Pilar Pedraza es una de esas escritoras que no necesitan demasiadas presentaciones entre los lectores del fantástico español. Su obra se mueve por territorios incómodos, oscuros y poco dados a las etiquetas, donde el horror, el erotismo, la imaginación y lo grotesco suelen caminar de la mano. Autora de novelas como La fase del rubí y Las novias inmóviles, Pedraza construyó una obra muy personal dentro de la literatura fantástica española.
En Paisaje con reptiles, publicada por Valdemar en 1996 dentro de la colección El Club Diógenes, lleva al lector hasta una isla tropical en la que nada termina de ser lo que parece. La novela juega con la frontera entre realidad y sueño, entre la amenaza física y aquello que pertenece a un territorio más difícil de explicar.
Y lo hace con una virtud que, en una novela de estas características, resulta fundamental: la agilidad.
Una isla donde algo no encaja
Alicia es una joven pintora que viaja hasta una isla tropical para reunirse con su marido, Julius, un ingeniero que trabaja en una plataforma petrolífera. Su cometido consiste en investigar una extraña mancha que se extiende por el mar, formada por residuos tóxicos y algas en descomposición.
La premisa ya contiene varios elementos propios de la literatura fantástica y del terror: una isla aislada, una amenaza que procede del mar, una naturaleza contaminada, unas leyendas locales y unos personajes que parecen guardar secretos.
Pero Pedraza no construye una novela de terror al uso.
Alicia se convierte en la mirada a través de la cual conocemos ese espacio extraño. Mientras Julius permanece ligado a la explicación científica, ella se deja llevar por la curiosidad y por su imaginación. Su recorrido por la isla la acerca a las historias que circulan entre sus habitantes y a una niña vinculada con los rituales y las leyendas del lugar.
La mancha del mar termina adquiriendo una dimensión que va mucho más allá de un problema ecológico. La naturaleza enferma y los personajes parecen formar parte de una misma transformación. La contaminación exterior encuentra su reflejo en aquello que sucede en el interior de la isla y de quienes la habitan.
Pilar Pedraza y el placer de lo extraño
Lo que más me ha gustado de Paisaje con reptiles es su ritmo. Es una novela que avanza con rapidez y que sabe crear situaciones extrañas sin detenerse a explicarlas hasta agotarlas.
Y ahí está una de las claves de Pedraza.
La autora no necesita construir una trama de gran complejidad para conseguir que el lector quiera seguir avanzando. Le basta con introducir una imagen inquietante, un personaje extraño, una historia que no termina de encajar o una situación que parece desplazarse poco a poco hacia otro territorio.
La isla funciona así como un espacio cerrado en el que las reglas habituales comienzan a perder consistencia.
Hay magia, ritos ancestrales, supersticiones, animales y una amenaza que procede tanto de la naturaleza como de los seres humanos. Las tortugas y las iguanas forman parte de ese paisaje, pero no están ahí como simple decoración exótica. Los reptiles terminan adquiriendo una presencia propia y contribuyen a crear esa sensación de extrañeza que recorre toda la novela.
El título resulta, por tanto, mucho más significativo de lo que podría parecer en un principio.
Una novela de terror con espíritu de serie B
Aquí tengo que reconocer una de las cosas que más he disfrutado de la novela: no creo que haya que acercarse a Paisaje con reptiles esperando encontrar una historia de terror solemne.
Tiene algo de serie B que le sienta muy bien.
Hay situaciones disparatadas, elementos grotescos, brujería, transformaciones, erotismo y una amenaza que podría haber salido de una película de terror fantástica de otra época. Sin embargo, Pedraza no parece preocupada por mantener una distancia respetuosa con sus propios materiales.
Al contrario.
Hay un cierto desenfado en la narración que permite disfrutar de la historia sin necesidad de buscarle a cada elemento una explicación racional. La autora sabe que está manejando materiales reconocibles del fantástico y los combina con libertad.
Por eso la novela puede resultar divertida al mismo tiempo que inquietante.
Y esa combinación no es tan sencilla como parece.
