Cuando asistí en Alicante a la presentación de Barrio Moscardó, de Sergio Galarza, compré allí mismo un ejemplar en la librería donde se celebraba el encuentro y se lo llevé para que me lo firmara. Ya conocía al autor por Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, una obra que me había gustado mucho y de la que le hablé durante la presentación, sobre todo por la forma en que abordaba la memoria, la familia y el duelo por la muerte de su madre. Al firmarme Barrio Moscardó, Galarza escribió que esta crónica era «como la segunda parte del libro de mi madre». Una frase que entonces me llamó la atención y que cobró un significado especial después de leerlo.
No se trata, por supuesto, de una continuación en sentido estricto. Ambos textos parten de momentos y experiencias diferentes, pero los dos nacen de una misma necesidad de volver sobre la propia historia. Si Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre estaba atravesado por la enfermedad y la muerte de su madre, aquí el autor amplía el recorrido y se detiene en la infancia, la emigración, la familia, los lugares en los que ha vivido y la búsqueda de un espacio propio. Son dos aproximaciones distintas a la memoria personal, y creo que la frase que escribió en mi ejemplar resulta acertada porque permite entender la relación que existe entre ambas.
Cuando la memoria sale a la calle
En Barrio Moscardó, los recuerdos no aparecen aislados del presente. Galarza vuelve a su infancia en Los Sauces, en Lima, pero también observa el barrio madrileño en el que ha construido parte de su vida adulta. Entre ambos espacios se establece una relación que permite hablar de lo que permanece y de lo que cambia cuando dejamos atrás un lugar para comenzar de nuevo en otro.
La calle ocupa un papel importante en ese recorrido. No es solo el escenario en el que suceden las cosas, sino uno de los lugares donde se aprende a relacionarse con los demás, a reconocer las normas de convivencia y a descubrir el mundo. Hay una mirada hacia la infancia que recupera personajes, espacios y situaciones concretas, pero el autor no se limita a reconstruir aquellos años. Lo que hace es observar desde el presente qué queda de todo aquello y qué hemos perdido por el camino.
Esa mirada hace que la infancia no aparezca como una época idealizada. Hay afecto por aquellos recuerdos, pero también conciencia de que los barrios han cambiado y de que la forma de vivirlos ya no es la misma.
El barrio como parte de nuestra historia
El título resulta especialmente significativo porque el barrio acaba funcionando como algo más que una referencia geográfica. Es el espacio en el que se cruzan las historias personales y colectivas, donde las relaciones entre vecinos forman una red que permite sentirse parte de algo.
Galarza contrapone su experiencia en Los Sauces con la vida posterior en Moscardó, y ese contraste permite apreciar hasta qué punto los lugares en los que vivimos terminan formando parte de nuestra identidad. No somos ajenos a los espacios que habitamos. Las calles que recorremos, las personas que conocemos y las experiencias que acumulamos en ellas acaban incorporándose a nuestra propia historia.
También hay una reflexión sobre los cambios sociales y sobre una forma de vida que parece haberse ido debilitando. La relación entre vecinos, la presencia de los niños en la calle y esa sensación de pertenecer a una comunidad tienen un peso importante en el relato. Pero el autor no necesita convertir esa percepción en una defensa de un pasado perfecto. Lo que hace es confrontar lo que recuerda con lo que encuentra en el presente.
Encontrar un hogar
La llegada a España introduce otra dimensión en la historia. Emigrar no consiste solo en cambiar de país: supone empezar de nuevo y enfrentarse a problemas muy concretos. Galarza cuenta las dificultades para encontrar un trabajo que le permita avanzar y, al mismo tiempo, acceder a una vivienda en la que construir una vida junto a su familia.
La cuestión de la vivienda aparece así vinculada al trabajo y a las posibilidades económicas, pero también a algo más profundo: la necesidad de encontrar un sitio que pueda sentirse como propio. Tener una casa no garantiza por sí mismo ese sentimiento de pertenencia, del mismo modo que haber nacido en un determinado lugar no significa que uno permanezca ligado a él para siempre.
Entre Lima y Madrid se abre un espacio marcado por el desplazamiento y por la necesidad de adaptarse. Galarza no presenta la emigración como una experiencia abstracta, sino a través de las dificultades y decisiones que forman parte de su propia trayectoria. Encontrar empleo, pagar una vivienda, formar una familia y construir nuevas relaciones forman parte de ese proceso.
Por eso Moscardó representa también el lugar en el que una vida empieza a asentarse después de haber dejado atrás otra. El barrio se convierte en algo que se construye con el tiempo, a través de los vínculos y de las experiencias compartidas.
La calle como espacio de aprendizaje
Uno de los aspectos que más me han interesado del libro es la importancia que concede a la calle como lugar de aprendizaje. Antes de que buena parte de la vida infantil se trasladara a espacios más controlados, salir a jugar suponía enfrentarse a otros niños, resolver conflictos, descubrir límites y aprender a desenvolverse sin la presencia constante de los adultos.
