La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar a Sergio Galarza en la presentación de su nueva novela, Barrio Moscardó, aquí en mi ciudad. Aún no la he leído, pero su visita me recordó que sí he accedido a varias de sus obras anteriores, entre ellas esta novela, JFK que no recordaba que tenía en la pila de pendientes, y también Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, leída hace años. Volver sobre JFK después de escuchar al autor hablar de su escritura, de su mirada sobre las ciudades y de la forma en que trabaja la vulnerabilidad de sus personajes, me ha dado una perspectiva distinta y quizá más afinada de este libro.
En JFK, Galarza vuelve a sumergirse en los márgenes de la ciudad, esos lugares donde la vida se sostiene a base de improvisación, resistencia y golpes. Si Paseador de perros abría la llamada “trilogía madrileña” con un retrato directo de la precariedad urbana, JFK es un paso más hacia lo íntimo y lo descarnado: una novela más dura, más triste y, a su manera, más verdadera.
El protagonista —Jota, apodado “JFK”— alquila su cuerpo para sobrevivir. No hay épica ni romanticismo ni discursos de redención: solo un hombre que se abre paso como puede entre habitaciones impersonales, calles indiferentes y una soledad que parece ser a la vez condena y refugio. Madrid es aquí un escenario opaco, lleno de tránsito, como una ciudad que apenas roza a sus habitantes.
La historia está construida como un mapa emocional lleno de cicatrices. El pasado de Jota —una infancia difícil, amistades que se pierden, vínculos rotos— no aparece para justificarlo, sino para mostrar esas heridas que nunca terminan de cerrarse. Esta mezcla de memoria y presente le da a la novela un tono melancólico que la aleja del mero realismo crudo: es una elegía contenida, una mirada hacia atrás que duele incluso cuando se expresa en susurros.
La prosa de Galarza es una de sus mayores virtudes. Su estilo es seco, preciso, lacónico. No se entretiene en adornos ni sentimentalismos; describe solo lo necesario, y eso basta para construir una atmósfera intensa. La violencia que recorre la novela no es la del golpe explícito, sino la del desamparo, la del desgaste emocional, la de la vida empujando a un hombre hacia los bordes.
Quizá lo más perturbador —y al mismo tiempo lo más fascinante— es la forma en que la novela retrata la vulnerabilidad masculina sin exhibicionismos ni complacencias. Jota no pide perdón ni comprensión, pero tampoco oculta su fragilidad. Es un personaje que habita la grieta, siempre entre la aspiración de ser alguien distinto y la certeza de haberse convertido en eso que la vida le permitió ser.
No es una novela amable, ni lo pretende. Es breve, intensa, honesta, y deja en el lector una sensación de desasosiego que, lejos de ser un defecto, forma parte de su efecto literario. Quien busque una narrativa urbana que no rehúya sus sombras encontrará aquí una lectura poderosa.
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