Hay autores que conocemos de nombre durante años antes de llegar a leerlos. Es una de las contradicciones de una vida lectora: por muchos libros que pasen por nuestras manos, siempre quedan escritores y obras que se nos escapan. Y cuando, además, llevas mucho tiempo leyendo, encontrar una novela capaz de sorprenderte de verdad tiene un valor especial.

Eso es lo que me ocurrió con Las hermanas Gourmet, de Vicente Molina Foix. La recordaba como una novela difícil de clasificar y, al volver sobre ella, sigo pensando que esa es una de sus mayores virtudes. Es una historia que no se deja encerrar en un solo género y que utiliza la cocina, la memoria, los cuentos, los secretos familiares y lo fantástico para construir un universo propio.

Una familia, una cocina y un mundo que se desborda

La historia gira alrededor de cuatro hermanas cocineras que alcanzan cierta fama gracias a una cocina capaz de alimentar tanto a ricos como a pobres. Su restaurante es el centro de buena parte de la narración, pero la novela está muy lejos de ser una historia sobre gastronomía.

A su alrededor aparecen una casa que parece guardar sus propios secretos, una familia europea sin patria pero con raíces, un joven visitante curioso, animales que adquieren un papel inesperado, una red de espías y distintos personajes que llegan cargados de historias.

La cocina se convierte así en mucho más que un escenario. Los alimentos, las recetas y los platos forman parte de la imaginación de los personajes y de una forma de contar el mundo. En las manos de estas hermanas, cocinar equivale también a conservar una memoria y a inventar una realidad.

Y ahí está uno de los aspectos que más me interesaron de la novela: nunca sabes del todo hacia dónde va a llevarte.

Realismo mágico, fábula y surrealismo

Mientras leía Las hermanas Gourmet, encontré ecos de algunas obras que ya forman parte de mi imaginario lector. Hay algo del aroma de Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, cuando la comida adquiere una dimensión que supera lo cotidiano, y también una forma de entender la historia familiar que puede recordar al universo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

No diría que Molina Foix imite esas obras. La comparación sirve más bien para situar el territorio literario en el que se mueve: un espacio donde lo cotidiano y lo extraordinario pueden convivir sin necesidad de explicarse.

La novela acepta los fantasmas, los animales insólitos, los recuerdos, las leyendas y los relatos dentro del relato como parte natural de su universo. Lo fantástico no aparece como una ruptura, sino integrado en la propia lógica de la narración.

Por eso la novela tiene algo de fábula, pero también de cuento oral. Franciska, uno de sus personajes, introduce historias y relatos que amplían todavía más el mundo de la novela. En algunos momentos tuve la sensación de estar ante una versión literaria de Las mil y una noches, donde una historia conduce a otra y cada relato abre una nueva puerta.

Una novela que mezcla géneros

Otra de las características que más me sorprendieron es su capacidad para mezclar registros y géneros sin quedar atrapada en ninguno.

Hay gastronomía, pero también intriga. Hay secretos familiares, espionaje industrial, política, amor, celos y emigración. Hay elementos propios de la novela de misterio y otros que se acercan a la novela histórica, aunque el libro utiliza todos esos ingredientes desde una perspectiva muy personal.

Molina Foix no parece interesado en construir una historia que pueda resumirse con facilidad en una etiqueta. Su apuesta es otra: reunir materiales muy distintos y conseguir que terminen formando parte de un mismo universo.

Y lo consigue porque detrás de esa aparente acumulación existe un hilo que conduce la narración hacia un desenlace en el que muchas de las piezas encuentran su lugar.

La oralidad como forma de contar

Uno de los elementos que más peso tienen en la novela es la narración oral. Las historias pasan de unos personajes a otros y adquieren una dimensión casi legendaria.

La voz de Julia, una de las hermanas, nos conduce por buena parte de este mundo, pero no es la única voz que importa. Los relatos que aparecen dentro de la propia novela amplían la perspectiva y hacen que la lectura tenga algo de relato familiar contado junto al fuego, aunque aquí el fuego esté en buena parte de las cocinas donde se preparan esos platos extraordinarios.

Esta estructura también explica que la novela pueda cambiar de dirección con rapidez. Molina Foix pasa de la cocina a la intriga, de la memoria a lo fantástico y de la historia familiar al cuento sin abandonar el universo que ha construido.

Es una escritura que exige cierta disposición por parte del lector. No busca llevarnos de la mano por un camino perfectamente señalizado, sino invitarnos a entrar en un territorio en el que debemos aceptar que cualquier cosa puede ocurrir.

Una lectura que deja una sonrisa

Lo que más recuerdo de Las hermanas Gourmet es precisamente esa sensación de haber viajado a un lugar que parece existir entre la realidad y el sueño.

No es una novela que pueda reducirse a la historia de cuatro hermanas cocineras. Es una historia sobre la memoria, las raíces, la familia, la identidad y la capacidad de la imaginación para transformar la realidad. Pero también es una novela lúdica, llena de historias, personajes y situaciones inesperadas.

Al terminarla, tuve la sensación de haber recorrido un territorio imaginario más soñado que real. Y quizá esa sea la mejor manera de definir una lectura que, muchos años después, sigo recordando.

Las hermanas Gourmet es una novela inclasificable, sensual, misteriosa y llena de imaginación. Una de esas lecturas que demuestran que todavía es posible encontrar una historia capaz de sorprendernos cuando creemos que ya conocemos demasiadas formas de contar.

A mí me encantó.


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