Ruido de cicatriz (InLimbo, 2022), de Iria Fariñas, es una recopilación de veintitrés relatos que se acercan a la violencia, la pérdida, la soledad, el miedo y las heridas que dejan determinadas experiencias. La autora parte de situaciones cotidianas para llevarlas hacia un territorio incómodo, donde aquello que parece reconocible adquiere una dimensión mucho más inquietante.
La escritura de Fariñas tiene un marcado componente poético, pero no busca embellecer el dolor. Al contrario: sus imágenes y su forma de sugerir lo que sucede contribuyen a crear una atmósfera en la que el lector debe permanecer atento. Muchas veces lo importante no está en lo que los personajes dicen, sino en aquello que queda escondido entre sus palabras.
Y esa es una de las características que más me han interesado de Ruido de cicatriz: la autora no necesita explicarlo todo.
Una colección de relatos unidos por la herida
Los veintitrés relatos tienen un elemento común: la presencia de una herida que puede ser física, emocional o simbólica. La cicatriz del título representa aquello que permanece después de que la experiencia que la provocó ha terminado.
La propia sinopsis del libro habla de personajes próximos a la violencia y de una grieta que termina transformándose en cicatriz. Esa idea recorre las historias y permite establecer una relación entre relatos que, en apariencia, pueden partir de situaciones muy distintas.
Anorexia, violación, suicidio, soledad, pérdida, muerte, miedo, dependencia o ausencia aparecen como distintas formas de enfrentarse a aquello que puede rompernos.
Pero Fariñas no presenta estas experiencias como una sucesión de desgracias. Lo que hace resulta más inquietante: las introduce en la vida cotidiana.
Porque la violencia no siempre llega acompañada de señales evidentes. También puede esconderse en una relación, en una dependencia, en una enfermedad, en una pérdida o en aquello que una persona decide callar.
De ahí que algunos relatos produzcan una sensación de incomodidad que permanece después de terminar la lectura. No porque todos busquen provocar un impacto inmediato, sino porque obligan a mirar de otra manera situaciones que, en principio, reconocemos.
Cuando lo cotidiano deja de ser cotidiano
Una de las cuestiones que más me han hecho pensar durante la lectura es precisamente esa capacidad para convertir lo cotidiano en algo inquietante.
¿Qué hay de extraordinario en que una relación termine? ¿En sentirse solo? ¿En enfermar? ¿En tener miedo? Son situaciones que forman parte de la vida y que, por eso mismo, pueden resultar más perturbadoras cuando la literatura consigue mostrarnos el lado que preferimos no mirar.
Fariñas encuentra ahí un terreno fértil para sus relatos.
No necesita construir escenarios extraordinarios ni recurrir a grandes acontecimientos para hablar de la violencia. La encuentra en la intimidad, en las relaciones personales y en las consecuencias que determinadas experiencias dejan en quienes las viven.
Y quizá esa cercanía sea una de las razones por las que algunos de estos relatos resultan incómodos. El lector puede reconocer el punto de partida aunque no haya vivido la situación concreta que se narra.
La literatura también sirve para eso: para acercarnos a realidades que no conocemos y obligarnos a contemplarlas desde otro lugar.
Lo que no se cuenta también forma parte del relato
Otro de los aspectos que destacaría de Ruido de cicatriz es la importancia de lo que queda fuera de la página.
La autora no parece interesada en ofrecer explicaciones para cada comportamiento ni en conducir al lector hacia una interpretación única. Hay situaciones que deben ser reconstruidas a partir de pequeños detalles y silencios.
Esto exige una lectura atenta.
No son relatos que se puedan leer siempre de forma distraída para llegar al final y pasar al siguiente. En varios de ellos merece la pena detenerse y pensar qué ha sucedido y, sobre todo, qué significa aquello que se nos ha mostrado.
La brevedad de los relatos tampoco significa que sean textos sencillos. Al contrario. En ocasiones, unas pocas páginas contienen una situación que continúa creciendo en la cabeza del lector después de haber cerrado el libro.
Esa capacidad de dejar un eco es uno de los valores de la narrativa breve cuando está bien construida.
Fariñas no necesita alargar las historias para explicar las heridas de sus personajes. Las muestra a través de momentos concretos y permite que el lector complete aquello que falta.
La cicatriz como símbolo
El título funciona como una puerta de entrada a todo el libro.
Una herida pertenece al presente. Una cicatriz pertenece al pasado, pero demuestra que ese pasado sigue formando parte de nosotros.
La diferencia resulta importante porque muchos de los personajes de estos relatos no se encuentran ante acontecimientos que desaparecen sin dejar rastro. Lo vivido permanece de alguna manera.
La cicatriz es, por tanto, una marca, pero también una memoria.
