Fran no tenía previsto quedarse en aquel pequeño pueblo de la Patagonia argentina. La cancelación de un vuelo convierte una espera imprevista en una estancia que le obliga a enfrentarse a una situación que todavía no sabe cómo afrontar: el final de una relación de casi veinte años. Lejos de casa y sin posibilidad de continuar el viaje previsto, queda suspendido en un lugar extraño mientras intenta reconstruir qué ha sucedido con la vida que hasta entonces había considerado propia.
Ese punto de partida permite a Paco Roca construir en El viaje una historia sobre la ruptura, pero también sobre aquello que permanece cuando una relación desaparece. Porque después de casi dos décadas compartidas no solo se pierde una pareja. También se transforma la identidad de quien ha construido buena parte de su vida alrededor de ese vínculo.
La memoria como territorio de la pareja
Publicada por Astiberri en 2026, esta nueva novela gráfica de Paco Roca vuelve sobre uno de los territorios que atraviesan buena parte de su obra: la memoria. El autor valenciano ha explorado el recuerdo desde perspectivas muy distintas en Arrugas, La casa, Regreso al Edén, El abismo del olvido o El invierno del dibujante. En El viaje, sin embargo, la memoria adquiere una dimensión más íntima. Ya no se trata tanto de reconstruir una época, una familia o unos acontecimientos históricos como de intentar comprender qué permanece de una vida compartida cuando la pareja que la sostenía deja de existir.
Fran ha construido buena parte de su identidad alrededor de esa unión. Durante casi dos décadas, el nosotros ha ocupado un espacio mayor que el yo, y cuando la relación se rompe no desaparece solo una pareja: también se tambalea la imagen que el protagonista tenía de sí mismo. La pregunta que plantea Paco Roca no es únicamente qué ocurre cuando dejamos de querer a alguien, sino qué hacemos con todos los años que siguen formando parte de nosotros cuando ese vínculo se termina.
Ahí reside uno de los mayores aciertos de El viaje. Roca no convierte la ruptura en un enfrentamiento entre buenos y malos ni busca culpables. Tampoco construye un relato sentimental basado en la nostalgia. Le interesa algo más complejo: la memoria como territorio contradictorio, capaz de conservar momentos felices y, al mismo tiempo, revelar las grietas que ya estaban presentes en una relación.
Recordar no significa recuperar el pasado tal como sucedió. Cada recuerdo lleva consigo la mirada de quien lo evoca desde el presente. Fran reconstruye su relación desde la distancia y esa reconstrucción está condicionada por lo que acaba de perder. El pasado deja de ser una sucesión de acontecimientos para convertirse en una pregunta: ¿qué fue aquella relación?, ¿qué significó para cada uno?, ¿en qué momento dejó de ser lo que había sido?
Un viaje hacia el pasado
La estructura de la novela gráfica permite que Paco Roca se mueva entre esos tiempos sin necesidad de explicarlos de forma constante. El presente de Fran en la Patagonia funciona como punto de partida para regresar a diferentes momentos de su vida en pareja. El viaje exterior queda así subordinado a otro desplazamiento, mucho más difícil: recorrer una historia compartida para intentar encontrar en ella una explicación que permita seguir adelante.
Y la Patagonia tiene un papel fundamental en ese proceso.
El paisaje podría haber sido un simple escenario exótico para una historia de ruptura. Sin embargo, Paco Roca decidió viajar hasta allí para documentarse después de haber situado la historia en Argentina. Lo que en un primer momento era una localización circunstancial terminó adquiriendo un peso narrativo propio. El aislamiento, las distancias, las carreteras, los pequeños núcleos habitados y la sensación de encontrarse lejos de todo encajan con el estado emocional del protagonista.
La Patagonia no soluciona nada, pero obliga a detenerse.
Ese matiz resulta importante porque El viaje no plantea la huida como una forma de superar el dolor. Fran no puede desprenderse de su pasado cambiando de continente. Al contrario: la distancia física hace más evidente la cercanía de los recuerdos. En un espacio donde todo parece ajeno, la memoria se convierte en el único territorio familiar.
Paco Roca consigue además que ese paisaje no funcione como una postal. La Patagonia que aparece en sus páginas tiene una dimensión cotidiana y humana. Los espacios abiertos contrastan con la intimidad de los recuerdos y generan una tensión entre la inmensidad del territorio y el pequeño mundo personal en el que Fran se encuentra encerrado.
