Y esa es una de las funciones más interesantes de la ciencia ficción. No necesita acertar el futuro para resultar valiosa. Puede servirnos para pensar en él.
El fin de la eternidad y la obsesión por cambiar el futuro
Entre las novelas de Asimov hay otra que siempre merece ser recordada: El fin de la eternidad. Publicada en 1955, presenta una organización que existe fuera del tiempo convencional y que interviene en la historia humana para modificar determinados acontecimientos. El planteamiento parece una invitación a jugar con el destino, pero pronto aparece una cuestión mucho más inquietante.
Si tuviéramos la capacidad de cambiar la historia, ¿deberíamos hacerlo? La pregunta conecta con buena parte de la literatura de Asimov. Sus personajes intentan utilizar el conocimiento para anticiparse a los problemas, pero cada intervención puede generar consecuencias inesperadas. El conocimiento no elimina el riesgo. A veces lo hace más complejo.
Algo parecido sucede en Los propios dioses, publicada en 1972, una novela que aborda cuestiones relacionadas con la energía y el contacto entre seres de mundos diferentes. La obra muestra además la amplitud de intereses de Asimov y su capacidad para utilizar la ciencia ficción como vehículo para hablar de problemas científicos y sociales.
A estas alturas, resulta difícil separar al Asimov escritor del Asimov que disfrutaba formulando preguntas.
Una literatura de ideas
Asimov nunca fue un escritor preocupado por adornar la prosa. Su estilo es directo y busca que el lector avance con rapidez hacia la idea que sostiene la historia.
Eso ha generado críticas. Sus personajes no siempre poseen la complejidad psicológica que encontramos en otros grandes autores del género y su narrativa puede resultar más interesada en los problemas intelectuales que en la exploración emocional.
Es una característica que conviene reconocer, porque leer a Asimov como si su principal objetivo fuera construir personajes de enorme profundidad psicológica puede llevar a una decepción. Pero tampoco creo que haya que utilizarlo para descalificar su literatura pues lo que quería era contar ideas.
Sus personajes suelen estar al servicio de esas ideas y sus conversaciones sirven para desarrollar problemas, plantear hipótesis y encontrar soluciones. Su interés está en observar qué sucede cuando una determinada premisa se lleva hasta sus últimas consecuencias.
Eso explica que algunos de sus libros produzcan una sensación distinta de la que encontramos en una novela centrada en la intimidad de los personajes. En Asimov, la gran escala puede ocupar el lugar que en otros escritores ocupa la psicología: una civilización entera puede convertirse en protagonista de una historia, un robot puede servir para plantear una pregunta moral y una fórmula matemática puede transformarse en una herramienta para reflexionar sobre el destino. Incluso una máquina puede obligarnos a preguntarnos qué significa ser humano. Ese es el terreno en el que Asimov se mueve con mayor soltura, el de una ciencia ficción que utiliza las grandes ideas para hablar, en el fondo, de nosotros mismos.
El divulgador que quiso acercar la ciencia a todos
Existe un Asimov que quizá quede eclipsado por Fundación y por los robots: el divulgador científico.
Y, sin embargo, su producción en este campo fue enorme. Escribió sobre astronomía, física, química, biología, historia y muchos otros asuntos. Su capacidad para explicar conceptos complejos mediante un lenguaje accesible convirtió sus libros en una referencia para lectores que querían acercarse a la ciencia sin poseer una formación especializada.
Esta faceta no es un añadido a su carrera literaria. Forma parte de su identidad como escritor.
Asimov confiaba en el conocimiento y desconfiaba de la ignorancia cuando esta se convertía en una barrera. Para él, explicar ciencia significaba también acercar al lector a una manera de pensar.
Quizá por eso sus libros de ficción y sus textos de divulgación estén más relacionados de lo que parece. En ambos casos existe una voluntad de despertar la curiosidad.
No se trata solo de ofrecer respuestas. Se trata de conseguir que el lector quiera seguir preguntando.
Un autor que convirtió la curiosidad en una forma de literatura
Asimov murió el 6 de abril de 1992, pero su obra continúa formando parte de la conversación sobre la ciencia ficción y la tecnología.
Su influencia puede encontrarse en escritores posteriores, en el cine, en las series de televisión y en la forma en que la cultura popular imagina los robots. También aparece cada vez que alguien habla de las Tres Leyes de la Robótica o utiliza el término «psicohistoria» para referirse a la posibilidad de predecir el comportamiento de grandes grupos humanos.
Sin embargo, creo que su legado más importante es menos espectacular: la huella de Asimov se encuentra en los lectores que descubrieron la ciencia a través de sus libros, en quienes comenzaron a interesarse por la astronomía después de leer uno de sus ensayos y en quienes encontraron en la ciencia ficción una forma de pensar sobre el futuro. También podemos reconocerla en quienes abrieron uno de sus libros sin saber muy bien qué iban a encontrar y terminaron descubriendo un género que los acompañaría durante años. Yo pertenezco a ese grupo.
El libro gris que cambió mi forma de leer
Con el paso de los años he leído a muchos autores de ciencia ficción. Algunos han construido mundos más complejos, otros han creado personajes que me han emocionado más y otros han escrito con una prosa más hermosa. Sin embargo, Asimov ocupa un lugar que ningún otro escritor puede sustituir, porque fue el primero que despertó en mí esa necesidad de seguir leyendo.
Aquel pequeño libro gris de Bruguera que mi madre me compró en el aeropuerto no cambió mi forma de leer, pero sí hizo que quisiera leer más y, sobre todo, que quisiera leer todo lo que encontrara de aquel autor. Así comenzó mi etapa Asimov y, a través de sus libros, mi descubrimiento de la ciencia ficción. Después vendrían otros escritores y otras lecturas, hasta que, algunos años más tarde, mis gustos volvieron a cambiar de rumbo y apareció Stephen King. Con él descubrí el terror y otra manera de acercarme a la literatura, igual de absorbente, aunque muy distinta.
Por eso, cuando pienso en Asimov, no recuerdo solo al escritor de Fundación, de los robots y de la psicohistoria. Recuerdo también a aquella niña de once años que encontró un pequeño libro gris en un expositor de aeropuerto y comenzó, sin saberlo, una de esas etapas lectoras que terminan formando parte de nuestra historia. Porque algunos autores no solo nos gustan: nos descubren todo lo que todavía nos queda por leer.
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