Galarza recupera esa experiencia desde el recuerdo de su infancia, pero también desde la mirada de un padre que observa cómo crecen sus propios hijos. Esa doble perspectiva introduce una comparación natural entre generaciones. Lo que él vivió no es exactamente lo que sus hijos viven, y esa diferencia permite preguntarse qué hemos ganado y qué hemos dejado atrás.
No hay una reivindicación ingenua de todo lo que pertenecía al pasado. La calle podía ser también un lugar de conflictos, peligros y desigualdades. Pero había en ella una forma de aprendizaje que hoy resulta menos habitual y que el autor recupera como parte de su propia formación.
Una memoria sin nostalgia
Aunque el pasado ocupa un lugar importante, Barrio Moscardó no es una obra construida desde la nostalgia. Galarza recuerda porque necesita comprender mejor quién es y cómo ha llegado hasta el presente, no porque pretenda regresar a un tiempo que ya no existe.
Esa diferencia resulta importante. La nostalgia tiende a seleccionar aquello que queremos conservar de nuestros recuerdos y a dejar fuera lo que incomoda. Aquí, en cambio, hay una voluntad de mirar la propia trayectoria con sus dificultades, contradicciones y pérdidas. La infancia convive con la emigración, los recuerdos familiares con las preocupaciones económicas y los lugares queridos con la conciencia de que también han cambiado.
La memoria sirve, por tanto, para poner en relación diferentes momentos de una vida. El niño de Lima, el joven que deja su país, el adulto que intenta encontrar su lugar en Madrid y el padre que contempla crecer a sus hijos forman parte de una misma persona, aunque cada etapa parezca pertenecer a una historia distinta.
La propia vida como materia literaria
Galarza demuestra que hablar de uno mismo no significa escribir únicamente sobre uno mismo. Su experiencia sirve como punto de partida para abordar asuntos que pueden resultar cercanos a muchos lectores: la familia, la infancia, la emigración, el trabajo, la vivienda, las relaciones entre vecinos y la transformación de los espacios que hemos conocido.
Ahí está, para mí, una de las virtudes del libro. Lo personal no se convierte en una barrera entre el autor y quien lee. Al contrario, sus recuerdos abren la puerta a preguntas que podemos hacernos sobre nuestra propia historia. Todos tenemos lugares que asociamos a determinadas épocas, personas que forman parte de nuestros recuerdos y espacios que han cambiado tanto que apenas reconocemos en ellos lo que fueron.
La escritura de Galarza parte de hechos concretos y de experiencias propias, pero consigue que el lector mire también hacia su pasado. No hace falta haber vivido en Los Sauces ni en Moscardó para entender lo que significa dejar un lugar, intentar construir otro y descubrir, con el paso del tiempo, que ambos terminan formando parte de nosotros.
De Los Sauces a Moscardó
El recorrido entre los dos barrios da forma al libro y permite entender mejor la trayectoria del autor. Los Sauces representa la infancia, la familia y las primeras experiencias; Moscardó está ligado a la vida adulta, a la llegada a Madrid, a la construcción de una familia y a la búsqueda de estabilidad.
Entre ambos queda todo lo que sucede durante el trayecto. No es solo una distancia geográfica, sino el resultado de las decisiones, las circunstancias y las dificultades que han marcado una vida. El autor mira hacia atrás desde un presente que le permite comprender de otra manera aquello que vivió.
Y quizá ahí se encuentra la verdadera relación con Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre. El primero se adentraba en la pérdida de su madre y en el duelo; este nuevo título amplía el foco para recorrer otros momentos de su existencia. Uno está marcado por la ausencia; el otro mira hacia los lugares, las personas y las experiencias que han contribuido a construir una vida.
Una crónica personal que habla de algo más
Me han gustado los dos libros de Sergio Galarza, aunque por razones diferentes. No creo que Barrio Moscardó deba leerse como una repetición de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, ni tampoco como una segunda parte convencional. Son obras distintas, con preocupaciones diferentes, pero comparten esa mirada hacia la propia experiencia que permite transformar los recuerdos en literatura.
La frase que Galarza escribió al firmarme el ejemplar en Alicante terminó adquiriendo todo su sentido después de la lectura. Esta crónica puede entenderse como «la segunda parte del libro de mi madre» porque continúa explorando su propia historia desde otro punto de partida. Esta vez no lo hace desde el duelo por una pérdida, sino desde los barrios, la infancia, la emigración, la familia y la necesidad de encontrar un lugar en el que echar raíces.
Barrio Moscardó es, en ese sentido, una obra sobre los lugares que habitamos, pero también sobre lo que esos lugares hacen con nosotros. Porque una casa puede ser solo una casa, y un barrio puede ser solo un conjunto de calles, hasta que la vida se encarga de llenarlos de recuerdos. Entonces dejan de ser espacios anónimos y pasan a formar parte de nuestra historia.
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