Hay novelas que no necesitan alzar la voz para permanecer. Las gratitudes (Anagrama, 2022), de Delphine de Vigan, es una de ellas. Breve, contenida, aparentemente sencilla, pero muy conmovedora, la novela se lee como un susurro que deja una huella duradera. No por lo que cuenta —que también—, sino por cómo lo cuenta.
De Vigan articula la novela a partir de una estructura a dos voces que se alternan con una precisión casi quirúrgica. Marie y Jérôme narran desde posiciones distintas —la intimidad afectiva y la mirada profesional—, pero nunca compiten entre sí. Al contrario: se complementan, se corrigen, se amplían. Esta doble focalización permite rodear a Michka, el verdadero núcleo emocional del libro, sin invadirla ni apropiarse de su experiencia. Michka nunca habla de forma directa, y sin embargo está en todas partes. Esa decisión narrativa no es casual: es coherente con el tema central de la novela, la pérdida progresiva del lenguaje.
La técnica narrativa de Las gratitudes se sostiene en la economía extrema de medios. No hay subrayados emocionales, ni escenas diseñadas para forzar la lágrima. De Vigan confía en la elipsis, en el silencio, en los pequeños desajustes del habla y la memoria. La afasia de Michka no es solo un rasgo clínico, sino un procedimiento narrativo: el lenguaje se resquebraja dentro del propio texto, y el lector experimenta esa fragilidad en primera persona. Leer la novela es asistir a una desaparición lenta, no solo de una mujer, sino de su capacidad de nombrar el mundo.
Uno de los grandes aciertos técnicos del libro es su ritmo contenido, casi suspendido. No hay prisa. La narración avanza con la misma cautela con la que se trata a los ancianos en la residencia: con respeto, con miedo a romper algo delicado. Esa cadencia pausada refuerza la idea de que el verdadero conflicto no es externo, sino moral y emocional: qué hacemos con lo que debemos, con lo que no dijimos a tiempo, con los agradecimientos que dejamos en la sombra.
La gratitud, en la novela, no es un gesto amable ni una fórmula social. Es una deuda, una carga, casi una urgencia ética. Y De Vigan la convierte en el motor narrativo sin grandilocuencia, dejando que sea el lector quien complete los huecos, quien sienta el peso de lo no dicho. Esa es, quizá, la mayor virtud técnica del libro: su confianza absoluta en la inteligencia emocional del lector.
Las gratitudes es una maravilla porque no pretende serlo. Porque entiende que, a veces, la literatura más poderosa es la que sabe retirarse a tiempo, la que observa sin juzgar, la que nombra lo esencial con palabras mínimas. Una novela que habla del final, pero también —y sobre todo— de la dignidad de haber amado, de haber sido salvado, y de la necesidad, tan humana, de decir gracias antes de que el lenguaje nos abandone.
No os cuento más. Una lectura que os recomiendo. Me ha encantado y emocionado y he disfrutado muchísimo.
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