Y ahí encaja la imagen que atraviesa el libro: aquello que en un principio puede parecer pequeño termina adquiriendo un peso que resulta imposible ignorar.
Las heridas no siempre empiezan siendo grandes. Pueden surgir de una experiencia aparentemente insignificante, de una relación, de una palabra o de una situación que, con el tiempo, adquiere otra dimensión.
La autora explora precisamente ese proceso y muestra cómo aquello que no se resuelve puede terminar formando parte de la identidad de una persona.
Una prosa que sugiere más de lo que explica
La escritura de Iria Fariñas tiene una marcada dimensión poética. Sin embargo, no creo que lo más interesante de Ruido de cicatriz sea la belleza de determinadas imágenes, sino la función que cumplen dentro de las historias.
La autora utiliza el lenguaje para crear sensaciones y para sugerir estados emocionales sin tener que nombrarlos de forma constante.
Eso permite que los relatos tengan una atmósfera propia.
Hay una tensión entre lo que parece normal y aquello que poco a poco comienza a resultar extraño. Una situación puede empezar de forma reconocible y acabar dejando una sensación incómoda.
Ese desplazamiento es importante porque evita que los relatos se conviertan en simples historias sobre el sufrimiento. Lo que encontramos es una mirada literaria sobre ese sufrimiento.
Y ahí está, para mí, una diferencia importante.
No se trata solo de contar que alguien ha sufrido una pérdida, una enfermedad, una agresión o una situación de dependencia. Se trata de mostrar qué sucede alrededor de esa experiencia, cómo afecta a los personajes y qué queda cuando el acontecimiento deja de ocupar el centro.
Eros y Tánatos en la vida cotidiana
La maternidad, la sexualidad, la dependencia y la agresividad forman parte de ese territorio en el que Fariñas sitúa sus historias. Son aspectos relacionados con el cuerpo, los vínculos y el deseo, pero también con la pérdida y la muerte.
La presencia de Eros y Tánatos que señala Solange Rodríguez Pappe en el prólogo resulta, en este sentido, una buena forma de aproximarse al libro.
Vida y muerte, deseo y violencia, necesidad de afecto y dependencia aparecen relacionados dentro de situaciones que no necesitan abandonar el terreno de lo cotidiano para resultar inquietantes.
Eso hace que Ruido de cicatriz pueda leerse desde distintos ángulos. No es solo un libro sobre la violencia. También es un libro sobre las relaciones humanas, sobre la fragilidad y sobre las marcas que dejamos en los demás y que los demás dejan en nosotros.
Mi experiencia con Iria Fariñas
He de señalar que la calidad de Ruido de cicatriz no me ha sorprendido.
Ya había leído Gritar en voz baja, otro libro de relatos de Iria Fariñas, y me gustó mucho. Por eso, cuando me acerqué a esta nueva recopilación, ya conocía su forma de utilizar el lenguaje y su interés por esas zonas de la realidad que pueden resultar incómodas.
En Ruido de cicatriz vuelve a demostrar que el relato breve puede contener mucho más de lo que parece.
Hay autores que necesitan muchas páginas para desarrollar una idea. Fariñas consigue trabajar con textos breves y dejar en ellos una carga que continúa después de la última línea.
Como lectora, eso es algo que valoro especialmente.
Un relato no tiene que explicarlo todo para resultar completo. A veces es preferible que deje una pregunta, una imagen o una sensación que continúe acompañándonos.
Y eso ocurre en varios momentos de este libro.
Una lectura que deja huella
Ruido de cicatriz no es una lectura complaciente. Tampoco pretende serlo.
Los relatos hablan de experiencias duras y de personajes que se encuentran cerca de situaciones que pueden dejar una marca profunda. Pero la autora no convierte el dolor en espectáculo. Lo utiliza como materia literaria para hablar de aquello que preferimos ocultar.
La cicatriz termina siendo así mucho más que una imagen relacionada con el título. Es una forma de entender el conjunto del libro.
Todos llevamos, de una manera u otra, las marcas de aquello que hemos vivido. Algunas son visibles y otras permanecen escondidas. Algunas pertenecen a experiencias que podemos nombrar y otras forman parte de aquello que nunca llegamos a contar.
Iria Fariñas convierte esas heridas en relatos.
Y lo hace desde una escritura que exige la participación del lector, que no ofrece todas las respuestas y que encuentra lo inquietante no en mundos alejados de nuestra realidad, sino en aquello que reconocemos demasiado bien.
Por eso Ruido de cicatriz me parece una lectura recomendable para quienes disfrutan de la narrativa breve, de los relatos que dejan espacio a la interpretación y de una literatura capaz de encontrar lo perturbador en situaciones aparentemente normales.
Una colección de relatos que demuestra que una historia puede ser breve y, aun así, dejar una cicatriz.
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