Cada cierto tiempo aparecen etiquetas nuevas que se presentan como si acabaran de nacer en la literatura, cuando en realidad lo único nuevo es el nombre. El cli-fi —abreviatura de climate fiction— es uno de esos casos: no inaugura nada, pero ordena un miedo contemporáneo con eficacia comercial.


Bajo este paraguas se agrupan novelas donde el cambio climático deja de ser fondo y pasa a ocupar el centro del conflicto. Sequías, inundaciones, colapsos ecológicos, migraciones forzadas o sociedades reorganizadas tras el deterioro ambiental. No es tanto una invención literaria como una reorganización del desastre ya imaginado por la ficción durante décadas.

La diferencia ahora es la etiqueta.

Qué se llama cli-fi (y qué no es)

El cli-fi no constituye un género cerrado. Funciona más bien como un contenedor flexible donde conviven distopía, ciencia ficción, realismo contemporáneo e incluso thriller político.

Su rasgo común no es estilístico, sino temático: el clima como fuerza narrativa activa. Ya no es decorado, es agente.

Pero conviene matizar algo importante: no todo lo que incluye catástrofes ambientales es cli-fi, igual que no toda novela con amor es “romance de catálogo”. La etiqueta simplifica más de lo que explica.

El mecanismo narrativo: del futuro al presente

Uno de los rasgos más relevantes del cli-fi actual es su desplazamiento temporal. Lo que antes se situaba en un futuro lejano ahora se escribe como presente inmediato o futuro casi contiguo.

La literatura ya no imagina el desastre: lo anticipa con prisa.

Este cambio no es solo narrativo, es cultural. El lector contemporáneo no percibe el colapso como hipótesis, sino como extensión probable de los titulares.

Rasgos habituales del cli-fi contemporáneo

Aunque no existe un canon, sí hay patrones recurrentes:

– Entornos degradados ambientalmente o en transición crítica
– Presencia de ciencia, política o activismo como motor de conflicto
– Personajes atrapados entre supervivencia individual y responsabilidad colectiva
– Tono entre la advertencia, la ansiedad y la resignación
– Hibridación con distopía, thriller o realismo social

En muchos casos, el clima no es el tema: es la excusa estructural para hablar de otra cosa (poder, desigualdad, colapso institucional).

Ejemplos representativos

Algunas obras han consolidado el uso del término, aunque no siempre lo hagan de forma explícita:

El ministerio del futuro de Kim Stanley Robinson: una visión casi documental de la gestión política y económica del colapso climático global.
MaddAddam de Margaret Atwood: distopía biotecnológica donde el deterioro ambiental atraviesa toda la estructura social.
Conducta de vuelo de Barbara Kingsolver: el desplazamiento de especies como síntoma visible de transformación ecológica y humana.

Más allá de estos casos, gran parte de la ficción contemporánea incorpora elementos cli-fi sin declararse como tal. La etiqueta llega después, cuando el mercado necesita clasificar.

El problema real: cuando la etiqueta sustituye al análisis

El cli-fi no es tanto un género literario como una operación de clasificación editorial. Su utilidad está en el mercado: agrupa, orienta, vende.

Pero esa misma utilidad introduce un riesgo evidente: la reducción de obras complejas a una sola variable temática.

Se pierde así lo esencial de la literatura:
– estilo
– intención
– mirada política o estética
– complejidad formal

Todo queda comprimido bajo una palabra que promete claridad, pero entrega simplificación.

Más allá del nombre

El interés del cli-fi no está en su supuesta novedad, sino en lo que revela: una cultura que necesita nombrar el miedo para poder consumirlo.

La literatura no ha empezado a hablar del clima ahora. Lo que ha cambiado es la urgencia con la que el mercado necesita etiquetar ese discurso.

Cierre

El cli-fi no inaugura un género. Organiza una ansiedad.

Y como ocurre con muchas etiquetas recientes, su función no es literaria en sentido estricto, sino editorial: hacer legible lo que ya estaba ocurriendo, aunque no necesitara nombre.


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