Las gratitudes (Anagrama, 2022), de Delphine de Vigan, es una novela que no necesita alzar la voz para permanecer. Breve, contenida y aparentemente sencilla, pero muy conmovedora, la novela se lee como un susurro que deja una huella duradera. No solo por lo que cuenta, sino por cómo decide contarlo.

De Vigan construye una historia alrededor de la vejez, la pérdida del lenguaje, la memoria y aquello que dejamos pendiente con las personas que han formado parte de nuestra vida. No necesita grandes acontecimientos ni una trama llena de giros. Le basta con acercarse a sus personajes, escuchar lo que dicen y prestar atención a todo aquello que no consiguen expresar.

Una novela construida desde el silencio

Las gratitudes está narrada a través de dos voces que se alternan: Marie y Jérôme. Ambos se acercan a Michka desde lugares distintos y, sin embargo, sus miradas terminan formando una imagen más completa de la protagonista.

Marie mantiene con Michka una relación afectiva. Existe entre ellas un vínculo que nace del agradecimiento y de una historia compartida. Jérôme, por su parte, se relaciona con ella desde su trabajo y observa de cerca las dificultades que está teniendo para comunicarse.

La elección de estas dos voces permite a De Vigan acercarse a Michka sin invadirla. Michka es el centro emocional de la novela, pero no necesita convertirse en narradora para ocupar todo el relato. Está presente en las palabras de Marie y Jérôme, en sus recuerdos, en sus preocupaciones y en la necesidad que ambos sienten de comprender qué está ocurriendo.

Esta forma de construir al personaje resulta muy eficaz porque evita que la autora explique a Michka desde fuera. El lector la va descubriendo a través de quienes la quieren y quienes intentan ayudarla. Hay algo muy delicado en esa decisión: cuando una persona comienza a perder la capacidad de contar su propia historia, quienes están a su alrededor pueden convertirse en quienes la mantienen viva.

Cuando las palabras empiezan a desaparecer

Uno de los aspectos más interesantes de Las gratitudes es la relación entre la historia que cuenta y la forma en que está escrita. Michka sufre afasia y sus palabras comienzan a fallarle. Lo que quiere decir no siempre coincide con lo que consigue pronunciar. El lenguaje deja de ser una herramienta segura y comienza a convertirse en un territorio lleno de obstáculos.

De Vigan convierte esa pérdida en parte de la propia narración. La dificultad de Michka para encontrar las palabras no es solo una característica del personaje. Está ligada al sentido profundo de la novela.

Porque perder las palabras significa mucho más que no poder mantener una conversación. Significa correr el riesgo de no poder contar quién eres, qué has vivido, qué recuerdas o qué necesitas decir antes de que sea demasiado tarde.

La novela habla así de la memoria y de la identidad. Cuando el lenguaje comienza a desaparecer, también se pone en peligro la posibilidad de conservar la propia historia. Y alrededor de Michka aparecen quienes intentan sostener aquello que ella ya no puede expresar por sí misma.

Hay momentos en los que las palabras equivocadas de Michka resultan más conmovedoras que cualquier discurso. De Vigan no necesita explicar al lector lo que está sucediendo. Basta con mostrar ese deterioro y dejar que comprendamos lo que supone.

Marie, Jérôme y la mirada sobre Michka

La doble focalización funciona porque Marie y Jérôme no cumplen la misma función dentro de la historia. Sus vínculos con Michka son diferentes y, por tanto, también lo es su manera de observarla.

Marie representa una relación marcada por el afecto y el agradecimiento. Hay algo pendiente entre ambas que necesita ser reconocido. Jérôme se acerca a Michka desde otro lugar y trata de comprender las dificultades que atraviesa. Entre los dos permiten que la protagonista permanezca en el centro sin necesidad de convertirla en un personaje que explique su propia situación.

La autora consigue además que ninguno de los dos se convierta en una figura perfecta. Quieren ayudar, pero también tienen dudas, limitaciones y cosas que resolver. No estamos ante personajes construidos para impartir una lección al lector, sino ante personas que intentan hacer lo correcto mientras se enfrentan a una situación que no pueden controlar.

