La infancia suele asociarse con la protección, el descubrimiento y cierta idea de inocencia. En la literatura de terror, sin embargo, también puede convertirse en el momento en que el mundo deja de parecer seguro. En los relatos y novelas de Mariana Enríquez, la infancia y la adolescencia ocupan un lugar inquietante: son etapas en las que los personajes descubren la violencia, el deseo, la muerte y los secretos que los adultos han intentado mantener fuera de su alcance.

En su obra, crecer no equivale a abandonar el miedo. A veces significa descubrir que ese miedo siempre estuvo ahí.

La escritora argentina ha construido buena parte de su universo literario a partir de la contaminación entre lo cotidiano y lo siniestro. Una casa abandonada, un barrio conocido, un grupo de amigos, una noche de verano o una habitación infantil pueden convertirse en espacios amenazadores. El terror no necesita llegar desde un lugar lejano: puede encontrarse dentro de aquello que debería resultar familiar.

La adolescencia como territorio de descubrimiento

La adolescencia aparece desde la primera novela de Mariana Enríquez, Bajar es lo peor, publicada en 1995 y escrita cuando la autora era muy joven. La novela sigue a tres adolescentes, Facundo, Narval y Carolina, relacionados con las drogas, la violencia, el sexo, la noche y la necesidad de encontrar un lugar propio en un mundo que parece ofrecer pocas respuestas.

En este primer libro ya encontramos algunos elementos que después se convertirían en constantes de su narrativa: jóvenes que se mueven por espacios nocturnos, personajes que se sienten desplazados, una relación conflictiva con el mundo adulto y una atracción hacia aquello que puede resultar peligroso.

La adolescencia de Enríquez no es una etapa de transición tranquila. Es un territorio de experimentación. Los personajes prueban límites, descubren su sexualidad, buscan formas de pertenencia y se enfrentan a la posibilidad de destruirse en ese proceso.

La propia autora ha relacionado Bajar es lo peor con su interés por escribir terror desde sus comienzos y ha explicado que empezó la novela a los diecisiete años. También ha señalado la influencia que tuvo en ella vivir la adolescencia durante un periodo marcado por profundas transformaciones sociales y políticas en Argentina.

Cuando los niños descubren que el mundo adulto no los protege

En los cuentos de Enríquez, la infancia tampoco funciona como refugio. Los niños pueden encontrarse con la muerte, la violencia o lo sobrenatural antes de disponer de las herramientas necesarias para comprenderlo.

En Los peligros de fumar en la cama, por ejemplo, una niña desentierra unos huesos en el jardín creyendo que pertenecen a un animal. Ese descubrimiento aparentemente infantil abre la puerta a una realidad mucho más inquietante.

La escena resulta significativa porque concentra una de las estrategias más reconocibles de la autora: partir de una situación cotidiana y permitir que el horror aparezca poco a poco. No hace falta colocar al personaje infantil en un castillo encantado ni en un universo fantástico. Basta un jardín.

La infancia funciona así como una etapa en la que todavía no se conocen todas las reglas del mundo. Y precisamente por eso resulta más vulnerable.

Pero Enríquez tampoco presenta a los niños como criaturas inocentes que contemplan pasivamente el horror. Sus personajes observan, investigan, entran en lugares prohibidos y hacen preguntas. La curiosidad forma parte del peligro.

Nuestra parte de noche: crecer bajo la sombra del horror

Esta relación entre infancia, adolescencia y miedo alcanza una dimensión mucho mayor en Nuestra parte de noche, novela publicada en 2019 y ganadora del Premio Herralde.

Gaspar, hijo de Juan y Rosario, crece dentro de una familia marcada por los secretos, la violencia y la presencia de una sociedad secreta conocida como la Orden. Su padre intenta protegerlo del destino que le ha sido impuesto, pero Gaspar hereda unas capacidades que lo vinculan con ese mundo.

Lo interesante es que la novela no utiliza la infancia de Gaspar como simple explicación de su personalidad adulta. Su crecimiento constituye una parte esencial de la narración.

Gaspar comienza siendo un niño y, poco a poco, entra en una adolescencia en la que descubre que aquello que lo rodea tiene una dimensión que no puede controlar. La amistad con Vicky, Pablo y Adela adquiere entonces una importancia fundamental. Los cuatro forman un grupo de amigos que se encuentra en ese momento delicado en el que la infancia empieza a desaparecer.

