Hay novelas que buscan incomodar al lector desde la trama y otras que lo hacen desde el lenguaje, la estructura y la percepción de la realidad. Sulfuro, de Fernanda García Lao, pertenece claramente a la segunda categoría. Publicada por Candaya, esta breve pero intensa novela se adentra en los territorios de la locura, el duelo, los fantasmas y la identidad fracturada a través de una narradora incapaz de separar con claridad el mundo de los vivos y el de los muertos.
La premisa ya contiene todos los elementos de la literatura de lo inquietante contemporánea. Entre una madre obsesionada con las vidas de santos y marcada por el suicidio, y un padre proctólogo emocionalmente ausente, la protagonista intenta construir una existencia aparentemente normal: matrimonios, mudanzas, rutinas domésticas, urbanizaciones tranquilas. Sin embargo, frente a su nueva casa se encuentra un cementerio. Y esa presencia termina convirtiéndose en una grieta por la que irrumpen los recuerdos, las obsesiones y los fantasmas.
Pero Sulfuro no es una novela de terror convencional. Lo sobrenatural nunca aparece separado del deterioro psicológico ni de las tensiones sociales y familiares que atraviesan a la protagonista. La muerte, la maternidad, el cuerpo, el pecado, el deseo o la culpa se mezclan en una narración profundamente incómoda, a ratos alucinatoria y siempre cargada de una extraña intensidad poética.
Uno de los mayores aciertos de Fernanda García Lao es la construcción formal de la novela. Narrada en segunda persona y en presente, Sulfuro genera una sensación constante de desdoblamiento y extrañamiento. La protagonista parece hablarse a sí misma y, al mismo tiempo, convertirse en objeto de observación. Esa elección narrativa crea una cercanía perturbadora con el lector, que queda atrapado dentro de una conciencia fragmentada.
La estructura también resulta especialmente interesante. Los capítulos son muy breves y funcionan casi como escenas teatrales o fogonazos mentales. Los personajes vivos ni siquiera poseen nombre propio, mientras que los muertos sí son identificados. Esa inversión no es casual: en Sulfuro los muertos tienen más presencia, más densidad y casi más realidad que los vivos.
La influencia teatral en la escritura de García Lao es evidente y funciona muy bien dentro del texto. No resulta extraño si se tiene en cuenta la trayectoria de la autora como dramaturga y actriz. Cada escena parece diseñada para sostener tensión visual y psicológica, con diálogos cortantes y situaciones que oscilan constantemente entre lo absurdo, lo grotesco y lo siniestro.
Además, la novela trabaja muy bien los símbolos. El más llamativo es ese tanga hallado en la piscina de la casa, un objeto aparentemente trivial que acaba adquiriendo una dimensión obsesiva y perturbadora. García Lao convierte elementos cotidianos en detonantes emocionales y en puertas hacia el trauma y la memoria.
La autora también utiliza continuamente estructuras de contraste: vida y muerte, religión y pecado, maternidad y aborto, cordura y delirio. Pero lo interesante es que nunca plantea estas oposiciones de forma simple o moralizante. Todo aparece contaminado, ambiguo y emocionalmente inestable.
Dentro de la narrativa latinoamericana contemporánea, Sulfuro se inserta claramente en esa corriente de literatura de lo insólito y terror psicológico escrita por autoras como Mariana Enríquez, Mónica Ojeda, Giovanna Rivero o Solange Rodríguez Pappe. Sin embargo, Fernanda García Lao posee una voz completamente propia: más teatral, más grotesca y con una relación muy particular con el humor negro y la deformación.
La novela se lee muy rápido, pero deja una sensación persistente. No busca tanto el miedo clásico como la incomodidad emocional y la percepción de que la realidad puede descomponerse en cualquier momento. Esa atmósfera resulta uno de sus mayores logros.
Fernanda García Lao nació en Mendoza, aunque vivió durante años en España. Es narradora, poeta y dramaturga, y una de las voces más singulares de la narrativa argentina actual. Su obra suele explorar cuerpos deformados, identidades marginales, violencia, sexualidad y locura desde perspectivas poco convencionales. Entre sus libros más conocidos se encuentran Muerta de hambre, Nación vacuna, La piel dura o Vagabundas. También ha publicado poesía y teatro, disciplinas cuya influencia se percibe claramente en su narrativa.
Sulfuro es una novela extraña, incómoda y muy personal. Una de esas obras que no buscan agradar a todos los lectores, sino construir una experiencia perturbadora y coherente con su propia lógica interna. Precisamente por eso resulta tan interesante.
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