David Uclés no ha escrito sobre Barcelona: la ha metido en una coctelera, la ha agitado y nos la sirve como protagonista absoluta. La ciudad no es un escenario ni un telón de fondo; es un organismo vivo que respira, late y, a veces, te da un golpe en la cara. Cada calle, cada plaza, cada esquina se convierte en espacio narrativo, y Uclés no tiene miedo de mostrarlo todo, sin filtros ni concesiones. El proyecto nació con intensidad total. Uclés apenas había pisado Barcelona cuando presentó su novela para la beca Montserrat Roig. Falló a la primera, ganó a la segunda y tuvo que mudarse durante año y medio. Resultado: su matrimonio terminó. Para él, la literatura lo pide todo, y a veces no deja espacio para nada más. Esa intensidad se traslada al texto: se nota que la ciudad lo fascinó desde el primer momento y que quiso absorberla hasta sus huesos.


La novela arranca con un apagón que sumerge Barcelona en la oscuridad. Una ciudad sin luz, y 74 personajes reales cruzándose por sus calles: Carmen Laforet, Carlos Ruiz Zafón, Joan Miró, Woody Allen, Rosalía… Vivos y muertos, locales y extranjeros, épocas y futuros conviviendo en un caos que es casi mágico. Uclés, que suele hablar de realismo mágico, define esta obra como surrealista. No hay que esperar lo cotidiano: aquí el tiempo se suspende, la historia se mezcla con la fantasía y los personajes se convierten en testigos y actores de la memoria colectiva de la ciudad.

El apagón funciona como excusa narrativa y símbolo. Para Barcelona, habla de turistificación, gentrificación y pérdida de identidad de los barrios: una ciudad llena de cuerpos pero vacía de alma. Para los personajes, la oscuridad es también la muerte, la desaparición, lo absurdo del destino. Y para Uclés, es resistencia: no hay políticos, solo artistas. El arte es la manera de sobrevivir al paso del tiempo y a las sombras del mundo; es catarsis y esperanza.

Para mí, nacida en Barcelona, la novela es un homenaje. Mezcla historia, literatura, ciencia ficción, crítica social y memoria urbana. Me encantaron los autores sudamericanos, la aparición de Carmen Laforet, Ana María Matute, Carmen Balcells, y hasta Gurb y Carvalho. Todos ellos conviven en la ciudad de Uclés como si fueran habitantes de las calles, personajes que vienen y van, que hablan y recuerdan, que ríen y sufren. La sensación es de un carnaval literario, un desfile de memorias y voces que celebran Barcelona y su historia cultural.

Sí, hay muchos personajes y referencias culturales; a veces se siente saturada, y un respiro habría venido bien. Pero ese exceso es parte del encanto: la novela funciona como un mosaico, y cada pieza, aunque intensa, aporta al retrato de la ciudad. Cada lector puede detenerse en lo que le interese: la historia, los personajes literarios, los guiños, los ecos del pasado, la crítica social o la pura magia de la noche.

En conclusión, La ciudad de las luces muertas es excesiva, ambiciosa y valiente. No busca agradar: quiere imponer una visión, y lo consigue. Barcelona aquí no es postal ni decorado: es campo de batalla, memoria viva, luz y oscuridad. Un Premio Nadal que apuesta por la audacia, que celebra la literatura como acto de amor y reverencia por la ciudad y sus habitantes, reales o imaginados. Y funciona, sobre todo, si te gusta la variedad en las lecturas y no leer siempre lo mismo.


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