Oscar Wilde fue escritor, poeta y dramaturgo, pero reducirlo a cualquiera de esas etiquetas significa dejar fuera una parte esencial de su figura. Su literatura, su personalidad pública y su propia vida estuvieron atravesadas por una misma voluntad: cuestionar las convenciones de una sociedad que pretendía imponer qué debía ser considerado moral, respetable y aceptable.
Nació en Dublín el 16 de octubre de 1854 y murió en París el 30 de noviembre de 1900, con solo cuarenta y seis años. Entre ambas fechas se desarrolló una de las trayectorias más brillantes y trágicas de la literatura del siglo XIX.
Su nombre suele aparecer asociado a El retrato de Dorian Gray, La importancia de llamarse Ernesto o El abanico de Lady Windermere. Sin embargo, Wilde fue también un extraordinario autor de cuentos. Y fue precisamente uno de ellos el que me llevó a descubrirlo cuando apenas tenía diez años.
El escritor que descubrí de niña
Yo era una cría cuando leí por primera vez a Oscar Wilde. No empecé por El retrato de Dorian Gray, sino por sus cuentos, que tenían algo que me fascinaba: detrás de la fantasía y del humor siempre aparecía una sombra de tristeza.
Mi preferido era El fantasma de Canterville. Lo leí tantas veces que acabó formando parte de esos libros que uno ya no recuerda solo por la historia, sino por la sensación que le produjo descubrirlos.
Creo que algunos libros llegan a nuestra vida en el momento preciso y dejan una huella que ya no desaparece. Son los que nos inoculan el amor por la lectura. Para mí, Wilde fue uno de ellos.
A partir de entonces, cada vez que encontraba un libro suyo quería leerlo. Con el tiempo descubrí al dramaturgo, al poeta, al ensayista y al autor de El retrato de Dorian Gray. Pero aquel primer Wilde que conocí fue el de los cuentos, el escritor capaz de hacer reír y, unas páginas después, dejar una tristeza inesperada.
Por eso no podía faltar en este recorrido por autores que han marcado mi relación con la literatura.
Oscar Wilde y el esteticismo
Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde nació en una familia acomodada de Dublín. Su padre, William Wilde, fue un destacado cirujano y especialista en enfermedades de los ojos y los oídos, además de arqueólogo y escritor. Su madre, Jane Wilde, publicó poesía bajo el seudónimo de Speranza y participó en el movimiento nacionalista irlandés.
Wilde recibió una educación privilegiada y estudió en el Trinity College de Dublín antes de continuar su formación en Oxford. Allí entró en contacto con las ideas estéticas que marcarían buena parte de su trayectoria.
El esteticismo defendía la autonomía del arte frente a las exigencias morales y utilitarias. El arte no tenía por qué enseñar una lección ni servir a un propósito práctico. Podía existir por su belleza.
Wilde convirtió esa idea en una parte esencial de su personalidad pública. Su manera de vestir, sus conversaciones, sus aforismos y su actitud ante la sociedad victoriana contribuyeron a construir la imagen de un hombre que parecía convertir su propia existencia en una obra de arte.
Pero detrás del personaje había un escritor mucho más complejo.
Su ingenio no era solo una herramienta para divertir. Wilde utilizaba el humor, la paradoja y la ironía para desmontar las convenciones de la sociedad en la que vivía. Muchas de sus frases más famosas funcionan porque invierten una idea aceptada y obligan al lector a mirarla desde otro ángulo.
Una literatura contra la hipocresía
La literatura de Wilde está llena de personajes preocupados por las apariencias, el dinero, el matrimonio, la reputación y las reglas sociales. No es casualidad.
La sociedad victoriana podía ser feroz con quienes se apartaban de sus normas, pero al mismo tiempo toleraba una enorme distancia entre lo que se defendía en público y lo que se hacía en privado.
Wilde conocía bien esa contradicción.
En sus comedias, la alta sociedad aparece como un escenario donde todos interpretan un papel. Los personajes mienten, esconden sus deseos, inventan identidades y manipulan las convenciones sociales para conseguir lo que quieren.
En La importancia de llamarse Ernesto, por ejemplo, la identidad se convierte en un juego. Jack Worthing y Algernon Moncrieff utilizan identidades falsas para escapar de las obligaciones que la sociedad les impone. Lo que comienza como una comedia de enredos termina revelando una sociedad obsesionada con las apariencias.
Wilde no necesita pronunciar un discurso moral para criticarla. Le basta con dejar que sus personajes hablen.
Y ahí aparece una de sus grandes virtudes: su capacidad para convertir la crítica social en entretenimiento.
El retrato de Dorian Gray: belleza, deseo y corrupción
Si existe una obra que concentra muchas de las obsesiones de Wilde, esa es El retrato de Dorian Gray.
Publicada primero en 1890 en una versión más breve y ampliada después para su edición en libro, la novela cuenta la historia de un joven cuya extraordinaria belleza queda fijada en un retrato realizado por Basil Hallward.
Dorian desea conservar su juventud y que sea el retrato el que cargue con las marcas del paso del tiempo y de sus actos. A partir de ese momento comienza su descenso moral.
La novela puede leerse como una historia fantástica, pero también como una reflexión sobre la belleza, el deseo, el hedonismo, la moral y la identidad.
El retrato funciona como aquello que Dorian no quiere ver de sí mismo. Mientras su rostro permanece joven, la pintura registra las consecuencias de sus decisiones.
La belleza se convierte así en una máscara.
