Un hijo, de Alejandro Palomas, es una novela juvenil, pero limitarla a esa etiqueta sería quedarse en la superficie. Es una historia que puede llegar a lectores jóvenes, pero también a los adultos, porque habla de la infancia, de la familia, de las ausencias y, sobre todo, de la dificultad de decir aquello que nos duele.

La novela, publicada en 2015 por La Galera, recibió el Premio Joaquim Ruyra de narrativa juvenil y el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2016. El jurado de este último destacó que se trata de una obra polifónica, profunda y emotiva, con personajes que crecen dentro de una trama capaz de enganchar al lector.

Y después de leerla entiendo perfectamente ese reconocimiento.

Guille y el mundo que construye con su imaginación

Guille tiene nueve años, es un niño tranquilo, lector y con una imaginación desbordante. Solo tiene una amiga, Nazia, y su comportamiento llama la atención de Sonia, su profesora.

Todo comienza con una pregunta aparentemente sencilla: qué quieren ser los niños cuando sean mayores. Las respuestas son las esperables en un grupo de esa edad hasta que llega el turno de Guille y dice que quiere ser Mary Poppins. No parecerse a ella, sino ser Mary Poppins.

La respuesta hace que Sonia se pregunte qué hay detrás de esa afirmación. Guille parece un niño feliz, pero hay algo que no termina de encajar. Su madre está ausente, su padre atraviesa una situación complicada y el niño parece refugiarse en un mundo propio.

A partir de ahí aparece María, la psicóloga del colegio, que tendrá que intentar comprender qué está ocurriendo con Guille.

Y aquí es donde la novela empieza a crecer.

Una historia contada desde varias miradas

Uno de los grandes aciertos de Un hijo es su estructura. Alejandro Palomas no cuenta la historia desde una única perspectiva, sino que alterna las voces de Guille, Sonia, María y Manuel, su padre. Cada uno aporta una pieza diferente del rompecabezas.

Este recurso permite que el lector se acerque a Guille desde distintos ángulos. Lo que para un personaje resulta evidente puede no serlo para otro, y aquello que el niño no consigue expresar aparece de forma indirecta a través de sus dibujos, sus conversaciones, sus respuestas y su particular manera de mirar el mundo.

Me parece muy acertado que Palomas no nos entregue desde el principio todas las respuestas. La historia se construye a medida que los personajes van descubriendo lo que sucede y el lector acompaña ese proceso.

La estructura coral también permite comprender mejor a los adultos. No estamos ante una historia en la que exista un personaje que sabe toda la verdad y los demás solo tienen que descubrirla. Cada uno arrastra sus propias dificultades y su propia manera de enfrentarse a ellas.

La sensibilidad de Alejandro Palomas

Me ha gustado de Un hijo la sensibilidad con la que Alejandro Palomas se acerca a Guille. Podría haber convertido la historia en un relato sentimental destinado a provocar lágrimas, pero creo que el autor encuentra un equilibrio mucho más interesante. Hay momentos duros y situaciones que producen tristeza, pero la emoción nace de los propios personajes y de lo que vamos descubriendo sobre ellos.

Palomas entiende muy bien algo que me parece fundamental cuando se escribe sobre la infancia: los niños no siempre pueden explicar con claridad aquello que les ocurre. A veces lo expresan mediante el comportamiento, mediante la imaginación o mediante aquello que parece no tener importancia para un adulto.

Guille construye parte de su mundo a través de Mary Poppins, de la lectura y de su imaginación. Lo que podría parecer una simple peculiaridad infantil adquiere otro significado cuando empezamos a comprender qué hay detrás.

Y ahí está, para mí, una de las mayores virtudes de la novela: no trata a Guille como un problema que los adultos deben solucionar, sino como un niño al que primero hay que escuchar.

Los silencios también cuentan

La ausencia, los secretos y las palabras que no se pronuncian recorren toda la novela.

Guille vive una situación familiar que no comprende del todo y los adultos que lo rodean tampoco saben siempre cómo enfrentarse a ella. Su padre tiene sus propios silencios y sus propias dificultades. Sonia sospecha que detrás de la aparente felicidad del niño hay algo más. María intenta acercarse a él sin quedarse en la primera explicación.

La novela plantea así una cuestión que sigue siendo muy actual: cuánto escuchamos realmente a los niños.

Los adultos tenemos la costumbre de interpretar lo que hacen y de buscar explicaciones desde nuestra propia perspectiva. Pero Un hijo recuerda que escuchar a un niño requiere algo más que preguntarle qué le pasa. Hay que observar, tener paciencia y aceptar que quizá no pueda responder de la manera que esperamos.

Guille, María y los adultos que intentan comprenderlo

Guille es, por supuesto, el corazón de la novela. Su imaginación, su sensibilidad y su manera de enfrentarse a lo que ocurre hacen que sea imposible permanecer indiferente ante él.

Pero también me ha interesado mucho María. Su papel no consiste solo en descubrir qué sucede, sino en acercarse poco a poco al mundo de Guille y conseguir que confíe en ella.

Sonia representa esa primera mirada adulta que percibe que algo no encaja. Y Manuel, el padre, aporta otra dimensión a la historia: la de un adulto que también tiene que enfrentarse a su propio dolor y a sus dificultades para gestionar lo que está ocurriendo.

Nazia, la única amiga de Guille, tiene también una presencia importante en la historia. Su amistad permite mostrar otro de los aspectos que Palomas incorpora a la novela: la diversidad de realidades familiares y culturales que pueden encontrarse dentro de un mismo colegio.

Una novela juvenil para lectores de cualquier edad

Creo que esta es la razón principal por la que Un hijo trasciende el género juvenil.

La editorial la dirige a lectores jóvenes y la guía de lectura de La Galera la sitúa a partir de los catorce años, pero los temas que aborda no pertenecen a una edad concreta.

La infancia, la paternidad, las relaciones familiares, la ausencia, el miedo, la incomunicación y la necesidad de sentirse escuchado son asuntos que cualquier adulto puede reconocer.

Por eso no creo que haya que acercarse a Un hijo pensando que estamos ante una novela «para jóvenes». Es una novela protagonizada por un niño y escrita de una manera accesible, pero emocionalmente tiene mucho más recorrido.

A mí me ha gustado mucho por esa sensibilidad. Por la forma en que Alejandro Palomas consigue ponerse cerca de un niño sin infantilizarlo y acercarse al dolor sin convertirlo en espectáculo.

Mi opinión

Un hijo me ha parecido una novela preciosa, sensible y mucho más profunda de lo que podría hacer pensar su clasificación como literatura juvenil.

Me gusta que Alejandro Palomas confíe en el lector y deje que las piezas vayan encajando poco a poco. La historia tiene un componente de misterio que mantiene el interés, pero lo que permanece después de cerrar el libro no es tanto el misterio como sus personajes y todo aquello que han tenido que callar.

Guille es de esos personajes que se quedan contigo porque resulta fácil entender que su imaginación no es una simple característica del personaje. Es también una manera de protegerse, de comprender lo que le rodea y de intentar encontrar respuestas. Y esa mirada hacia la infancia es lo que más valoro de la novela.

Un hijo habla de niños, pero también habla a los adultos. Nos recuerda que detrás de una sonrisa puede haber una preocupación, que detrás de un silencio puede esconderse algo que no sabemos interpretar y que escuchar no consiste solo en oír las palabras. A veces hay que aprender a escuchar lo que todavía no se sabe decir.


Descubre más desde El baúl de Xandris

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.