La pareja como construcción de una identidad
Esta relación entre espacio exterior y espacio interior es una de las claves visuales de la obra. Roca no necesita recurrir a grandes efectos para expresar el desconcierto del personaje. La composición de las páginas, los silencios y la utilización del paisaje permiten que el lector perciba la espera como una experiencia emocional. El avión cancelado deja de ser una anécdota argumental y se convierte en el detonante de una suspensión vital.
Durante ese tiempo detenido, Fran tiene que mirar hacia atrás antes de poder imaginar qué hacer con el futuro.
También resulta interesante la forma en que Paco Roca aborda la propia idea de pareja. El viaje no ofrece una respuesta cerrada a la pregunta de por qué necesitamos establecer vínculos afectivos ni pretende demostrar que las relaciones largas estén condenadas al fracaso. Lo que hace es poner en cuestión algunas de las ideas que asociamos a la pareja: la permanencia, la identidad compartida, la construcción de una familia y la expectativa de que una relación pueda mantenerse intacta a pesar del paso del tiempo.
Una convivencia de casi veinte años contiene demasiadas versiones de las personas que la forman. No somos los mismos cuando comienza una relación que cuando termina, y quizá una de las dificultades consiste en aceptar que también ha cambiado aquello que se construyó entre ambos.
Ese planteamiento evita que El viaje sea una historia de amor convencional. Incluso cuando habla del amor, Roca está hablando del tiempo. De lo que hacemos con los años vividos junto a otra persona y de la manera en que esos años siguen formando parte de nuestra identidad aunque la relación haya terminado.
La Patagonia como personaje
El carácter autobiográfico de la obra añade otra capa a esta lectura. La historia parte de aspectos de la experiencia del propio Paco Roca y de otras vidas cercanas a él, aunque El viaje no deba entenderse como una transcripción literal de su biografía. Esa proximidad dota al relato de una particular sensación de vulnerabilidad. Roca se aproxima a materiales personales sin convertirlos en una confesión y encuentra en ellos una historia que puede ser reconocible para cualquiera que haya tenido que enfrentarse al final de una relación larga.
Ahí está otra de las virtudes de la novela: consigue partir de una experiencia concreta para llegar a una reflexión que no necesita de grandes acontecimientos. No hay que haber vivido lo que vive Fran para reconocer la sensación de perder una parte de la propia identidad cuando desaparece una relación que parecía formar parte de la estructura de la vida.
El paisaje patagónico adquiere así una función que va más allá de la ambientación. La amplitud del territorio contrasta con el reducido espacio emocional en el que se encuentra Fran. Mientras el personaje intenta ordenar sus recuerdos, el paisaje permanece abierto ante él. La naturaleza no participa de sus conflictos, pero su presencia constante amplifica la sensación de aislamiento y de distancia.
El dibujo y los silencios
El dibujo acompaña ese planteamiento sin imponerse sobre la historia. Paco Roca vuelve a demostrar su capacidad para contar con las imágenes aquello que las palabras no necesitan explicar. Los gestos, los silencios, los espacios vacíos y las miradas permiten que determinadas emociones aparezcan sin que el personaje tenga que verbalizarlas.
Eso es, al fin y al cabo, una de las grandes posibilidades de la novela gráfica y Roca sabe aprovecharla: contar el tiempo y la memoria sin someterlos a una explicación continua.
El viaje puede parecer, en principio, una obra más pequeña que algunas de las grandes novelas gráficas anteriores del autor. No aborda un episodio histórico como Los surcos del azar, ni una tragedia colectiva como El abismo del olvido, ni la enfermedad y el deterioro de la memoria como Arrugas. Su conflicto es doméstico, íntimo, incluso reconocible. Pero precisamente por eso adquiere una dimensión universal.
Porque todos tenemos una memoria construida a partir de otras personas.
Y cuando una relación termina, no desaparece lo vivido. Cambia la manera de mirarlo.
Una novela gráfica sobre lo que queda
Paco Roca construye una novela gráfica contenida y reflexiva, donde el viaje físico sirve para representar otro mucho más difícil: el recorrido por una relación que ya ha terminado para intentar comprender qué queda de ella. La Patagonia proporciona el aislamiento; los recuerdos, el verdadero movimiento.
El viaje habla de la pareja, pero también habla de la identidad, del paso del tiempo y de la dificultad de despedirse de una vida que, aunque ya no exista, continúa dentro de nosotros. No propone olvidar para avanzar. Propone algo más complejo: aceptar que el pasado forma parte de lo que somos sin permitir que nos impida construir lo que viene después.
Y quizá ese sea el verdadero viaje de Fran: descubrir que mirar hacia atrás no siempre significa querer regresar.
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