Y detrás de esa máscara aparece una de las grandes preocupaciones de Wilde: la distancia entre lo que mostramos a los demás y aquello que somos cuando nadie nos observa.
El teatro de Oscar Wilde
El teatro permitió a Wilde llevar todavía más lejos su capacidad para desmontar las convenciones sociales.
El abanico de Lady Windermere, estrenado en 1892, plantea cuestiones relacionadas con el matrimonio, la reputación y las apariencias. Una mujer sin importancia y Un marido ideal continuaron explorando las contradicciones de la sociedad victoriana.
Pero fue La importancia de llamarse Ernesto, estrenada en 1895, la que se convirtió en una de sus obras más célebres.
Su humor continúa funcionando porque no depende solo de las circunstancias de la trama. Wilde construye diálogos en los que cada frase puede convertirse en una pequeña demolición de las convenciones sociales.
Sus personajes hablan de matrimonio, dinero, educación o reputación con una seriedad que hace todavía más evidente lo absurdo de muchas de sus preocupaciones.
El resultado es una comedia que conserva su capacidad de divertir más de un siglo después de su estreno.
Los cuentos: la otra cara de Wilde
Pero vuelvo a los cuentos porque fue allí donde yo encontré por primera vez a Wilde.
Hay una razón por la que siguen funcionando para lectores de distintas edades. Pueden parecer historias infantiles, pero debajo de su apariencia sencilla aparecen cuestiones mucho más duras: pobreza, sacrificio, egoísmo, amor, desigualdad y muerte.
El príncipe feliz es un buen ejemplo. La estatua de un príncipe que observa desde lo alto la pobreza de la ciudad comienza a desprenderse de sus riquezas para ayudar a quienes sufren. La golondrina que lo acompaña termina compartiendo su destino.
La belleza exterior pierde aquí su importancia frente a la compasión.
Algo parecido ocurre en El ruiseñor y la rosa. El sacrificio del pájaro contrasta con la frivolidad humana y convierte una historia que podría parecer un cuento romántico en una reflexión amarga sobre el amor y el egoísmo.
El gigante egoísta plantea, desde la fantasía, el aislamiento que produce el egoísmo y la transformación que llega cuando el personaje aprende a compartir.
Y después está El fantasma de Canterville, el cuento que me acompañó durante la infancia.
Wilde juega aquí con el género de fantasmas y le da la vuelta a sus convenciones. El fantasma Sir Simon de Canterville debería ser una presencia aterradora, pero se encuentra con una familia estadounidense que no reacciona ante sus apariciones como él espera.
El humor nace del choque entre dos mundos: las antiguas tradiciones británicas y la mentalidad práctica de los nuevos habitantes de la casa.
Pero, como ocurre en otros cuentos de Wilde, debajo de la ironía aparece una historia triste.
El fantasma no es solo una figura cómica. También es un ser atrapado por su pasado, condenado a repetir una historia que ya no tiene sentido para quienes lo rodean.
Ese detalle explica, quizá, por qué aquel cuento podía fascinarme de niña y seguir diciéndome algo muchos años después.
Wilde y la tragedia de su vida
La vida de Oscar Wilde terminó convirtiéndose en una tragedia que parece salida de una de sus propias obras.
Su relación con Lord Alfred Douglas provocó un enfrentamiento con el padre de este, el marqués de Queensberry. Wilde decidió llevarlo a los tribunales por difamación, pero el proceso terminó volviéndose contra él.
En 1895 fue condenado por «indecencia grave», delito utilizado entonces para perseguir las relaciones sexuales entre hombres. Recibió una pena de dos años de trabajos forzados.
La prisión destruyó buena parte de su posición social, su carrera y su estabilidad económica.
Durante el encarcelamiento escribió la extensa carta dirigida a Lord Alfred Douglas que hoy conocemos como De Profundis. El texto muestra un Wilde distinto del autor brillante de las comedias: herido, reflexivo y enfrentado a las consecuencias de su propia vida.
Tras salir de prisión vivió en Francia bajo el nombre de Sebastian Melmoth. Su salud estaba muy deteriorada y sus últimos años estuvieron marcados por las dificultades económicas y el aislamiento.
Murió en París en 1900.
Tenía cuarenta y seis años.
Un legado que sigue vivo
La importancia de Oscar Wilde no reside solo en que sus obras continúen leyéndose o representándose. Su literatura sigue funcionando porque muchas de las cuestiones que planteó no han desaparecido.
La obsesión por la imagen pública, la necesidad de aparentar, la doble moral, el deseo de libertad y el conflicto entre individuo y sociedad continúan formando parte de nuestra realidad.
También ha cambiado la forma de leer su biografía.
Hoy conocemos la injusticia de una legislación que convirtió la homosexualidad en motivo de persecución y encarcelamiento. Wilde no puede separarse de ese contexto, pero tampoco debería reducirse su legado a la condición de víctima de una sociedad intolerante.
Fue un escritor extraordinario antes, durante y después de su tragedia.
Su literatura combina belleza y crueldad, humor y tristeza, fantasía y crítica social. Sus cuentos pueden parecer sencillos hasta que uno descubre que debajo de ellos hay preguntas incómodas. Sus comedias hacen reír mientras desmontan las convenciones de una sociedad obsesionada con la respetabilidad. Y El retrato de Dorian Gray sigue interrogándonos sobre aquello que escondemos detrás de nuestra propia imagen.
Quizá por eso sigo entendiendo a la niña que fui cuando descubrió El fantasma de Canterville.
Hay autores que admiramos, y otros que nos enseñan a leer.
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