El trabajo de los ojos es una obra híbrida que se mueve entre la autoficción, el ensayo y la reflexión filosófica. Mercedes Halfon parte de una experiencia personal —sus problemas de visión— para construir un libro que acaba hablando de algo mucho más amplio: la mirada, el cuerpo, la identidad, la memoria y la propia escritura.

No es una novela al uso ni pretende serlo. Tampoco responde a las convenciones del ensayo tradicional. Halfon construye el libro a partir de fragmentos breves que se van relacionando entre sí hasta formar una especie de mapa de la mirada. Recuerdos, escenas, reflexiones, referencias culturales y episodios relacionados con la historia de la visión aparecen unidos por un mismo centro: la manera en que vemos y, sobre todo, la manera en que nuestra forma de mirar condiciona nuestra relación con el mundo.

Una mirada que no es del todo recta

La estructura fragmentaria es uno de los mayores aciertos del libro. No hay una trama lineal ni un argumento que avance de forma convencional. La narración se mueve mediante asociaciones, recuerdos y pequeñas escenas que van abriendo nuevas perspectivas.

La forma tiene, además, una relación directa con el contenido. La mirada de la narradora está marcada por el estrabismo, el astigmatismo y la hipermetropía, y esa visión que se desvía de la norma encuentra su correspondencia en una escritura que tampoco sigue una línea recta. El texto cambia de dirección, se detiene, vuelve sobre algo anterior y establece conexiones inesperadas.

La fragmentación no es, por tanto, un simple recurso formal. Forma parte de lo que el libro quiere contar. Halfon escribe desde una mirada que no busca corregirse para ajustarse a un modelo establecido, sino descubrir qué hay en esa desviación y qué puede revelar.

La experiencia de ver

El punto de partida del libro es la muerte de Balzaretti, el oculista de la narradora. A partir de ese acontecimiento, la autora reconstruye su relación con la visión y con una infancia marcada por las dificultades para ver.

Las visitas al médico, los diagnósticos, las gafas, el estrabismo y la conciencia de poseer un cuerpo que se aparta de determinada idea de normalidad forman parte de ese recorrido. También aparece el temor de transmitir esa condición a su hijo, porque las preocupaciones relacionadas con el cuerpo no desaparecen cuando dejamos de ser niños: cambian de forma.

Pero Halfon no convierte esta experiencia en un relato de enfermedad. Lo interesante está precisamente en que la visión deja de ser un asunto exclusivamente médico para convertirse en una forma de preguntarse quiénes somos.

Ver no consiste únicamente en recibir imágenes. Nuestra manera de mirar está atravesada por la memoria, por la cultura, por las expectativas y por la relación que mantenemos con nuestro propio cuerpo. Incluso aquello que consideramos una imperfección puede terminar formando parte de nuestra identidad.

El cuerpo frente a la norma

Uno de los aspectos más interesantes de El trabajo de los ojos es la manera en que cuestiona la idea de normalidad. La visión se convierte en una puerta de entrada para hablar de cómo observamos los cuerpos y de cómo aprendemos a juzgar aquello que se aparta de lo que consideramos correcto.

Halfon no necesita convertir el libro en un tratado para plantear estas cuestiones. Las introduce a través de su propia experiencia y de una mirada que combina lo personal con lo cultural. El cuerpo deja de ser algo que simplemente poseemos y se convierte en parte de nuestra manera de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.

La mirada, además, nunca es completamente inocente. Miramos y somos mirados. Nos reconocemos en la mirada ajena y también aprendemos a contemplarnos a través de ella. En ese juego aparece buena parte de la vulnerabilidad que atraviesa el libro.

Literatura, ciencia y otras formas de mirar

La reflexión autobiográfica se amplía con referencias culturales y científicas que enriquecen el texto. Aparecen figuras como Louis Braille y James Joyce, junto a episodios relacionados con la historia de la oftalmología y con distintas formas de estudiar o representar la visión.

Estas referencias no funcionan como una acumulación de datos. Halfon las incorpora a su recorrido personal y consigue que dialoguen con sus propias preguntas. El libro se abre así hacia la literatura, la ciencia y la historia sin perder su núcleo íntimo.

Uno de sus mayores atractivos está precisamente en ese movimiento entre lo pequeño y lo universal. Una consulta médica, un recuerdo de infancia o una preocupación familiar pueden convertirse en el punto de partida para hablar de cuestiones mucho más amplias.

Escribir también es mirar

En El trabajo de los ojos, visión y escritura terminan formando parte de una misma reflexión. La manera en que la narradora observa el mundo condiciona también la manera en que lo cuenta.

Por eso la escritura fragmentaria adquiere un sentido especial. No estamos ante una sucesión arbitraria de pensamientos, sino ante una forma de construir el relato a partir de asociaciones y desplazamientos de la mirada. Un recuerdo conduce a una idea; una idea abre una referencia cultural; esa referencia devuelve al lector a la experiencia personal.

Halfon consigue que el procedimiento formal y el tema del libro se apoyen mutuamente. La estructura no está separada de aquello que cuenta: la forma de escribir reproduce, en cierto modo, la forma de mirar.

Una prosa contenida y precisa

La prosa de Halfon es clara y contenida. No necesita grandes efectos para conseguir que una reflexión aparentemente pequeña adquiera profundidad. El lenguaje acompaña la naturaleza fragmentaria del libro y deja espacio para que sea el lector quien establezca algunas de las conexiones.

Esa contención resulta especialmente eficaz porque el tema podría haber llevado fácilmente al texto hacia la solemnidad o hacia un exceso de reflexión. Halfon evita ese riesgo. El libro piensa, pero no pretende ofrecer respuestas cerradas.

Su lectura exige cierta disposición por parte del lector. Quien busque una narración convencional puede encontrarse con un texto que avanza de otra manera. Aquí no importa tanto saber qué ocurre después como descubrir qué nueva relación puede establecerse entre las distintas piezas.

Una experiencia personal que acaba siendo universal

El trabajo de los ojos parte de algo tan concreto como la dificultad para ver, pero termina planteando preguntas que van mucho más allá de la experiencia de su autora. ¿Qué significa mirar? ¿Hasta qué punto nuestra percepción construye nuestra identidad? ¿Cómo influye el cuerpo en nuestra forma de relacionarnos con el mundo? ¿Y qué ocurre cuando aquello que se aparta de la norma deja de ser considerado un defecto para convertirse en una forma diferente de mirar?

Mercedes Halfon no responde a estas preguntas de manera directa. Las deja abiertas, integradas en una escritura que avanza mediante fragmentos y asociaciones.

El resultado es un libro breve, peculiar y difícil de encasillar, pero también coherente con la experiencia que quiere transmitir. El trabajo de los ojos convierte una dificultad visual en una exploración de la mirada y termina demostrando que ver nunca consiste solo en mirar.

Es también una reflexión sobre la escritura y sobre la posibilidad de transformar una experiencia íntima en literatura sin necesidad de convertirla en una historia convencional. Halfon encuentra en la desviación, en el fragmento y en aquello que no encaja perfectamente una forma propia de contar. Y ahí reside buena parte del interés de este libro.


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