Esa humanidad hace que la novela resulte cercana. De Vigan no juzga a sus personajes ni los coloca en posiciones morales demasiado cómodas. Los deja actuar, equivocarse, recordar y tratar de reparar aquello que todavía puede repararse.

La gratitud como deuda y como necesidad

El título adquiere todo su sentido a medida que avanza la historia. La gratitud no aparece aquí como una fórmula de cortesía ni como un simple gesto amable. Es algo mucho más profundo.

Dar las gracias puede convertirse en una necesidad. En una deuda emocional que pesa cuando sabemos que alguien ha hecho algo importante por nosotros y nunca hemos encontrado el momento de reconocerlo.

La novela se mueve alrededor de esa sensación. ¿Qué ocurre con aquello que necesitamos agradecer cuando el tiempo empieza a agotarse? ¿Qué sucede con las palabras que dejamos para después?

Son preguntas sencillas, pero tienen una enorme capacidad para interpelar al lector. Porque todos podemos reconocer la existencia de palabras pendientes. Agradecimientos que no pronunciamos, conversaciones que aplazamos, personas a las que no dijimos a tiempo cuánto significaron para nosotros.

De Vigan no convierte estas preguntas en una moraleja. No necesita hacerlo. Las introduce en la historia y deja que sean los personajes quienes se enfrenten a ellas. El lector completa el resto.

Y ahí reside uno de los grandes aciertos del libro: la autora confía en quien está al otro lado de la página. No explica cada emoción ni subraya cada momento. Deja espacio para que el lector interprete, recuerde y sienta.

Una novela contenida que deja huella

El ritmo de Las gratitudes es pausado y encaja con aquello que cuenta. No hay prisa porque el verdadero conflicto no necesita carreras ni grandes acontecimientos. La historia avanza con la sensación de que cada palabra tiene un valor especial.

La economía narrativa de De Vigan es otro de sus grandes aciertos. No hay escenas construidas para arrancar una lágrima ni discursos destinados a indicarnos cómo debemos sentirnos. La emoción aparece en los pequeños detalles, en las conversaciones, en los silencios y en los intentos de los personajes por acercarse a Michka.

La autora sabe cuánto debe contar y, sobre todo, cuánto puede dejar fuera. Esa capacidad de retirarse a tiempo evita que una historia que podría caer con facilidad en el sentimentalismo termine haciéndolo.

La vejez, la pérdida de autonomía y el deterioro del lenguaje son temas que podrían haber dado lugar a una novela mucho más dramática. De Vigan escoge otro camino. Observa. Escucha. Acompaña.

Y quizá por eso la emoción llega con más fuerza.

Mi opinión sobre Las gratitudes

Las gratitudes es una maravilla porque no pretende serlo. Entiende que, a veces, la literatura más poderosa es la que sabe retirarse a tiempo, la que observa sin juzgar y la que nombra lo esencial con las palabras justas.

Es una novela que habla del final, pero no es una novela sobre la muerte. Habla de la vejez, pero tampoco se limita a ella. Habla de la pérdida del lenguaje, pero su verdadero centro está en todo aquello que necesitamos decir mientras todavía podemos hacerlo.

Y eso es lo que más me ha llegado de esta historia. Bajo una trama aparentemente pequeña hay una reflexión sobre las palabras que dejamos pendientes, sobre las personas que nos han ayudado a llegar hasta donde estamos y sobre la necesidad de reconocer lo que otros han hecho por nosotros.

No os cuento más. Hay libros que conviene descubrir sin saber demasiado antes de abrirlos, y este es uno de ellos.

Solo puedo recomendaros su lectura. Me ha emocionado, me ha conmovido y he disfrutado mucho de una novela que demuestra que no hacen falta muchas páginas ni grandes palabras para dejar una historia dentro del lector. A veces basta con encontrar las palabras adecuadas antes de que sea demasiado tarde.


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