El lector puede encontrarse ante una escena extraña y, en lugar de reaccionar solo con miedo, hacerlo también con cierta sonrisa. El humor no destruye el ambiente fantástico, sino que introduce una distancia que permite que la novela respire.
Alicia y la sensación de estar encerrada
Alicia es uno de los elementos que más me interesa de la novela porque su viaje a la isla puede leerse también como el descubrimiento de un encierro.
En apariencia, llega a un lugar exótico para pasar unos días junto a su marido. Sin embargo, poco a poco empieza a percibir que aquel espacio es mucho más reducido de lo que imaginaba. La isla, el hotel y la relación con Julius van creando una sensación de confinamiento que contrasta con la amplitud del paisaje.
La naturaleza tropical debería representar libertad, pero ocurre lo contrario.
Alicia se encuentra atrapada en un escenario que cada vez comprende menos.
Y es ahí donde la fantasía adquiere otra lectura. La amenaza no procede solo de las leyendas de la isla o de la extraña mancha que aparece en el mar. También está en las relaciones entre los personajes, en aquello que Alicia desconoce y en la distancia entre lo que cree saber y lo que acaba descubriendo.
La protagonista se mueve entre dos mundos: el de Julius, relacionado con la ciencia y la explicación racional, y el de la isla, donde las leyendas, los ritos y lo inexplicable tienen otro peso.
Pedraza no necesita decidir por completo cuál de los dos tiene razón.
Naturaleza, contaminación y transformación
Uno de los aspectos más interesantes de Paisaje con reptiles es la relación entre la degradación del paisaje y la transformación de los personajes.
La mancha que aparece en el mar introduce una dimensión ecológica que hoy puede resultar incluso más cercana que cuando se publicó la novela. El petróleo, los residuos y la contaminación no son solo elementos de ambientación: forman parte de una amenaza que parece alterar el equilibrio de la isla.
La naturaleza deja de ser un simple escenario.
Se convierte en una presencia.
El mar contaminado, los animales, el calor, la vegetación y los reptiles contribuyen a construir un ambiente en el que lo natural y lo sobrenatural terminan mezclándose. La degradación física del entorno encuentra su correspondencia en la degradación de algunos personajes, hasta hacer difícil separar una cosa de la otra.
Es uno de los elementos que dan más cuerpo a una novela que, por su extensión y por la velocidad con la que avanza, podría haberse quedado en una simple historia de terror fantástico.
No lo hace.
Una lectura breve y muy disfrutable
Paisaje con reptiles es una novela breve y de lectura rápida, pero no por eso resulta menor dentro de la obra de Pilar Pedraza.
Su mayor atractivo está en la mezcla.
Hay terror, fantasía, erotismo, humor, brujería, contaminación, animales y una atmósfera tropical que termina convirtiendo la isla en un escenario casi alucinado. Todo ello aparece contado con una prosa ágil que evita que la historia se estanque.
No es una novela que necesite tomarse demasiado en serio para funcionar.
De hecho, creo que parte de su encanto está justo ahí.
Los lectores que disfruten del fantástico más extraño y de cierto terror con sabor a serie B pueden encontrar en ella una lectura muy entretenida. Y quienes ya conozcan a Pilar Pedraza reconocerán algunos de los elementos que recorren su imaginario: el cuerpo, la transformación, lo monstruoso, la naturaleza alterada y la fascinación por aquello que escapa a las explicaciones convencionales.
En mi caso, lo mejor ha sido esa capacidad para llevarme de una escena a otra sin darme tiempo a aburrirme. La novela tiene algo de aventura fantástica, de pesadilla tropical y de película de serie B, pero detrás de esa apariencia juguetona hay una escritora que sabe muy bien cómo crear una atmósfera y cómo introducir lo extraño en un escenario cotidiano.
Paisaje con reptiles me ha dejado, además, con ganas de seguir leyendo a Pilar Pedraza. Y eso, cuando recuperamos una obra de hace años, es quizá la mejor señal.
Porque algunas novelas no necesitan que pase el tiempo para volverse extrañas.
Solo necesitan que volvamos a abrirlas.
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