La casa de la calle Villarreal representa uno de los momentos centrales de ese tránsito. Los niños entran en un espacio que no deberían conocer y el descubrimiento de lo que allí sucede marcará sus vidas. La aventura infantil se convierte en trauma.

En este sentido, Nuestra parte de noche puede leerse también como una historia de formación. Un estudio académico sobre la narrativa de Enríquez ha señalado precisamente la construcción de esta parte de la novela como una especie de relato de iniciación protagonizado por Gaspar y sus amigos.

Y ahí aparece una de las ideas más inquietantes de la novela: los niños no descubren el horror porque sean incapaces de distinguirlo de la realidad. Lo descubren porque el horror forma parte de la realidad que los adultos les han ocultado.

La pérdida de la inocencia no siempre llega con una gran revelación

En la literatura de Mariana Enríquez, la pérdida de la inocencia tampoco necesita producirse mediante un acontecimiento único.

Puede llegar a través de una desaparición, una muerte, un abuso, una experiencia sexual, una amistad rota o el descubrimiento de que los adultos mienten.

Por eso sus adolescentes suelen encontrarse en una posición ambigua. Todavía conservan parte de la mirada infantil, pero empiezan a descubrir el deseo y la violencia del mundo adulto.

En Las cosas que perdimos en el fuego, esta dimensión aparece en varios relatos. Los años intoxicados, por ejemplo, sigue a tres amigas durante los años de apagones en Argentina y convierte la experiencia juvenil en una mezcla de amistad, drogas, deseo y peligro. El propio catálogo de Anagrama presenta el cuento como la historia de tres amigas durante aquellos años de apagones, una amistad que quedará marcada por la muerte.

La adolescencia vuelve a aparecer así como un espacio donde los vínculos son intensos y donde las experiencias dejan marcas difíciles de borrar.

El miedo de crecer

Hay algo especialmente interesante en la relación que establece Enríquez entre adolescencia y terror: muchas veces el miedo no procede solo de aquello que amenaza físicamente a los personajes. También procede del futuro.

Crecer significa descubrir que los padres pueden equivocarse, que el amor puede hacer daño, que el cuerpo cambia, que el deseo puede resultar peligroso y que existen secretos familiares capaces de modificar la imagen que tenemos de nosotros mismos. En ese sentido, el terror sobrenatural y el miedo a crecer terminan mezclándose.

Un fantasma puede representar una pérdida que el personaje todavía no sabe asumir. Una casa abandonada puede convertirse en la materialización de un secreto. Una desaparición puede condensar el miedo a perder a quienes forman parte de nuestro pequeño mundo.

Incluso cuando lo sobrenatural aparece de forma explícita, suele estar acompañado por un conflicto reconocible. Ese es uno de los rasgos que hacen que la literatura de Enríquez resulte tan perturbadora. Sus monstruos no sustituyen a la realidad: conviven con ella.

Una infancia atravesada por la memoria

La relación entre infancia, miedo y memoria también conecta con la experiencia generacional de Mariana Enríquez. La autora nació en 1973 y creció durante la dictadura argentina, una etapa marcada por la violencia política, la incertidumbre y el miedo. En distintas entrevistas ha hablado de cómo aquella experiencia forma parte de su imaginario literario, aunque su narrativa no se limite a reproducir recuerdos personales. En Nuestra parte de noche, por ejemplo, la violencia histórica se integra en una historia de terror en la que lo sobrenatural convive con una realidad política y social profundamente perturbadora.

Esta perspectiva ayuda a entender por qué el miedo infantil en sus libros no procede siempre de una presencia sobrenatural. Los niños y adolescentes pueden descubrir que el peligro también se encuentra en los adultos, en la violencia que los rodea, en las desapariciones, en los silencios familiares o en aquello que intuyen que no deben preguntar. El terror surge entonces de la dificultad para comprender un mundo en el que quienes deberían protegerlos también pueden formar parte de aquello que provoca miedo.

La realidad histórica aporta así una segunda dimensión a sus relatos. Fantasmas, casas abandonadas, cuerpos transformados y presencias inexplicables conviven con una violencia que no necesita elementos sobrenaturales para resultar aterradora. Enríquez utiliza ambas dimensiones para construir una mirada sobre la infancia en la que perder la inocencia significa, en muchos casos, descubrir que el mundo adulto guarda secretos que pueden cambiar para siempre la percepción de la realidad.



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